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sábado, 15 de abril de 2017

QUÉ SIGNIFICA QUE JESÚS DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS?


¿Qué significa que Jesús descendió a los infiernos?



 (ACI).- En el Sábado Santo celebramos la frase que recitamos en el Credo “Descendió a los Infiernos”, es un día de reflexión y acompañamiento a la Madre de Dios que está a la espera de la resurrección del Hijo.

En su designio de salvación, Dios dispuso que Cristo no solamente “muriese por nuestros pecados” (1 Co 15, 3), sino también que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre alma y cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Ese momento se revive cada Sábado Santo.

Se conoce por las Sagradas Escrituras y la Tradición que Jesús bajó al “Seol” o infierno, donde permanecían las almas de todos los muertos.

En aquel lugar estaban todos los santos y justos que perecieron antes de la muerte de Jesucristo y no tenían cómo llegar al cielo: los patriarcas, los profetas, los reyes, San José, entre otros.

Según la Tradición de la Iglesia, cuando Jesús muere, desciende al infierno y lleva consigo al cielo a todos los que creyeron.

En resumen, el Sábado Santo es una fecha distinta al Jueves y Viernes Santos porque no ocurrieron acontecimientos visibles en la tierra.

Debido que Jesús “ha muerto” se debe guardar silencio en ese día, semejante al duelo cuando perdemos a un ser querido. También es tiempo de espera de la Resurrección de Cristo durante la primera parte del día.

miércoles, 25 de enero de 2017

DE VERDAD HAY INFIERNO?


¿De verdad hay infierno?



Habitualmente, cuando la respuesta a una consulta se puede encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica, suelo utilizarlo para contestar. En este caso, bastaría con decir que la doctrina católica sobre el infierno se encuentra en los números 1033-1037, y quedaría así zanjada la cuestión.

Pero cuando se pregunta algo tan elemental, la cosa es diferente. Lo que dice el Catecismo, al menos en lo fundamental, ya se sabe, y la verdadera cuestión es que no se entiende cómo puede ser compatible la existencia del infierno con la misericordia divina. Añadiendo, quizás, que ahora que tanto se habla de misericordia no se entiende cómo la Iglesia sigue sosteniendo que existe el infierno.

Podría intentar responder a este planteamiento, pero sería un error por mi parte, pues supondría aceptar implícitamente un desenfoque: el que la Iglesia es dueña y señora de la doctrina que predica.

La fe cristiana –pues de eso se trata, de una fe y no de una opinión– se basa en aceptar la Revelación divina, la Palabra divina que quiere transmitir algo. Y para verla hay que acudir a lo que predicó Jesucristo, a los Evangelios.

Hay alguna cosa de los Evangelios que puede suscitar dudas o discusiones sobre su significado. En este caso, no. Si uno los lee, podrá comprobar que son muchas las referencias a ese castigo eterno.

Aquí me limitaré a citar la que resulta más clara: la última parte del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo (versículos 31 al 46). Trata del juicio final, que describe a grandes rasgos. El último versículo, el 46, indica la ejecución de la sentencia con estas palabras: E irán éstos (los condenados) al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna.

A la vista de lo cual no queda más remedio que decir que sí, que sí existe el infierno. Sólo a partir de aceptarlo se puede intentar comprender cómo son compatibles la infinita justicia con la infinita misericordia.

Para la teología, ésta es una de las numerosas paradojas a las que debe dar respuesta, o darla en la medida de lo que puede la razón humana, pues estamos ante misterios divinos que no podemos comprender del todo. En cualquier caso, ninguna de estas paradojas se soluciona suprimiendo uno de los términos.

En lo que aquí se plantea, la misericordia divina se manifiesta en que Dios envió a su Hijo a morir en la cruz para salvarnos, y en que hasta el último momento de esta vida la está dispuesto a perdonar a quien acude a su misericordia. Pero quien se empeña en no querer acudir,


© Julio de la Vega-Hazas

miércoles, 30 de abril de 2014

MUERTE, JUICIO, INFIERNO Y PARAÍSO

Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: Catholic.net
Muerte, juicio, infierno y paraíso
Los contenidos de la fe cristiana referidos a las realidades últimas tienen por finalidad sostener de manera fundada nuestra esperanza
 
Muerte, juicio, infierno y paraíso
Muerte, juicio, infierno y paraíso
Recuerdo una parroquia romana que, sobre la puerta que da acceso al templo, tiene instalado un cartel luminoso, en el que lucen distintos mensajes. Cuando uno pasa por delante, o cuando el autobús urbano se detiene ante los semáforos situados a la altura de esa iglesia, la mirada – casi sin proponérselo – tiende a posarse en el letrero de fondo negro y letras rojas que, con periodicidad variable, repite, para asombro del viandante, diversos puntos de la doctrina cristiana. Por una larga temporada podía leerse el siguiente anuncio: “I novissimi: morte, giudizio, inferno e paradiso” (los “novísimos” son cuatro: muerte, juicio, infierno y paraíso”).

Quizá convendría situar en algún punto de nuestras ciudades un cartel semejante que recordarle, a quien quisiera leerlo, los puntos centrales del Credo. Podría ser un primer paso para, después, remitir a alguna bibliografía más profunda; por ejemplo, al Catecismo de la Iglesia Católica. Y no por un proselitismo mal entendido, ni por ganar adeptos, sino simplemente por divulgación religioso-cultural, a fin de enseñar al que no sabe y contribuir a evitar, en lo posible, la frivolidad a la hora de opinar sobre los contenidos de la fe cristiana. Y es que la frivolidad es mala consejera en casi todo, y como escribía G. von Le Fort, el parloteo irreverente sobre “aquellas cosas que sólo deberían decirse de rodillas y con la devoción más profunda produce casi siempre embotamiento y daño”.

Por lo visto hay quien no distingue, o no quiere distinguir, entre fondo y forma, entre contenido esencial y representación simbólica. Lo seres humanos necesitamos imaginar de algún modo las realidades a las que remiten las palabras y los conceptos. Sin la imagen, la aprehensión de las cosas es puramente “nocional”; es decir, alejada de nuestra concreta experiencia vital y, por ello mismo, fría y lejana, incapaz de movilizar los afectos y de incidir en la conducta.

Resulta lógico que los cristianos elaboremos imágenes que nos ayuden a captar intuitivamente el significado de términos como “cielo” o “infierno”. La imagen puede variar, y de hecho varía, a lo largo de la historia. La razón del cambio, o de la movilidad, la encontramos en la historicidad de la experiencia y del conocer humanos. Si en otro tiempo el infierno, por poner un ejemplo, se representaba como una caldera ardiente, en la que los condenados eran atormentados por los demonios, hoy en día, sin que ello suponga ningún cambio esencial, la misma realidad es pensada como un estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los demás. Concebimos en términos personales y relacionales lo que, en otras épocas, se representaba con ayuda de conceptos figurativos, físicos y espaciales.

Se trata, ni más ni menos, del carácter analógico del lenguaje. Las palabras y los conceptos no agotan la realidad; únicamente son medios más o menos “adecuados” para poder conocerla y comprenderla. Si esta ley de la analogía tiene su aplicación en todo ámbito del lenguaje, mucho más debemos tenerla en cuenta a la hora de pensar lo que “ni ojo vio ni oído oyó”. Los contenidos de la fe cristiana referidos a las “realidades últimas” – a la muerte, al juicio, al infierno y al paraíso – no tienen por finalidad satisfacer nuestra curiosidad, sino sostener de manera fundada nuestra esperanza.

El lenguaje del Papa tiene la “movilidad” propia del lenguaje humano y, por tanto, del lenguaje en el que se expresa la fe. El problema está en algunos oyentes e intérpretes de su mensaje. De asuntos que conciernen a la religión parecen obstinarse en mantener – sin mayor profundización – las cuatro cosas que quizá (mal) aprendieron de pequeños, sin pararse a pensar, ya siendo adultos, acerca de su alcance y significado.

Se puede compartir o no la fe; creer o no creer. De todos modos, el Cristianismo merece respeto y no resulta apto para la frivolización. Permanecer “inmóviles” en los tópicos de la infancia – o de la ideología – es negarse a aprender. Y, de paso, imposibilitarse quizá para comprender a los que piensan y creen de modo distinto. 
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