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jueves, 6 de octubre de 2016

RESCATAR EL PADRE NUESTRO


Rescatar el Padrenuestro


Por amor a Jesús que nos enseñó el Padrenuestro, éste debe ser la primera entre todas tus oraciones predilectas. Si el mismo Jesucristo ha querido dejarnos una fórmula para orar, es lógico que esa fórmula —el Padrenuestro— tenga un lugar preferencial en tus devociones. Pero es urgente meditarlo, venerarlo, profundizarlo y recrearlo. ¡Rescátalo de la rutina!

Sucede con el padrenuestro como con la casa donde nacimos: que de tanto verla no la hemos visto nunca. Es parte de nuestra retina, de nuestra sangre. Ya no nos dice nada. Como una moneda que, de tan usada, ha perdido completamente su relieve. El rostro que representaba es ya una superficie lisa imposible de adivinar. Así esta joya del Evangelio se ha convertido en la oración rutinaria de los cristianos de hoy. Tendríamos que rescatarla como quien descubre un continente o conquista en guerra una montaña. Tendríamos que volver a sentirnos como aquellos apóstoles que un día feliz oyeron de los labios de Jesús esas 58 palabras que son, en frase de Tertuliano, resumen de todo el evangelio (Martín Descalzo).

¿Cómo meditarlo? Te sugiero buscar otros textos bíblicos que iluminen cada frase. Por ej. Padre nuestro: “Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por sus fieles”. Otro: Líbranos del mal: “El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha. El Señor te guarda de todo mal. Él guarda tu alma”. Anímate a hacer algo.


* Enviado por el P. Natalio

jueves, 19 de mayo de 2016

TRES PETICIONES DE MISERICORDIA EN EL PADRE NUESTRO


Tres peticiones de misericordia en el Padre Nuestro
Por María Ximena Rondón


 (ACI).- En su última columna semanal titulada “El realismo del Padre Nuestro”, Mons. José Gómez, Arzobispo de Los Ángeles (Estados Unidos), hizo una reflexión sobre la misericordia en las tres últimas líneas del Padre Nuestro.

Mons. Gómez indicó que estas tres últimas frases: “Perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden”, “No nos dejes caer en la tentación” y “Líbranos del mal” imploran la misericordia y la protección de Dios, que “en su Providencia amorosa, se preocupa por cada uno de nosotros”.

“Estas peticiones reflejan el ‘realismo’ de nuestra fe y nuestra visión cristiana del mundo (...) de que estamos orando por la humanidad entera”, agregó y desarrolló su reflexión sobre cada uno de estos ruegos:

1.- Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

Mons. Gómez indicó que al pronunciar esta frase se reconoce que “vivimos en un mundo en el que nos hacemos daño unos a otros, y en el que nos sentimos culpables y con necesidad de ser sanados”.


El Prelado señaló que para Dios “somos sus hijos e hijas” y que al ofenderlo se rechaza la relación de amor que Él ofrece.  Lo mismo sucede cuando se ofende al prójimo porque “estamos negando que estemos destinados a vivir como hermanos y hermanas, como hijos de un mismo Padre amoroso”.

Con esta frase “estamos pidiendo el valor para sentirnos verdaderamente arrepentidos, sin justificarnos a nosotros mismos y sin tratar de justificar nuestras acciones. Cuando oramos pidiendo perdonar a los demás, pedimos ser misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso”.

2.- No nos dejes caer en la tentación

El Arzobispo de Los Ángeles subrayó que Dios “es misericordioso y amoroso” y que “no nos tienta”. Más bien “somos tentados por el mundo y por nuestra debilidad, porque somos humanos”.

Por lo tanto, la expresión: “No nos dejes” recuerda que el hombre no es autosuficiente y que necesita de Dios para seguir adelante a través de los caminos de este mundo.

“Jesús fue probado en el desierto para que nosotros supiéramos que nuestra fe también será puesta a prueba en las luchas de la vida cotidiana. Así que le pedimos a Dios que nos tenga paciencia, que nos mantenga cerca de Él”, comentó el Prelado.

3.- Líbranos del mal

Mons. Gómez manifestó que el mal es real y que “vemos la evidencia todos los días”.

Sin embargo, prosigue, “el amor de Dios es más fuerte” y con esta frase “le rogamos a Jesús que venga para estar con nosotros, que camine con nosotros a través de los valles oscuros de esta vida”.

“Por eso oramos nuevamente, para que sepamos entregarnos a la voluntad de Dios y a su amoroso designio de amor para nuestra vida. Oramos con confianza porque sabemos que la voluntad de Dios es nuestra santidad y nuestra salvación. Sabemos que todas las cosas son para bien si amamos a Dios y vivimos de acuerdo con sus propósitos”, manifestó el Arzobispo de Los Ángeles.

sábado, 15 de agosto de 2015

¡SANTIFICADO SEA TU NOMBRE!


¡Santificado sea tu Nombre!
Para rezar mejor el Padre nuestro
¿Podemos nosotros santificar el Nombre de Dios que es santo?
Por: P. Evaristo Sada LC | Fuente: la-oración.com 




En el padrenuestro decimos: "santificado sea tu nombre". ¿Acaso tiene Dios necesidad de que los hombres le deseemos el bien? ¿Podemos nosotros santificar el Nombre de Dios que es santo?

Cuando oímos a Dios decir: "continuamente, a lo largo del día, mi nombre es despreciado" (Is. 52,5) nosotros queremos responderle: "No, Señor, nosotros te amamos y te alabamos: ¡santificado sea tu nombre!"

La oración de bendición y alabanza
A una creatura le corresponde bendecir a su Creador por lo que Él es y por los beneficios que ha recibido de Él. Es deber de un hijo agradecer, bendecir, respetar a sus padres, origen de su vida. Cuando hablamos de que hemos sido creados, comprendemos que lo hemos recibido todo de Dios, ¡incluidos nuestros padres!

Santificar el Nombre de Dios significa ponerlo por encima de todo, honrarlo, alabarlo, reconocer su santidad, su majestad, la maravilla de sus dones, confiarse a Él, reconocer su omnipotencia, cantar y celebrar su belleza. El corazón humano se ensancha cuando bendice a su Creador y Padre.

Ante tantos regalos del amor de Dios, ante la belleza desbordante de la creación, ante el don de nuestros prójimos, de la vida, de la inteligencia, del alimento, de los niños y de los ancianos, ante el don de Cristo Verbo Encarnado, de la Eucaristía, el don del Espíritu Santo, del bautismo, el don de María, de la Iglesia, de la vida eterna.... ¿Cómo no exclamar una y otra vez: "santificado sea tu nombre"!

Jesucristo nos dio a conocer el Nombre de Dios (cfr Jn 17,6) y con su ejemplo, nos enseñó a alabarlo: "Padre, glorifica tu Nombre." (Jn 12,28)

También María nos enseñó a alabar a Dios cuando en el Magnificat glorifica la grandeza del Señor.

El coro de los ángeles canta a Dios: "Santo, Santo, Santo" (Ap 4,8) "También nosotros, destinados a vivir como los ángeles, si somos dignos, aprendamos ya en esta tierra esa voz celestial que alaba a Dios, que será nuestro servicio en la gloria futura" (Tertuliano)

Y el salmista nos enseña a decir: "Yo te glorifico, Señor...." (Salmo 30,2)



¿Aportamos algo a Dios con nuestra alabanza?
El nombre indica las cualidades específicas de la cosa nombrada. El nombre de Dios revela su santidad, su divinidad. Si el nombre de Dios es santo, ¿cómo pretendemos santificarlo? ¿Acaso podemos aportar algo a Dios con nuestra alabanza?

No es que nuestras oraciones santifiquen a Dios, pues Dios ya es santo, sino que, además de bendecirle y alabarle, le pedimos a Él que su Nombre sea santificado en nosotros. Es una súplica por nuestra perseverancia en la carrera a la santidad que iniciamos en el bautismo. Tenemos necesidad de continua conversión. Por eso todos los días, al rezar el padrenuestro, lo que hacemos es pedir a Dios que nos lave, que nos santifique, que nos purifique.

Somos nosotros los que ganamos cuando damos gloria a Dios, porque si agradamos a Dios con nuestras buenas obras, los que crecemos somos nosotros. Si alabas a Dios te haces bien a ti mismo, si maldices a Dios te perjudicas a ti mismo. También esta es muestra de la bondad y santidad de Dios nuestro Padre, que no ha querido recibir para sí solo cuanto como creaturas le debemos, sino hace redundar en nuestro bien y felicidad lo que le decimos y ofrecemos para agradarle a Él.



Una sugerencia

La próxima vez que reces el padrenuestro haz un elenco de los principales regalos que has recibido de Dios, escríbelos y luego pregúntate: ¿Qué he hecho para merecerlos? ¿Por qué ha sido Dios tan bueno conmigo? Contempla ese canasto desbordante de regalos personales de Dios a ti y luego alza la mirada y las manos y dile: Padre Nuestro, que estás en el cielo, ¡santificado sea tu nombre!



Cuando escuches las olas del mar: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando contemples un cielo estrellado: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando recuerdes el amor de tus padres: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando estés con tu esposo o esposa: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando veas a tus hijos crecer: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando amanezcas cada mañana: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando termines la jornada: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando la vida te duela: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando todo resulte bien: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando te humillen: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando te muestren aprecio: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando lo contemples clavado en la cruz: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando recibas el perdón de tus pecados: ¡Santificado sea tu nombre!
Cuando experimentes el amor de la Virgen María: ¡Santificado sea tu nombre!
Siempre y en todo momento: Padre Nuestro ¡Santificado sea tu nombre!

Santificado sea tu nombre en mi jornada laboral.
Santificado sea tu nombre en mi vida matrimonial, consagrada o sacerdotal
Santificado sea tu nombre en mi quehacer diario.
Santificado sea tu nombre en mi vida social.
Santificado sea tu nombre en mis pensamientos.
Santificado sea tu nombre en mis palabras.
Santificado sea tu nombre en todos mis actos.

Señor santificado sea tu nombre en mi vida y por todos los hombres.
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