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lunes, 16 de julio de 2018

CAZADOR DE MONOS


Cazador de monos




Todo crecimiento va acompañado de renuncia, por ejemplo cuando nace el bebé, entre estridentes sollozos, y deja el tibio claustro materno. Renuncia, desapego, corte, que te proyectan a una nueva etapa de maduración, nuevos horizontes y realidades que plenificarán tu existencia. Es una ley de la vida y violarla significaría estancamiento y frustración. 

Conocedor de cuánto les gustan las cerezas a los monos, un cazador inventó un sencillo método para cazarlos: colocó una cereza en el interior de un frasco de vidrio y lo dejó abierto en la selva. Cuando llegó el primer mono, metió la mano en el recipiente, decidido a atrapar el apetitoso fruto. Instintivamente, cerró el puño con firmeza y observó, con tristeza, que no podría lograr su objetivo a pesar de su afán. La mano había quedado atascada por la boca del frasco, aunque con el fruto alcanzado. El cazador se acercó rápidamente al mono, lo ató, le dio un fuerte y preciso golpe en el codo y logró sacar la mano sin la cereza, preparada e intacta para una nueva víctima golosa.

A veces en la vida puede ocurrirte algo parecido. Por no soltar algunos apegos queridos, te quedas anclado en una etapa provisoria, debilitado y vulnerable ante cualquier mínimo temporal devastador. Una simple apertura de mano, un soltar oportuno, te acercará a nuevas metas, para seguir el plan de Dios sobre tu vida. Piénsalo y que te ayude a crecer.



* Enviado por el P. Natalio

NUNCA OLVIDES


Nunca olvides




Aquello que nos decimos a nosotros mismos afecta radicalmente la calidad de nuestras vidas y nuestra habilidad para hacer cosas efectivamente. Somos lo que pensamos. Si nuestro discurso interior es negativo, pues, somos eso: seres pesimistas, trabados en todo. Por el contrario, si nuestro discurso interior es positivo somos seres dinámicos, entusiastas, decididos.

Olvida los días nublados, pero no olvides tus horas de sol ni tus noches estrelladas. Olvida los momentos en que fuiste derrotado, pero no olvides las batallas que has ganado. Olvida los errores que no puedes cambiar, pero no olvides las lecciones que has aprendido ni las verdades atesoradas en tu experiencia. Olvida los días en que has estado solo y triste, pero no olvides las sonrisas que has encontrado y tantas que encontrarás. Olvida los planes que fallaron, pero nunca olvides que debes tener siempre un sueño.

La gente de pensamiento positivo, con metas para triunfar y salir adelante, va por la vida con frases llenas de aliento como éstas: “Todo va a salir bien. Nada es imposible. Tengo fe que todo saldrá a mi favor. La buena suerte siempre me acompaña. Hay que tener confianza. Hay que esforzarse”. Concéntrate, pues, en la cara esperanzadora de la existencia.



* Enviado por el P. Natalio

QUÉ ESCUCHA TU ALMA?


¿Qué escucha tu alma?
Son muchos los mensajes que intentan transmitir las canciones 


Por: José María Sosa | Fuente: New Fire 




La música va de copiloto en el carro, ameniza las horas que me encuentro frente a una computadora y, a veces, me susurra ideas al oído que luego transcribo, convirtiéndolas en historias. Pero, lo cierto es que siempre -o casi siempre- está ahí.

Es versátil, pues se adapta perfectamente a cualquier situación. Por ende, varía sus estilos conforme lo deseen mis oídos. Desde un jazz improvisado, pasando por un flamenco hondo y sentido, los clásicos vallenatos, las denominadas llaneritas o el reggaeton, todos son parte de mi playlist diario. Como verás, son muchos los mensajes que intentan transmitir las canciones y puede que alguno de ellos se aloje en mis pensamientos durante el día.


¡Comprobado!

Paola Bahamón, reconocida socióloga y poeta colombiana, dice:

    “…la música en general es un objeto simbólico, pero aquellas melodías con letra tienen una transmisión de discursos que son determinantes en la conformación de la personalidad, la identidad, la memoria y la visión del mundo que conforman los adolescentes y jóvenes…”

Cabe destacar que la música es una herramienta de implantación de valores y generadora de conductas. Por ello, tiene un alto impacto psicológico.

Ahora bien, ¿nuestros temas preferidos o las canciones que están de moda se reproducen solo en la mente? ¿Acaso pueden tocar también lo más profundo de nuestro ser?
Dime qué escuchas y te diré quién eres

Muchas veces nos encontramos en la ducha repitiendo como loros la letra de una canción, sin darnos cuenta de lo que realmente dice. Pareciera que pasamos por alto -en el caso del reggaeton- su lenguaje obsceno y la degradación constante hacia la mujer. Lo mismo ocurre con las frases de índole destructivo y violento que ofrece, por ejemplo, el heavy metal. De esta manera, somos transmisores de un mensaje que nos perjudica como individuos y al mismo tiempo, empobrece nuestro lenguaje, limitando nuestra capacidad de raciocinio.

Por el contrario, existen una infinidad de temas que denotan calidad en cada estrofa. Letras que cuentan historias y voces que no se olvidan. Géneros como el jazz y el flamenco se conciben desde la necesidad del artista por expresar sus sentimientos, transmitir pasiones, alegrías y desventuras a través de su voz e instrumentos. Aquí, la creatividad se hace presente, combinando sonidos y ritmos que dan forma a una auténtica obra de arte. Se puede decir entonces, que aportan valor agregado tanto al individuo como a la sociedad.

Lo que no sabemos o no nos damos cuenta es que las canciones pueden influenciar nuestro actuar y, en cierta forma, moldear el alma. Es decir, esta pasa a ser una especie de cofre que atesora todo aquello que depositamos dentro. Por consiguiente, deberíamos -sí, me incluyo- ampliar nuestro abanico musical y educar los oídos con piezas que nos nutren culturalmente, que transmiten armonía lírica y rítmica y que, en consecuencia, elevan el intelecto.

En mi caso, suelo acompañar cada momento del día con un estilo de música en particular. Por ejemplo: un buen flamenco para empezar la semana. Este se caracteriza por transmitir fuerza y sentimiento y me brinda el empuje necesario para arrancar a tope. A mitad de semana bajo un poco el tempo y el exquisito jazz entra en escena. Así pues, suelo escuchar temas con gran profundidad lírica que me inspiren a escribir historias (en este caso, las canciones de Jorge Drexler son ideales). Llegado el fin de semana, el vallenato y las llaneritas toman protagonismo, dando paso a música más tranquila como el reggae.

¿Y dónde quedó el reggaeton?, te preguntarás. Pues sí, admito que de vez en cuando se cuela en mi lista. Incluso, coincidiremos en que su ritmo es pegajoso y parece indispensable en las fiestas que organizan nuestros amigos. Ahora bien, si sabes que su mensaje va en contra de tus valores, no pierdas más el tiempo y escucha canciones que realmente aporten algo a tu vida.

Dicho todo esto, me gustaría hacerte una pregunta… ¿qué escucha tu alma?

domingo, 15 de julio de 2018

EL MISIONERO INVIDENTE

El misionero invidente



Padre Fabio Gilli El P. Fabio Gilli, misionero comboniano italiano, fue perdiendo la vista progresivamente hasta quedarse ciego, pero sigue proclamando el Evangelio a pesar de su discapacidad. Actualmente desarrolla su ministerio en un centro para invidentes de Lomé, la capital de Togo. Él mismo cuenta su testimonio en primera persona.

Recuerdo que era todavía niño cuando hablé con mi madre sobre el deseo de ser misionero. La idea me había surgido al escuchar las explicaciones de un sacerdote que había venido a la escuela a hablarnos de Jesús y de Daniel Comboni. Era el año 1947 y ya tenía problemas con la vista, pero todavía veía lo que estaba lejos.

Mi madre me atendió y dijo preocupada: "No tienes bien los ojos, tendrás que aprender muchas lenguas y además dejar tu pueblo; el camino de la misión es una vida difícil". Yo la escuchaba, pero no me dejaba convencer.

Un día, mientras estaba en la iglesia todo absorto, se me acercó el párroco y me preguntó por qué rezaba. A esa pregunta tan sencilla respondí con toda simplicidad: "Quiero ser misionero". Así comenzó mi aventura.

Entrada en el seminario

En el mes de julio de ese mismo año, en un hermoso día de sol y acompañado por el párroco visité a los misioneros combonianos y éstos me animaron en mi propósito. Mi padre, que no sabía nada, se puso muy nervioso al conocer la noticia. Mi madre se agobió un poco, pero luego se organizó para enviarme al seminario con las pocas cosas que necesitaba.

La aventura había comenzado. Pasé más de 40 días muy feliz en Segonzano, en las montañas del Trentino, una región del norte de Italia donde los combonianos pasaban los días de verano. Fueron semanas inolvidables.

Trascurridos esos días, el superior, P. Giorgio Canestrari, me dijo que regresara con mi familia. Estábamos a inicios de septiembre cuando volví a casa para prepararme y partir definitivamente el 1 de octubre de 1947. El primer año estuve en el pueblo de Fai; los siguientes, en Muralta. Para los estudios de educación secundaria fui a Brescia, al Instituto Comboni, y terminada esta etapa me marché a Florencia, donde hice los dos años de noviciado.

Durante estos años de formación no faltaron las dificultades, pruebas que me templaron y más tarde se revelaron providenciales porque me prepararon para la vida de la misión. En Cristo encontré verdaderamente al compañero de mi vida.

Después de los dos bonitos años transcurridos en el noviciado, mis superiores me enviaron a Verona para los estudios de Filosofía. Luego vendrían los estudios de Teología en Venegono, cerca de Milán, entre 1959 y 1963. Esos años también fueron hermosos, llenos de paz y serenidad, aunque mis ojos comenzaban a darme problemas.

En 1956 un médico de Verona me diagnosticó una enfermedad en los ojos, la retinitis, que me conduciría inevitablemente a la ceguera. A pesar de todo pude continuar con los estudios y terminar todos los exámenes, aunque con mucha dificultad. En 1963 fui ordenado sacerdote.

Camino a la misión

De 1963 a 1965 fui a Barolo, provincia de Cuneo, en Piamonte, donde había un seminario menor con unos 70 chicos. Allí hacía un poco de todo: era profesor, subdirector y vicario de la comunidad, hasta que llegó la ansiada carta del superior provincial en la que me anunciaba mi destino a Togo. Sin embargo, primero debía trasladarme a Francia durante unos meses para aprender el francés.

Finalmente salí en barco rumbo a Lomé, la capital de Togo, en la costa occidental de África. Era el 16 de diciembre de 1965. Pasamos la Navidad en el barco: hubo una bellísima celebración en medio del inmenso océano Atlántico. A bordo íbamos 32 misioneros y misioneras.

Al principio fui a una misión con sacerdotes diocesanos para relacionarme con las personas y conocer los problemas del lugar, que eran también de tipo práctico. El compromiso principal era aprender la lengua local, ya que no había libros, ni textos ni método.

Durante los primeros meses me dediqué a aprender: estaba siempre entre los niños de educación primaria, les hacía preguntas, intentaba responder, trataba de asistir a la catequesis impartida en su lengua, intenté aprender lo más posible y después de unos meses, cuando me presenté a los exámenes, logré superarlos. El éxito fue grande y entré a formar parte de la comunidad de Lomé, con el Hermano Nevio y los Padres Mario Piotti y Francesco Cordero.

Formador de misioneros

Pero la luz cada vez era menos intensa pues mis ojos se iban cerrando paulatinamente y aumentaban las dificultades, especialmente cuando tenía que conducir la moto. Llegó el momento en que tuve que dejar la misión por primera vez. En el aeropuerto, el superior me dijo que no regresaría a Togo y que me destinaban al escolasticado de París. Acepté, pero primero pedí hacer un curso de actualización en Roma. Desafortunadamente no logré completarlo debido a los problemas de la vista.

Pasé un mes en una clínica. Luego, en mayo de 1972, salí rumbo a París como encargado de la formación y dirección espiritual de los estudiantes de Teología provenientes de varios países. Había españoles, portugueses, brasileños e italianos. Me entregué al trabajo y no dejaba de hablar de la misión en donde había estado.

Muchos de los jóvenes partieron a las misiones. Para mí eso fue un motivo de satisfacción, aunque se vio oscurecido por el hecho de que en septiembre de 1973 un oftalmólogo de París me comunicó que no había remedio para mi enfermedad (ya había perdido el ojo izquierdo y el derecho estaba en peligro).

Tenía que prepararme para la ceguera y aprender el sistema Braille. Con un gran esfuerzo por la poca vista que me quedaba, permanecí en el cargo en París hasta diciembre de 1977. Presenté entonces mi renuncia, que de inmediato el P. Tarsicio Agostoni, superior general de entonces, aceptó. Pero no me resigné. Me fui a Florencia a aprender el Braille y permanecí allí el año 1978. En enero de 1979 salí de nuevo rumbo a África. Quiero subrayar que para el registro civil nací hace 73 años, pero renací a la luz, la luz verdadera, la luz de Cristo, el 20 de septiembre de 1973, cuando el oculista me comunicó que nunca me curaría.

Ministerio con los invidentes

Tuve un momento de desánimo. Me abatí. Vi derrumbarse todo mi plan de volver a África para anunciar el Evangelio. Me parecía que con la pérdida de la vista mi futuro quedaba comprometido, y esto me puso muy triste. Me preguntaba por qué el Señor había cerrado mis ojos, hasta que en la misión donde actualmente me encuentro entendí que podía abrirlos a las necesidades de los invidentes de Togo.

Hace más de 20 años nació el Instituto de Togoville, donde residen unos 130 invidentes. Allí aprenden la lectura y la escritura Braille y un oficio: hacen tapetes y bolsas, reparan sillas, bancos y sillones, y realizan otras labores. En septiembre de 2006 terminamos en Lomé la construcción del Centro Santa Lucía, que también asiste a los invidentes. En Lomé los invidentes son unos 3.000 y en todo Togo alrededor de 30.000. Nuestro trabajo es una gota de agua en un mar de necesidades, pero hacemos lo que podemos.

En el Centro Santa Lucía, además de aprender oficios los invidentes que han concluído los estudios de bachillerato pueden aprender musicoterapia, kinesioterapia, fisioterapia, informática y otras disciplinas. De este modo pueden realizar actividades por su cuenta, incluso unas chicas han abierto una tienda de galletas. Pero, más que nada, los invidentes del Centro aprenden a amar, a disfrutar y hacer vibrar con la música hasta las fibras más íntimas. Prueba de ello es que saben tocar y cantar muy bien.

Recuerdo que una misionera comboniana me contó que en las cárceles los internos padecían de una fuerte depresión y una gran tristeza. Me pidió si podía ir allí a hablar del amor de Dios y de su misericordia. Llevé conmigo a siete invidentes de todas las edades. Ellos animaron la Misa y otras actividades con cantos, coros, tambores y diversos instrumentos. De esta manera levantaron el ánimo de los reclusos. Fue una explosión de alegría que puso a todos a bailar. Los presos quedaron sorprendidos y se contagiaron con aquella alegría de vivir y de sentirse útiles, a pesar de la ceguera de los animadores.

Autor: Padre Fabio Gilli

Revista Mundo Negro, de los Misioneros combonianos, nº 536 (Enero de 2009)

LAS MODAS


LAS MODAS




Jacinto tenía un viejo teléfono móvil. Como el celular le daba el servicio necesario, no le preocupaba que estuviera pasado de moda. Sin embargo, sus colegas lo molestaban y se burlaban cuando extraía su "pisapapeles" del maletín. Llegó a sentirse tan avergonzado que hace poco lo cambió por un Iphone 6.

Dice así el Dr. Alejandro Morton: la crisis en el mundo se debe, entre otras cosas, a la inseguridad que las personas tienen sobre ellas mismas; su continua necesidad de comprar jamás será satisfecha porque esperan que la satisfacción personal venga de lo comprado, y jamás será así.

A nivel social, no nos hemos dado cuenta de que ese impulso descontrolado por comprar es, en el fondo, la causa profunda de la crisis económica que ha cundido ya por todo el mundo, alimentada por un sistema financiero insaciable que facilitó recursos para que compraran quienes no tenían con qué".

Pocas cosas hay más estresantes que tratar de mantenerse a la moda en ropa, calzado, accesorios, tecnología, viajes, comidas, restaurantes, casas, muebles, autos y todo lo añadible. Quien tiene dinero en exceso puede comprar, usar y desechar, pero quienes vivimos sujetos a un presupuesto debemos cuidar qué compramos y entender por qué y para qué lo compramos.

En efecto, la presión social existe, pero debemos preguntarnos cuánto nos presiona y cuánto nos dejamos presionar.

¿Cuál es el problema de que se rían de nuestro viejo teléfono móvil? La risa es buena y si no les gusta el móvil, pueden bromear a costa de él y criticar el aparato, a su dueño o a ambos. El problema es de ellos, no del dueño del teléfono móvil, a menos que éste lo acepte.

Desafortunadamente, hoy día uno se refiere a las personas por sus posesiones: "Es el chico del descapotable rojo" o "La señora que usa ropa de marca y tiene una casa enorme" o "Es el director que siempre va a la moda". Es decir, su personalidad no emana de lo imprescindible, sino de lo prescindible. Lo primero no se compra en ningún lado; lo segundo en cualquiera, si se tiene los medios para hacerlo.

Un amigo muy cercano es multimillonario, pero nosotros lo averiguamos por accidente tras años de conocerlo. Es sencillo, generoso, adaptable a todo y disfruta lo disfrutable. Jamás presume y nunca hace alarde de nada porque tiene muy claro qué cosas son importantes en su vida. Las trampas de la presión social siempre han estado ahí. Caen en ellas quienes no se conocen a sí mismos y tienen una escala de valores centrada en lo social y en su desarrollo han tenido carencias afectivas.

El vacío personal no lo llena ni los armarios repletos, ni los automóviles lujosos, ni las joyas exclusivas, ni los accesorios de lujo.

La satisfacción de los consumidores insaciables no viene de poseer las cosas, sino de presumirlas ante los demás.

¿Tiene usted un teléfono móvil del que sus "amigos" se ríen cuando lo usa?. Ríase con ellos y úselo hasta que guste. ¿Le duelen las burlas? Entonces cambie de amigos, no de teléfono móvil...

sábado, 14 de julio de 2018

CONFÍO EN TI, SEÑOR...


Confío en ti, Señor




Confiar en Dios, es depositar toda tu fe en él, buscar en él refugio y defensa. Dejarle el cuidado de tus cosas. Permitirle disponer de tu futuro, porque sabes que te ama más que tú mismo. Reposar en él “como un niño en brazos de su madre” (Salmo 131). Y seguir confiando sobre todo en las pruebas, cuando las cosas resultan incomprensibles.

Señor, muchas veces el miedo al futuro no me deja vivir el presente con alegría. Yo no puedo controlarlo todo ni tener todo previsto, y por eso el futuro me atemoriza. Tengo miedo a perder lo que tengo, tengo temor de que me sucedan cosas malas. Pero ese miedo es inútil. Sin ti todo es incierto e inseguro, Señor, pero contigo todo será más fácil. Por eso te pido la gracia de confiar en ti, para que pueda aceptar tus proyectos sobre mi vida sin aferrarme a los míos. Quiero dejarme tomar por ti, Señor, y caminar por la vida con esa confianza, como un niño seguro de la mano de su padre. Amén. (Víctor Fernández).

Para la persona de fe, todo sucede porque lo quiere o lo permite Dios. Y él es experto en sacar bien del mal. Imagínate el río de bendiciones que bajó del Calvario donde murió Jesús en la cruz. También él tiene proyectos de salvación para cada una de tus contradicciones aceptadas en paz. Que el Señor te proteja y bendiga.



* Enviado por el P. Natalio

viernes, 13 de julio de 2018

DESPUÉS DE CADA AGUACERO


Después de cada aguacero...
Autor: Helen Parker




Después de cada aguacero... rayos del sol vendrán a resplandecer.

Después de cada sequía abrasadora... es visto algún rocío mañanero.

Después de cada tronada... hay una pacífica calma.

Después de un frío intenso... se puede sentir un calor primaveral.

Después de cada lágrima derramada... una sonrisa pronto podrá verse.

Después de cada amigo amado que se va... vienen algunos amigos nuevamente.

Después de cada sueño que has tenido... fracasa y huye la avaricia.

Un nuevo sueño pronto tomará su lugar... con esperanza que puedas abrazar.

Después de cada pesar en el corazón que es derramado en lágrimas de dolor... está la amante mano de Dios que ofrece dulce alivio.

EL PASO DEL TIEMPO


El paso del tiempo



Al iniciar este día te comparto unas consignas que me han movilizado a lo largo de los años: “Saludaré con gozo y agradecimiento el don inapreciable de este nuevo día. Trataré con ternura cada hora, porque sé que no retornará jamás. Eludiré con decisión todo aquello que mata el tiempo. A la indecisión la destruiré con la acción. Sepultaré las dudas bajo la fe”.

Todos los niños habían salido en la fotografía y la maestra estaba tratando de persuadirlos para que cada uno comprara una copia de esa fotografía del grupo. —Imagínense qué bonito será cuando ya sean grandes todos y digan: "Allí está Catalina, es abogada, o, ése es Miguel, ahora es doctor". Entonces se oyó una vocecita desde atrás del aula diciendo, —Y allí está la maestra. Ya se murió."

Todos percibimos el paso fugaz del tiempo. “Ay, cómo huye el tiempo irreparable”, constató el poeta Virgilio. También el salmista (S. 90) dice que, aun cuando lleguemos a los 70 y 80 años, al fin nos parece que han pasado a prisa, volando. Por eso pide a Dios  le enseñe a calcular el número de años de vida, para obrar sabiamente. Buena lección.


* Enviado por el P. Natalio

jueves, 12 de julio de 2018

EL ÁRBOL Y EL CAMPESINO

El árbol y el campesino



El mal ha entrado en el mundo por la puerta del egoísmo humano, que es negación del amor y búsqueda desenfrenada del propio bienestar. Cada día puedes empezar a ser generoso en pequeños gestos. Con la práctica se te irá abriendo el corazón, descubrirás la alegría de dar y comprobarás, maravillado, que recibes mucho más de lo que das.

En el campo de un labriego había un árbol que no servía más que de refugio a los gorriones y a las chicharras ruidosas. El labrador, viendo su inutilidad, se dispuso a talarlo y descargó contra él su hacha. Los gorriones y las chicharras le rogaron que no lo quitara porque era su albergue y en él podrían seguir cantando y agradándole a él mismo. Mas sin hacerles caso, le asestó un segundo golpe, luego un tercero. Rajado el árbol, vio un panal de abejas y probó y gustó su miel, con lo que guardó el hacha, apreciando y cuidando desde entonces al árbol con gran esmero (Esopo).

Antes de buscar el beneficio personal, pregúntate, ¿qué puedo compartir hoy? En lugar de querer poseer empezarás a donar, guiado por el deseo de ayudar a satisfacer las necesidades de los otros. Cada uno tiene algo para compartir. Dinero, talento, tiempo o una simple oración. La generosidad nos pone en sintonía con nuestra semejanza divina. Ánimo, inténtalo.



* Enviado por el P. Natalio

GUSTEN Y VEAN...


Gusten y vean




Dios, tu Padre, lleno de ternura, te dice hoy: “Quizás tú no me conozcas, pero yo conozco todo sobre ti, (Sal. 139, 1) Yo sé cuándo te sientas y cuando te levantas, (Sal. 139, 2). Todos tus caminos me son conocidos (Sal. 139, 3). Hasta los cabellos de tu cabeza están contados, (Mt. 10, 29-30). Porque tú has sido hecho a mi imagen, (Gn. 1, 27). En mí tú vives, te mueves y existes, (Hech. 17, 28)”. Un responsorio para contemplar la bondad del Señor que te ama.

- Gusten y vean qué bueno es el Señor.
- Gusten y vean qué bueno es el Señor.

- Dichosos los que en él se refugian.
- Qué bueno es el Señor.

- Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
- Gusten y vean qué bueno es el Señor.

Sigue hablándote el Dios de la ternura: “Te conocí aún antes de que fueras concebido, (Jr. 1,4-5). Yo te escogí cuando proyecté la creación, (Ef. 1, 11-12). Tú has sido creado de forma maravillosa, (Sal. 139, 14). Yo no estoy enojado y distante, soy la manifestación perfecta del amor, (1 Jn. 3, 1). Cada dádiva que tú recibes viene de mis manos, (Sant. 1, 17)”. 




* Enviado por el P. Natalio

EL GOL MÁS IMPORTANTE

El gol más importante  




Miguel era un muchacho a quien le gustaba mucho el fútbol. De hecho, pertenecía a un club muy popular en su barrio. Siempre que su equipo jugaba se veía al padre de Miguel en las tribunas, alentando al equipo de su hijo.

Sin embargo, había un detalle: el entrenador nunca consideraba a Miguel como titular y las pocas veces que lo hacía saltar al campo, él jugaba con desgana y mal. A pesar de eso, Miguel siempre iba acompañado de su padre a los partidos y siempre se veía a su padre como el más entusiasta de los hinchas.

Sucedió que un día antes del partido más importante de esa temporada, el padre de Miguel cayó enfermo y no pudo asistir. El día del encuentro, ya en los vestuarios y mientras los jugadores se preparaban para el partido, el entrenador recibió una llamada. La noticia recibida le puso un rostro de consternación. Al terminar, se dirigió hacia Miguel lentamente. Necesito hablar contigo un momento, le dijo.

Miguel, la llamada que acabo de recibir era de la clínica donde está internado tu padre. Hace una hora entró en coma cerebral y me acaban de decir que ha muerto en brazos de tu madre. Al escuchar esto Miguel se puso a llorar desconsoladamente.

-Tienes que ser fuerte muchacho, le decía el entrenador.

De pronto, retirando las manos del rostro, con voz serena y lágrimas en los ojos, pero con una gran determinación, Miguel le dijo al entrenador:

-Quiero jugar este partido. Quiero que me deje jugar, aunque sea unos minutos.

Sorprendido, el entrenador no podía creer que después de darle una noticia tan terrible, el muchacho tuviese ánimos para jugar. Lo pensó por un momento, y diciendo para sus adentros que jugando unos minutos no afectaría al rendimiento del equipo, le pidió que se cambiara, que jugaría desde el principio, al menos el primer tiempo.

Esa tarde Miguel no falló un pase. Fue una muralla infranqueable. Tan bien jugó que el entrenador lo mantuvo en el campo todo el partido. Incluso el gol que le dio la victoria a su equipo fue obra de Miguel.

Las tribunas enloquecieron coreando su nombre. Fue sin duda, el partido de su vida. Al final del encuentro, y ya cuando todos los jugadores se habían retirado a celebrar el triunfo, el entrenador encontró a Miguel parado en la cancha mirando hacia la tribuna en donde tantas veces se había sentado su padre para animar a su equipo. Al acercársele, notó que el muchacho aunque con lágrimas en los ojos, miraba hacia la tribuna fijamente.

-Miguel, quisiera tener las palabras exactas con las cuales poder reconfortarte en estos momentos. Sé la estrecha relación que tenías con tu padre y creo saber cuánto te ha afectado. Hoy has jugado como nunca te he visto jugar. Y aunque quizás no sea apropiado preguntarte ahora, me gustaría saber por qué quisiste jugar esta tarde, Miguel.

Miguel miró al entrenador y le dijo:

-Mire, muchas veces usted vio a mi padre sentado en la tribuna ¿verdad?

-Sí, siempre venía para animar al equipo aunque supiera que tú no ibas a jugar.

-No señor -le interrumpió Miguel- Mi padre no sabía que yo no jugaba. Mi padre era ciego, señor.

Unas lágrimas recorrieron nuevamente el rostro del muchacho.

-Por eso cuando me tocaba jugar, yo no jugaba bien porque sabía que él, a pesar de estar en la tribuna, no me veía. Yo siempre al final de los partidos le decía que había hecho tal o cual jugada y notaba como se le iluminaba el rostro de satisfacción. Sin embargo, esta tarde yo sí sabía que él me estaba mirando desde el cielo, por eso, yo me esforcé mucho para que el me viera jugar bien. Gracias señor, gracias por haber permitido que mi padre me viera jugar al fútbol por primera vez...

En ese momento, el muchacho se abrazó fuertemente al entrenador, desahogaron su pena y su dolor. Desde ese día, Miguel no dejó nunca de jugar un partido y siempre que convertía un gol, se acercaba a la tribuna donde se sentaba su padre, mirando y levantando las manos hacia el cielo.

Mira hoy a tu hijo si lo tienes o cuando lo tengas, y nunca dejes de mirarlo. Más que con los ojos, míralo con el corazón.

En el juego de la vida, tú siempre eres titular. Trata siempre de jugar muy bien y jugar limpio en todas las cuestiones de la vida, porque tanto tu Madre Celestial, la Virgen María, como Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo te están viendo y amando de corazón. ¡No les defraudes jugando a ser una persona mediocre y desganada!



© Web católico de Javier

lunes, 9 de julio de 2018

AHORA MISMO, YA


Ahora mismo, ya



Es maravilloso el número de cosas imposibles que la gente decidida logra realizar. Tú deberías formar parte de ese equipo. No olvides que tus sueños carecen de valor y que tus planes son como el polvo, si no pones de tu parte decisión y acción. Sólo la acción es la chispa que enciende tus sueños y planes hasta convertirlos en una realidad. (Mandino).

Uno de los defectos más comunes de la naturaleza humana es diferir lo que deberíamos y podríamos hacer ahora. Más claramente es “patear la pelota para adelante”, como suele decirse. Cuántas hermosas iniciativas han muerto por esta concesión a la pereza que nos lleva a dejar para después lo que podemos hacer enseguida. Hay quienes se han hecho especialistas en buscar excusas para evadir lo que urge llevar a cabo hoy. Aprovecha, pues, bien el tiempo, “escucha hoy la voz del Señor” (Salmo 95), y repite en tus adentros una y otra vez la frase que te impulsará a la acción: “procederé ahora mismo, ya, ya, ya”. Así harás fecunda tu vida. Para esto Dios te regala un nuevo día.

“Procederé ahora mismo”. Con estas palabras puedes preparar tu mente para realizar todo acto necesario para lograr tus metas; con ellas harás frente a los desafíos que los fracasados eluden. El impulso inicial tómalo al principio de la jornada, orando así: “Con tu ayuda, Señor, hoy quiero ser decidido y entusiasta”.



* Enviado por el P. Natalio

LA LLAVE PARA EL CIELO


La llave para el Cielo 




1) Para saber
En las computadoras, cuando eliminamos una foto o un escrito, se envía a lo que suele llamarse «papelera de reciclaje». Sin embargo, si quisiéramos recuperarlo bastaría sacarlo de ahí. Se podría pensar que al ser perdonados por Dios el pecado continúa por ahí guardado. Pero no es así. El corazón de Dios no tiene «papelera de reciclaje»”. Dios no guarda en un “archivo” los pecados perdonados: su misericordia es tan grande que los perdona y desaparecen.

Por ello, al tratar sobre el camino para llegar a la santidad, a la felicidad, el Papa Francisco después de considerar las bienaventuranzas, resalta la misericordia. Y para vivirla en concreto, nos recuerda el “protocolo” dicho por Jesús: Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, alojar al forastero, vestir al desnudo, visitar el enfermo y encarcelado (Cfr. Mt 25,35-36). 

Así, la santidad no consiste en tener experiencias raras o extraordinarias. Dios puede concederlas, pero para todos, la santidad consiste primordialmente en amar a Dios y al prójimo.


2) Para pensar
Se dice que un guerrero que había tenido una vida bastante turbia, pero ya estaba muy arrepentido. Y aunque había pedido perdón a sus prójimos y Dios en la confesión, aún le pesaba el mal hecho. 

Visitó a un monje sabio en el desierto. El monje ermitaño le preguntó: “Dime, si tu túnica se rasga, ¿la tirarías?” El hombre le respondió: “No, la cosería y volvería a ponérmela”. El monje sólo dijo: “Por tanto, si tú cuidas tu vestido de paño, ¿crees que Dios no tenga misericordia de ti que eres su imagen y su hijo?”

Al obrar misericordiosamente, nos asemejamos a Dios mismo. Por ello se dice que la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia y lleva a buscar un cambio social que resuelva las injusticias. La misericordia es la llave del cielo. Pensemos si ya tenemos esa llave para entrar.


3) Para vivir
Cuando hay una obsesión por pasarla bien, se termina por vivir concentrado en uno mismo y así es difícil ocuparse en dar una mano a los necesitados. También si se pierde tiempo en el consumo de información superficial o en distracciones desordenadas, aleja del sufrimiento de los hermanos, de los inmigrantes o de las injusticias. Y sucede que mientras unos festejan y gastan imprudentemente, al mismo tiempo otros miran desde afuera con hambre.

El Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz. Nos recuerda que cada persona necesitada tiene nuestra dignidad y es amada por el Padre.

En los actos de misericordia, hemos de reconocer a Jesús en los pobres y sufrientes, pues Él se ha identificado con ellos: “lo que hicisteis con uno de estos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Si nos separamos del Señor, ya no sería cristianismo sino un tipo de ONG.

Santa Teresa de Calcuta afirmaba que aunque tenía muchas debilidades y miserias, Dios quería mostrar su inmenso amor a través de ella y de todos los que se lo permitamos, pero que si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás.

El Papa Francisco nos recomienda en su Exhortación a releer las bienaventuranzas y hacerlas carne: “Nos harán bien, nos harán genuinamente felices”.




© Pbro. José Martínez Colín

5 TIPS DE CÓMO SANTIFICAR TU TRABAJO DE CADA DÍA


5 Tips de cómo santificar tu trabajo de cada día
Los frutos del trabajo dependerán de la visión con que nosotros tomemos el don de trabajar


Por: Alonso Ramirez | Fuente: Catoliscopio.com 




El trabajo es el acto que siempre ha acompañado la existencia del ser humano, para muchos es una maldición que cayó sobre el hombro de Adán. Para otros, trabajar es tal y como dice Gibran “Trabajáis para poder seguir el ritmo de la Tierra y del alma de la Tierra” por ello los frutos del trabajo dependerán de la visión con que nosotros tomemos el don de trabajar. Así que te presentamos 5 Tips de cómo santificar tu trabajo que el mismo Gibran cita en su afamado libro.


1 Ofrendarlo a Dios
El trabajo es el fruto de tu esfuerzo, haz todo con el deseo de que tu fruto sea una ofrenda agradable a los ojos de Dios, despierta con esa convicción y esa oración en tus labios y será la convicción que dominará tu día. Como dice san Agustín: Ora como si todo dependiera de Dios y trabaja como si todo dependiera de ti

2 Valorarlo
Cierto momento he escuchado a personas ir por su salario y expresarse de ello como ir a recoger “esa cochinada” ¿Así valoras todo tu esfuerzo? Como algo tan simple o sin valor. Si tú mismo no lo valoras ¿Cómo esperas que otros valoren tu trabajo? Así que antes de recoger esa “cochinada” ve y recoge la bendición de tus frutos laborales.

3 Trabajar con amor
Ya decía el proverbio, quien trabaja en lo que ama no trabaja nunca, y si no cuentas con la suerte de trabajar en lo que amas, pues ama en lo que trabajas, porque es el barco en el que pasas tu vida y puedes amarlo haciendo cada labor como si fuera para alguien a quien amas

Y cuando trabajáis con amor, os integráis a vosotros mismos, y el uno al otro, y a Dios.



¿Y qué es trabajar con amor?

Es tejer la tela con los hilos sacados de vuestro corazón, como si vuestro bienamado debiera vestirla.

Es construir una casa con afecto, como si vuestro bienamado debiera habitar en ella.

Es sembrar granos con ternura y recoger la cosecha con alegría, como si vuestro bienamado debiera comer sus frutos. 
Gibran

4 Trabajar con orgullo
No es una maldición que cargamos el tener que trabajar, esto independientemente de cual sea tu labor. Algunos creen que es más honrosa una profesión a otra, pero todas realizadas con orgullo y amor dignifican a todo hombre. Leamos a Gibran

A menudo os he oído decir, como si hablarais en sueños:
“Quien trabaja el mármol y haya la forma de su alma en la piedra, es más noble que aquél que labra la tierra. Y quien alcanza el arco iris y lo extiende sobre la tela a semejanza del hombre, es más que aquél que hace sandalias para nuestros pies”

Pero yo digo, no en sueños sino en pleno despertar del mediodía, que el viento no habla con más dulzura a la gigantesca encina que a la más ínfima de las hierbas del bosque.


5 Vive para trabajar y no trabajes para vivir
Que el trabajar sea para dignificarte y no para esclavizarte, que ames trabajar pero no que sea lo único que ames hacer. Ya decía Facundo, el conquistador por cuidar su conquista termina esclavo de lo que conquistó. Así que adelante hazlo con el orgullo con que Beata Madre Teresa de Calcuta bañaba a sus pobres, con la alegría con que san Francisco salía a Predicar, con el deseo de hacerlo bien con que san Martín de Porres barría el monasterio, pero sobre todo con el amor con que Jesús cumplió su misión aun siendo una dura misión.

UNA MUCHACHA EN LA FLOR DE LA EDAD


Una muchacha en la flor de la edad
El Señor de la Vida y de la Muerte


Por: José Luis Martín Descalzo | Fuente: dominicos.org 




El suceso fue muy llamativo. Ocurrió en Cafarnaún, una ciudad grande, y con la hija de un personaje muy conocido, llamado Jairo y que era jefe de una de las sinagogas de la ciudad. Jesús acababa de regresar de la otra orilla del lago y la fama de la curación del endemoniado de Gerasa había corrido más que él. En Cafarnaún le esperaban impacientes, pero más que nadie Jairo, cuya hija de doce años estaba agonizante. Doce años eran la flor de la edad para una muchacha de aquel tiempo. Era entonces cuando se prometían, y muy poco después se casaban. Tal vez los padres tenían ya buscado partido a la pequeña. Y ahora llegaba a desposarla la muerte.

En cuanto la barca de Jesús atracó, el padre angustiado corrió a él. Y esta vez él no se resistió y se puso en camino. Fue entonces cuando ocurrió la escena de la hemorroísa. Para Jairo esta detención fue, al mismo tiempo, una angustia —¡la muchacha podía morirse de un momento a otro!— y una gran esperanza: si Jesús curaba a aquella mujer con sólo tocar la orla de su manto, mucho más podría detener la enfermedad de su hija.

Pero, apenas su corazón se había embarcado en esta esperanza, llegó la amarga noticia: «No molestes más al Maestro: tu hija ha muerto». Jesús oyó la noticia y miró a Jairo. ¿Cómo hablar? ¿Qué decir? Había pasado tan rápido del entusiasmo a la más cruel amargura, que ni las lágrimas llegaban a sus ojos. Fue Jesús quien habló: «No temas. Cree solamente y será salva».

Jairo no entendía nada. Sabía que la enfermedad podía curarse. Pero estimaba imposible que alguien pudiera regresar desde el otro lado de la muerte. ¿O quizá...? Recordó las lecturas de Elías y Elíseo, que más de una vez habían glosado en su sinagoga. Y se agarró a aquel clavo ardiendo.

Cuando llegaron a la casa, oyeron esa algarabía oriental que tanto contrasta con el silencio con que nosotros rodeamos hoy a los muertos. Las plañideras mercenarias —que estaban como cuervos esperando la muerte de la muchacha para ganar unos denarios— habían acudido y mesaban sus cabellos entre gritos, como si tuvieran el corazón realmente desgarrado. Entonaban letanías de elogios a la pequeña. Todos los textos bíblicos parecían haberse escrito para ella. Los tañedores de flauta hacían oír sus aires estridentes y lúgubres.

Apenas se hizo un momento de silencio al ver aparecer en la puerta al apenado padre. Jesús aprovechó este silencio para hablar. «¡Retiraos!», dijo a plañideras y flautistas, que vieron, por un momento, en peligro sus esperadas ganancias. «La niña, añadió, no está muerta, sino dormida». Ahora saltaron las carcajadas de burla. Aquella frase les pareció a todos una broma de mal gusto. El famoso taumaturgo debería tomarse, al menos, la molestia de ver a la muchacha antes de hablar. Lo sabrían ellos, que la habían amortajado con su blanco vestido de novia.

Pero Jesús no se inmutó ante las risas. Con sereno ademán de autoridad, hizo salir a todos de la casa y se quedó solo con los padres de la pequeña y con tres de los suyos. Se acercó entonces al lecho donde la niña «dormía». La tomó de la mano. Jairo pensó que tal vez se tendería, como Elíseo, sobre ella. Pero Jesús nada de eso hizo. No prorrumpió en largas oraciones y conjuros. Simplemente se dirigió a la muchacha en arameo, la lengua familiar de todos ellos, y le dijo: «¡Talitha qumi». Los evangelistas nos han conservado el sonido original de las palabras. Era una llamada en lenguaje cariñoso: Chiquilla, levántate (muñeca, levántate, traducen algunas versiones).

Todo fue así de sencillo. No hubo aspavientos ni gestos dramáticos. Fue como despertar a una persona dormida. La niña se incorporó, y se puso a andar. También esta vez los padres vacilaron un momento. Pero, luego, los abrazos parecían no concluir. Jesús debió de sonreír al ver la escena. Y, entre sonrisas, interrumpió los abrazos. ¡La muchacha estaba tan débil y pálida! «¡Dadle de comer!», dijo. Sólo ahora se dio cuenta de ello la madre. ¿Quién pensaba en eso cuando acababa de recobrarla de la muerte? Pero corrió a preparar algo. Y la muchacha miraba a todos, asombrada, mientras volvía a hacer esa cosa desacostumbrada que era el comer.

«¡Guardad silencio sobre esto!», pidió a los padres. Sabía que no le harían caso. Pero quería que, al menos, le dejaran salir tranquilo de la casa. Pero la multitud que, mientras tanto, se había acumulado a la puerta, entendió, sólo con ver su rostro al salir, que algo enorme había ocurrido allí dentro.

Aquella noche en Cafarnaún la gente tardó mucho tiempo en dormirse. No entendían. Desde hacía meses estaban ocurriendo en su alrededor tales cosas que empezaban a no saber qué era la vida y qué la muerte. Sabían, sí, que aquel extraño predicador era más que lo que parecía. Recordaban a Elías y Elíseo y comparaban. Éste hacía los prodigios con una naturalidad sorprendente. Y no explicaba nada. Les plantaba ante los hechos y se iba. Empezaban a sospechar que por sus calles caminaba alguien que era el Señor de la vida y de la muerte. Y esto les parecía tan hermoso que no se atrevían a creerlo.

Por José Luis Martín Descalzo

sábado, 7 de julio de 2018

VEINTE REGLAS DE VIDA


Veinte reglas de vida 




El Instituto Francés de Ansiedad y Estrés, en París, trazó veinte reglas de vida. Dicen los expertos que si usted consigue asimilar diez de ellas, con seguridad aprenderá a vivir con calidad interna:

1. Haga una pausa de 10 minutos por cada 2 horas de trabajo, a lo máximo. Repita estas pausas en su vida diaria y piense en usted, analizando sus actitudes.

2. Aprenda a decir no, sin sentirse culpable, o creer que lastima a alguien. Querer agradar a todos es un desgaste enorme.

3. Planee su día, pero deje siempre un buen espacio para cualquier imprevisto, consciente de que no todo depende de usted.

4. Concéntrese en apenas una tarea a la vez. Por más ágiles que sean sus cuadros mentales, usted se cansa.

5. Olvídese de una vez por todas que usted es indispensable en el trabajo, casa, o grupo habitual. Por más que eso le desagrade, todo camina sin su actuación, a no ser usted mismo.

6. Deje de sentirse responsable por el placer de los otros. Usted no es la fuente de los deseos, ni el eterno maestro de ceremonia. 

7. Pida ayuda siempre que sea necesario, teniendo el buen sentido de pedírsela a las personas correctas.

8. Separe problemas reales de los imaginarios y elimínelos, porque son pérdida de tiempo y ocupan un espacio mental precioso para cosas más importantes.

9. Intente descubrir el placer de cosas cotidianas como dormir, comer y pasear, sin creer que es lo máximo que puede conseguir en la vida.

10. Evite envolverse en ansiedades y tensiones ajenas, en lo que se refiere a ansiedad y tensión. Espere un poco y después retorne al diálogo y a la acción.

11. Su familia no es usted, está junto a usted, compone su mundo pero no es su propia identidad.

12. Comprenda qué principios y convicciones inflexibles pueden ser un gran peso que evite el movimiento y la búsqueda.

13. Es necesario tener siempre a alguien a quien le pueda confiar y hablar abiertamente. No sirve de nada si está lejos.

14. Conozca la hora acertada de salir de una cena, levantarse del palco y dejar una reunión. Nunca pierda el sentido de la importancia sutil de salir a la hora correcta.

15. No quiera saber si hablaron mal de usted, ni se atormente con esa basura mental. Escuche lo que hablaron bien de usted, con reserva analítica, sin creérselo todo.

16. Competir en momentos de diversión, trabajo y vida entre pareja, es ideal para quien quiere quedar cansado o perder la mejor parte.

17. La rigidez es buena en las piedras pero no en los seres humanos.

18. Una hora de inmenso placer sustituye, con tranquilidad, tres horas de sueño perdido. El placer recompensa más que el sueño. Por eso, no pierda una buena oportunidad de divertirse.

19. No abandone sus tres grandes e invaluables amigas: Intuición, Inocencia y Fe.

20. Entienda de una vez por todas, definitivamente y en conclusión que usted es lo que usted haga de usted mismo.

jueves, 5 de julio de 2018

EL PAN DE CRISTO


EL PAN DE CRISTO



Al cabo de meses de encontrarse sin trabajo, se vio obligado a recurrir a la mendicidad para sobrevivir, cosa que detestaba profundamente. Una fría tarde de invierno se encontraba en las inmediaciones de un club privado cuando observó a un hombre y su esposa que entraban al mismo. 

Víctor le pidió al hombre unas monedas para poder comprarse algo de comer.

Lo siento, amigo, pero no tengo nada de cambio -replicó éste.

La mujer, que oyó la conversación, preguntó:

¿Qué quería ese pobre hombre? Dinero para una comida. Dijo que tenía hambre -respondió su marido.

¡Lorenzo, no podemos entrar a comer una comida suntuosa que no necesitamos y dejar a un hombre hambriento aquí afuera!

¡Hoy en día hay un mendigo en cada esquina! Seguro que quiere el dinero para beber. ¡Yo tengo un poco de cambio! Le daré algo.

Aunque Víctor estaba de espaldas a ellos, oyó todo lo que dijeron. Avergonzado, quería alejarse corriendo de allí, pero en ese momento oyó la amable voz de la mujer que le decía:

Aquí tiene unas monedas. Consígase algo de comer. Aunque la situación está difícil, no pierda las esperanzas. En alguna parte hay un empleo para usted. Espero que pronto lo encuentre.

¡Muchas gracias, señora! Me ha dado usted ocasión de comenzar de nuevo y me ha ayudado a cobrar ánimo. Jamás olvidaré su gentileza.

Estará usted comiendo el pan de Cristo. Compártalo -dijo ella con una cálida sonrisa dirigida más bien a un hombre y no a un mendigo. Víctor sintió como si una descarga eléctrica le recorriera el cuerpo.

Encontró un lugar barato donde comer, gastó la mitad de lo que la señora le había dado y resolvió guardar lo que le sobraba para otro día. Comería el pan de Cristo dos días. Una vez más, aquella descarga eléctrica corrió por su interior. ¡El pan de Cristo!

¡Un momento! -pensó-. No puedo guardarme el pan de Cristo solamente para mí mismo. 

Le parecía estar escuchando el eco de un viejo himno que había aprendido en la escuela dominical.

En ese momento pasó a su lado un anciano. Quizás ese pobre anciano tenga hambre -pensó-. 

Tengo que compartir el pan de Cristo.

Oiga -exclamó Víctor-. ¿Le gustaría entrar y comerse una buena comida?

El viejo se dio vuelta y lo miró con descreimiento.
¿Habla usted en serio, amigo?

El hombre no daba crédito a su buena fortuna hasta que se sentó a una mesa cubierta con un hule y le pusieron delante un plato de guiso caliente. Durante la cena, Víctor notó que el hombre envolvía un pedazo de pan en su servilleta de papel.

¿Está guardando un poco para mañana? -le preguntó.

No, no. Es que hay un chico que conozco por donde suelo frecuentar. La ha pasado mal últimamente y estaba llorando cuando lo dejé. Tenía hambre. Le voy a llevar el pan.

El pan de Cristo... 

Recordó nuevamente las palabras de la mujer y tuvo la extraña sensación de que había un tercer convidado sentado a aquella mesa.

A lo lejos las campanas de una iglesia parecían entonar a sus oídos el viejo himno que le había sonado antes en la cabeza. Los dos hombres llevaron el pan al niño hambriento, que comenzó a engullírselo.

De golpe se detuvo y llamó a un perro, un perro perdido y asustado.

Aquí tienes, perrito. Te doy la mitad -dijo el niño.

El pan de Cristo... Alcanzaría también para el hermano cuadrúpedo. San Francisco de Asís habría hecho lo mismo -pensó Víctor.

El niño había cambiado totalmente de semblante. 

Se puso de pie y comenzó a vender el periódico con entusiasmo.

Hasta luego -dijo Víctor al viejo-. En alguna parte hay un empleo para usted. Pronto dará con él. No desespere. ¿Sabe? -su voz se tornó en un susurro-. Esto que hemos comido es el pan de Cristo. Una señora me lo dijo cuando me dio aquellas monedas para comprarlo. ¡El futuro nos deparará algo bueno!

Al alejarse el viejo, Víctor se dio vuelta y se encontró con el perro que le olfateaba la pierna. Se agachó para acariciarlo y descubrió que tenía un collar que llevaba grabado el nombre del dueño.

Víctor recorrió el largo camino hasta la casa del dueño del perro y llamó a la puerta. Al salir éste y ver que había encontrado a su perro, se puso contentísimo. De golpe la expresión de su rostro se tornó seria. Estaba por reprocharle a Víctor que seguramente había robado el perro para cobrar la recompensa, pero no lo hizo. Víctor ostentaba un cierto aire de dignidad que lo detuvo. En cambio dijo:

-En el periódico vespertino de ayer ofrecí una recompensa.

¡Aquí tiene!

Víctor miró el billete medio aturdido. No puedo aceptarlo -dijo quedamente-. Sólo quería hacerle un bien al perro.

¡Téngalo! Para mí lo que usted hizo vale mucho más que eso. ¿Le interesaría un empleo? Venga a mi oficina mañana. Me hace mucha falta una persona íntegra como usted.

Al volver a emprender Víctor la caminata por la avenida, aquel viejo himno que recordaba de su niñez volvió a sonarle en el alma.

Se titulaba "Comerte el Pan de Vida"...

"NO OS CANSEIS DE DAR, PERO NO DEIS LAS SOBRAS, DAD HASTA SENTIRLO, HASTA QUE DUELA".
QUE EL SEÑOR NOS CONCEDA LA GRACIA DE TOMAR NUESTRA CRUZ Y SEGUIRLO, AUNQUE DUELA.

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