martes, 13 de enero de 2015

LA FRUSTRACIÓN BENDITA


La frustración bendita
Muchas veces tendremos que renunciar a nuestros más apreciados dones para llevar a cabo la voluntad de Dios; las diferentes formas de cumplirla vendrán dadas por la diversidad de planes y designios que el Señor ha previsto para cada uno de nosotros


Por: Emiliano Hernández | Fuente: http://www.forumlibertas.com



Me llama la atención la afirmación del escritor Juan Manuel de Prada, hombre con el que siempre estaremos en deuda por su labor apologética en defensa de la fe católica, de que “quienes amamos nuestra vocación –refiriéndose a la literatura-, antes nos dejaríamos capar que renunciar a ella; podremos, en todo caso, ejercerla en secreto, lejos de las alharacas mundanas, pero nunca renegar de ella”. Quizás con ello se refería a su cejo y empeño en la escritura como medio para glorificar a Dios, el mismo que acompañó a su apreciada escritora católica -o si mejor se quiere, católica escritora- Flannery O'Connor, según reconoce en su biografía Persiguiendo la Alegría: la vida y el tiempo de Flannery O'Connor. 

De acuerdo con el autor de dicha publicación, William Sessions, tanto la vocación religiosa como la de escritora latían en su interior. Dios escuchó sus oraciones y de esta manera pudo ver cumplidos ambos deseos, y fue, precisamente, durante su enfermedad cuando escribió sus mejores obras y cuando el sufrimiento la acercó aún más a Dios.

Efectivamente, no hay que enterrar ni esconder lo que es valioso, “no se enciende una lámpara y se esconde debajo del celemín, sino que se pone sobre el candelero para que alumbre toda la estancia” (Mateo 5, 15). Pero también pudiera suceder que, al cabo del tiempo, Dios nos pidiera que nos desprendamos de un talento que previamente nos ha dado para que podamos seguirle con mayor fidelidad; o bien, que permita que ese talento se nos sea robado de manera que tal acción sea una gracia para alcanzar la libertad de la persona que ha sido despojado de él. 

El Señor tiene planes y designios distintos para cada uno de nosotros, que somos descubridores pero no inventores de la vocación que Él nos ha encomendado. Para llevar a cabo estos planes, Dios necesita de nuestro consentimiento; a fin de que nos impliquemos en Su misterio de redención: “el que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Es necesario aceptar este despojamiento como una gracia, pues de lo contrario la persona se cierra a la acción del Espíritu Santo y cae en la desesperación al tratar de recuperar el don perdido por todos los medios.

 “Cuando un don no es tomado como un medio para hacer la voluntad de Dios y se toma como un fin en sí mismo, su perdida llega, incluso, a provocar intentos de suicidio. Nosotros estamos siempre llenos de planes y visiones propios, mientras que la voluntad y los planes de Dios, con frecuencia, son distintos. Pero cuando Dios frustra nuestros planes se trata de una frustración bendita, porque está hecha por el amor, que siempre busca nuestro bien.” (Tadeusz Dajczer)

En San Alberto Chmielowski, considerado el San Francisco polaco del siglo XX, tenemos un buen ejemplo de lo que constituyó renunciar a las aspiraciones artísticas por amor al Señor, consagrando toda su persona a vivir al lado de los marginados. Cuando se dedicaba cada vez más intensamente a la pintura, Cristo le hizo escuchar la llamada de su verdadera vocación y le invitó a seguir buscando cada vez más: “Aprende de mí, que soy manso y humilde de corazón... Aprende”.

No es de extrañar que para san Juan Pablo II, que pasó por una experiencia parecida, la figura de San Alberto Chmielowski ocupase un lugar preeminente en su vida: “Para mí, decía el Papa polaco, fue un ejemplo en mi alejamiento del arte, de la literatura y del teatro, por la elección radical de la vocación al sacerdocio… yo, siendo joven sacerdote, en la época en que era coadjutor en la iglesia de San Florián de Cracovia, le dediqué una obra dramática llamada El Hermano de nuestro Dios, saldando así la gran deuda de gratitud que había contraído con él”.

Muchas veces tendremos que renunciar a nuestros más apreciados dones para llevar a cabo la voluntad de Dios; las diferentes formas de cumplirla vendrán dadas por la diversidad de planes y designios que el Señor ha previsto para cada uno de nosotros. 

En definitiva, la auténtica y única vocación es aquella que nace de Dios; las demás, las que por un tiempo equivocadamente consideramos como verdaderas, debemos sacrificarlas con el abrazo de la cruz para proseguir en el sendero de la fe, tal como Fr. Nelson Medina nos confiesa en su poema:


Tarda el alma en comprender
que aquello que Dios le ha dado
si después le fuere quitado
será sólo por su bien.

Y tarda más en aceptar
que si todo ha de partir
empezarse a despedir
es ser sabio de verdad.

Tarda el alma en acoger
con genuina gratitud
el abrazo de la cruz
y el sendero de la fe.

Pero al fin triunfa el amor,
y, pasada noche oscura,
el alma goza y se inunda
de la paz de Cristo Dios.

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