domingo, 11 de enero de 2026

¿QUÉ ES EL TIEMPO ORDINARIO?







 

INTENCIONES DE ORACIÓN DEL PAPA LEÓN XIV


 

EL SILENCIO DEL SEÑOR



 El silencio del Señor

Cuenta una antigua leyenda noruega, acerca de un hombre llamado Haakon, quien siempre miraba un imagen de Cristo crucificado. Esta cruz era muy antigua y a ella acudía la gente a orar con mucha devoción. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.


Un día Haakon quiso pedirle un favor. Lo impulsaba un sentimiento generoso, se arrodilló ante la cruz y dijo:


Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz.


Y se quedó fijo con la mirada puesta en ella, como esperando la respuesta.


El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras:


Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.


"Cual, Señor?", preguntó con acento suplicante Haakon. "¿Es una condición difícil? Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor", respondió el viejo.


"Escucha... suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardar silencio siempre".


Haakon contestó:


"¡Os lo prometo, Señor!" Y se efectuó el cambio.


Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció a Haakon, colgado de los clavos en la cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste, durante largo tiempo, cumplió el compromiso. A nadie dijo nada.


Pero un día llegó un rico y, después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera. Haakon lo vió y calló.


Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después, se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje.


Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado.


El rico se volvió al joven y le dijo iracundo:


- "¡Dame la bolsa que me has robado!"


El joven sorprendido, replicó:


- "¡No he robado ninguna bolsa!"


- "¡No mientas, devuélvemela enseguida!"


- "¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa!", afirmaba el muchacho.


Y el rico arremetió, furioso contra el joven. Sonó entonces una voz fuerte:


- "¡Detente!"


El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba.


Haakon que no pudo permanecer en silencio, gritó defendiendo al joven, e increpando al rico por la falsa acusación. Este quedó anonadado, y salió de la ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje.


Cuando la Cruz quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo:


"Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio.


Pero Señor... -dijo Haakon- ¿cómo iba a permitir esa injusticia?


Se cambiaron los oficios. Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la Cruz.


El Señor, siguió hablando:


- Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo...


En cuanto al muchacho que iba a ser golpeado... Sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal.


Ahora, hace unos minutos, acaba de zozobrar el barco en el que ha perdido la vida.


Tu no sabías nada. Yo sí. Por eso callo". Y el Señor nuevamente guardó silencio.


Muchas veces nos preguntamos: ¿por qué razón el Señor no nos contesta... por qué razón se queda callado el Señor? Muchos de nosotros quisiéramos que Él nos respondiera lo que deseamos oír, pero, Jesús no es así. ¡El Señor nos responde aún con el silencio!


Debemos aprender a escucharlo. Su Divino Silencio, son palabras destinadas a convencernos de que Él sabe lo que hace.


Una de las cosas que más nos intrigan es el constatar que ante algunas circunstancias difíciles de la vida, da la impresión de que para Jesús pasa desapercibido nuestro dolor, angustia y necesidad. En otras palabras, parecería que efectivamente guarda silencio. Lo que sucede es que nosotros no podemos ver más allá de la inmediatez del momento y no nos damos cuenta de que detrás de lo que nos sucede y del aparente silencio de Jesús, se esconde un gran propósito. La próxima vez, no te preguntes el por qué de lo que te sucede, pregunta el para qué, y qué es lo que el Señor quiere de mí en esta situación.

EL BAUTISMO DEL SEÑOR - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 11 DE ENERO DE 2026



 El Bautismo del Señor


Terminadas litúrgicamente las fiestas navideñas, donde hemos contemplado serenamente el nacimiento y la infancia de Jesús, hoy, guardando como María en nuestro corazón aquel misterio, para contemplarlo siempre que nos apetezca, damos un largo paso y nos trasladamos a la celebración del Bautismo de Jesús, con el que tuvo lugar la inauguración de su vida pública. Aquel acontecimiento se nos presenta en el Evangelio como la consagración al ministerio y la pública presentación de su mesianismo. En lenguaje vulgar vendría a ser como el espaldarazo del Padre a la misión de Jesús.

 

Con admirable visión profética, Isaías, en nombre de Dios y como eco de la palabra del Padre, había anunciado mucho antes aquella proclamación: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones”. Jesús nos ha sido dado. Es nuestro. Para nuestro bien, para nuestra salvación. Es en verdad lo mejor que Dios nos podía dar: Mi elegido, a quien prefiero.

 

Isaías prevé, del mismo modo, cómo habrá de ser su ministerio: recibirá el encargo de promover fielmente el derecho. Y lo hará con inmenso amor que resultará evidente en el respeto a las personas, en la comprensión por los que están a punto de hundirse, en su preferencia por los débiles y en la visión clara de su objetivo: Hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas (…) Para que abras los ojos de los ciegos, saques los cautivos de su prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.

 

Profecía que se cumple en la escena del Bautismo: Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: «Este es mi hijo, el amado, el predilecto».

 

El libro de los Hechos, después de la resurrección, constata que todo se ha cumplido: Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

 

¡Qué gran gozo para nosotros el saber que Jesús es de este modo, y que nos ha sido dado! Lejos de nosotros toda visión negativa de nuestra relación con él. Lejos de nosotros todo temor que no sea el de alejarnos de su influencia y compañía. Lejos de nosotros toda espiritualidad turbada y pesimista. Lejos de nosotros la congoja de sabernos una caña cascada o un pabilo vacilante, porque se nos ha dicho que él ni apagará el pabilo vacilante, ni quebrará la caña cascada.

 

Estos pensamientos -asimilados con afecto y confianza- pueden transformar nuestra espiritualidad y potenciar nuestro crecimiento, dentro de un clima positivo y gozoso en el Reino del Señor.

Mons. Enric Prat (Diócesis de Urgel, Tarragona, España) 

HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR - 11 DE ENERO DE 2026



 TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa León XIV en la fiesta del Bautismo del Señor

El Papa bautizó este domingo algunos niños en la Capilla Sixitna | Crédito: Vatican Media

11 de enero de 2026


Este 11 de enero, en la fiesta del Bautismo del Señor, el Papa León XIV impartió el primero de los sacramentos de iniciación cristiana a 20 niños, hijos de empleados vaticanos, felicitando a los padres por darles a los pequeños el don más grande que es la fe. Lea aquí la homilía que pronunció el Santo Padre.


Queridos hermanos y hermanas:

Cuando el Señor entra en la historia, sale al encuentro de la vida de cada uno con el corazón abierto y humilde. Él busca nuestra mirada con la suya, llena de amor, y dialoga con nosotros revelándonos al Verbo de la salvación. Hecho hombre, el Hijo de Dios abre para todos una posibilidad sorprendente, que inaugura un tiempo nuevo e inesperado incluso para los profetas. Juan el Bautista se da cuenta enseguida y le dice a Jesús: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mt 3,14).

Como luz en las tinieblas, el Señor se deja encontrar allí donde no lo esperamos: es el Santo entre los pecadores, que quiere habitar en medio de nosotros sin mantener distancias, sino asumiendo plenamente todo lo que es humano.

«Ahora déjame hacer esto», responde Jesús a Juan, «porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo» (v. 15). ¿A qué justicia se refiere? A la de Dios, que en el bautismo de Jesús obra nuestra justificación: en su infinita misericordia, el Padre nos hace justos por medio de su Cristo, el único Salvador de todos.

¿Cómo sucede esto? Aquel que es bautizado por Juan en el Jordán hace de este gesto un signo nuevo de muerte y resurrección, de perdón y de comunión. Este es el sacramento que celebramos hoy para estos niños; que Dios los ama, y se convierten en cristianos, en nuestros hermanos y hermanas.

Los hijos que ahora tienen en brazos se convierten en criaturas nuevas. Así como de ustedes, sus padres, han recibido la vida, ahora reciben también el sentido para vivirla: la fe. Cuando sabemos que un bien es esencial, enseguida lo buscamos para aquellos a quienes amamos. ¿Quién de nosotros, en efecto, dejaría a los recién nacidos sin ropa o sin alimento, esperando que de mayores elijan cómo vestirse y qué comer? Queridos hermanos, si el alimento y el vestido son necesarios para vivir, la fe es más que necesaria, porque con Dios la vida encuentra la salvación.

El amor providente de Dios se manifiesta en la tierra a través de ustedes, mamás y papás, que piden la fe para sus hijos. Ciertamente, llegará el día en que serán pesados para llevarles en brazos; y llegará también el día en que serán ellos quienes los sostengan a ustedes. El Bautismo, que nos une en la única familia de la Iglesia, santifique en todo momento a todas sus familias, otorgando fuerza y constancia al afecto que los une.

Los gestos que dentro de poco realizaremos son bellísimos testimonios de ello: el agua de la fuente es el baño en el Espíritu, que purifica de todo pecado; la vestidura blanca es el traje nuevo que Dios Padre nos concede para la fiesta eterna de su Reino; la vela encendida del cirio pascual es la luz de Cristo resucitado, que ilumina nuestro camino. Les deseo que continúen ese camino, con alegría, a lo largo del año que acaba de comenzar y durante toda la vida, seguros de que el Señor siempre acompañará sus pasos.

EL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 11 DE ENERO DE 2026 - EL BAUTISMO DEL SEÑOR



 El Bautismo del Señor (A)

Domingo 11 de enero de 2026



1ª Lectura (Is 42,1-4.6-7): Esto dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas.


»Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas».



Salmo responsorial: 28

R/. El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado.


La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.


El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: «¡Gloria!». El Señor se sienta sobre las aguas del diluvio, el Señor se sienta como rey eterno.

2ª Lectura (Hch 10,34-38): En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.


»Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».

Versículo antes del Evangelio (Cf. Mc 1,11): Aleluya. Se abrió el cielo y resonó la voz del Padre, que decía: ‘Éste es mi Hijo amado; escuchadlo’. Aleluya.

Texto del Evangelio (Mt 3,13-17): En aquel tiempo, Jesús vino de Galilea al Jordán donde estaba Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Jesús le respondió: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre Él. Y una voz que salía de los cielos decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco».




«Jesús vino de Galilea al Jordán donde estaba Juan, para ser bautizado»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)



Hoy contemplamos al Mesías —el Ungido— en el Jordán «para ser bautizado» (Mt 3,13) por Juan. Y vemos a Jesucristo como señalado por la presencia en forma visible del Espíritu Santo y, en forma audible, del Padre, el cual declara de Jesús: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). He aquí un motivo maravilloso y, a la vez, motivador para vivir una vida: ser sujeto y objeto de la complacencia del Padre celestial. ¡Complacer al Padre!


De alguna manera ya lo pedimos en la oración colecta de la misa de hoy: «Dios todopoderoso y eterno (...), concede a tus hijos adoptivos, nacidos del agua y del Espíritu Santo, llevar siempre una vida que te sea grata». Dios, que es Padre infinitamente bueno, siempre nos “quiere bien”. Pero, ¿ya se lo permitimos?; ¿somos dignos de esta benevolencia divina?; ¿correspondemos a esta benevolencia?


Para ser dignos de la benevolencia y complacencia divina, Cristo ha otorgado a las aguas fuerza regeneradora y purificadora, de tal manera que cuando somos bautizados empezamos a ser verdaderamente hijos de Dios. «Quizá habrá alguien que pregunte: ‘¿Por qué quiso bautizarse, si era santo?’. ¡Escúchame! Cristo se bautiza no para que las aguas lo santifiquen, sino para santificarlas Él» (San Máximo de Turín).


Todo esto —inmerecidamente— nos sitúa como en un plano de connaturalidad con la divinidad. Pero no nos basta a nosotros con esta primera regeneración: necesitamos revivir de alguna manera el Bautismo por medio de una especie de continuo “segundo bautismo”, que es la conversión. Paralelamente al primer Misterio de la Luz del Rosario —el Bautismo del Señor en el Jordán— nos conviene contemplar el ejemplo de María en el cuarto de los Misterios de Gozo: la Purificación. Ella, Inmaculada, virgen pura, no tiene inconveniente en someterse al proceso de purificación. Nosotros le imploramos la sencillez, la sinceridad y la humildad que nos permitirán vivir de manera constante nuestra purificación a modo de “segundo bautismo”.

EL BAUTISMO DEL SEÑOR - IMÁGENES





 

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