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domingo, 5 de abril de 2026

MISTERIO DE ESPERANZA - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 5 DE ABRIL DE 2026 - LA RESURRECCIÓN DE JESÚS



 Misterio de esperanza


Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús, resucitado por Dios, intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la humanidad y en la creación entera.

 

Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas contra el hecho de que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo ha conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimientos, quede olvidada para siempre.

 

Creer en el Resucitado es confiar en una vida en la que ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria.

 

Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: «Entra para siempre en el gozo de tu Señor».

 

Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un «Dios oculto» del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.

 

Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el reino.

 

Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor.

 

Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las «huellas» que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido con amor, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos.

 

Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en labios de Dios: «Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial del agua de la vida». Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas, porque todo eso habrá pasado.


P. José Antonio Pagola

domingo, 22 de marzo de 2026

NUESTROS MUERTOS VIVEN - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 22 DE MARZO DE 2026



Nuestros muertos viven


El adiós definitivo a un ser muy querido nos hunde inevitablemente en el dolor y la impotencia. Es como si la vida entera quedara destruida. No hay palabras ni argumentos que nos puedan consolar. ¿En qué se puede esperar?

 

El relato de Juan no tiene solo como objetivo narrar la resurrección de Lázaro, sino, sobre todo, despertar la fe, no para que creamos en la resurrección como un hecho lejano que ocurrirá al fin del mundo, sino para que «veamos» desde ahora que Dios está infundiendo vida a los que nosotros hemos enterrado.

 

Jesús llega «sollozando» hasta el sepulcro de su amigo Lázaro. El evangelista dice que «está cubierto con una losa». Esa losa nos cierra el paso. No sabemos nada de nuestros amigos muertos. Una losa separa el mundo de los vivos y de los muertos. Solo nos queda esperar el día final para ver si sucede algo.

 

Esta es la fe judía de Marta: «Sé que mi hermano resucitará en la resurrección del último día». A Jesús no le basta. «Quitad la losa». Vamos a ver qué es lo que sucede con el que habéis enterrado. Marta pide a Jesús que sea realista. El muerto ha empezado a descomponerse y «huele mal». Jesús le responde: «Si crees, verás la gloria de Dios». Si en Marta se despierta la fe, podrá «ver» que Dios está dando vida a su hermano.

 

«Quitan la losa» y Jesús «levanta los ojos a lo alto», invitando a todos a elevar la mirada hasta Dios, antes de penetrar con fe en el misterio de la muerte. Ha dejado de sollozar. «Da gracias» al Padre porque «siempre lo escucha». Lo que quiere es que quienes lo rodean «crean» que es el Enviado por el Padre para introducir en el mundo una nueva esperanza.

 

Luego «grita con voz potente: Lázaro, sal afuera». Quiere que salga para mostrar a todos que está vivo. La escena es impactante. Lázaro tiene «los pies y las manos atados con vendas» y «la cara envuelta en un sudario». Lleva los signos y ataduras de la muerte. Sin embargo, «el muerto sale» por sí mismo. ¡Está vivo!

 

Esta es la fe de quienes creemos en Jesús: los que nosotros enterramos y abandonamos en la muerte viven. Dios no los ha abandonado. Apartemos la losa con fe. ¡Nuestros muertos están vivos!


P. José Antonio Pagola  

domingo, 15 de marzo de 2026

ES POSIBLE VOLVER A LA LUZ - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 15 DE MARZO DE 2026



Es posible volver a la «Luz»


«Laetare, Jerusalem...». Con estas palabras del profeta Isaías la Iglesia nos invita hoy a la alegría, en la mitad del itinerario penitencial de la Cuaresma. La alegría y la luz son el tema dominante de la liturgia de hoy. El evangelio narra la historia de «un hombre ciego de nacimiento» (Jn 9, 1). Al verlo, Jesús hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). Él fue, se lavó, y volvió con la vista» (Jn 9, 6-7).

 

El ciego de nacimiento representa al hombre marcado por el pecado, que desea conocer la verdad sobre sí mismo y sobre su destino, pero se ve impedido por una enfermedad congénita. Sólo Jesús puede curarlo: Él es «la luz del mundo» (Jn 9, 5). Al confiar en él, todo ser humano espiritualmente ciego de nacimiento tiene la posibilidad de «volver a la luz», es decir, de nacer a la vida sobrenatural.

 

Además de la curación del ciego, el evangelio da gran relieve a la incredulidad de los fariseos, que se niegan a reconocer el milagro, dado que Jesús lo ha realizado en sábado, violando, a su parecer, la ley de Moisés. Se manifiesta así una elocuente paradoja, que Cristo mismo resume con estas palabras: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos» (Jn 9, 39).

 

Para quien encuentra a Jesús, no hay términos medios: o reconoce que lo necesita a él y su luz, o elige prescindir de él. En este último caso, tanto a quien se considera justo ante Dios como a quien se considera ateo, la misma presunción les impide abrirse a la conversión auténtica.

 

Amadísimos hermanos y hermanas, nadie debe cerrar su corazón a Cristo. A quien lo acoge, Él le da la luz de la fe, una luz capaz de transformar los corazones y, por consiguiente, las mentalidades y las situaciones sociales, políticas y económicas dominadas por el pecado.

 

«Creo, Señor» (Jn 9, 38). Cada uno de nosotros, como el ciego de nacimiento, debe estar dispuesto a profesar humildemente su adhesión a Él.

(San Juan Pablo II, Ángelus 10 Marzo 2002) 

domingo, 15 de febrero de 2026

JESÚS ENSEÑABA CON AUTORIDAD-MEDITACIÓN DE HOY DOMINGO 15 DE FEBRERO DE 2026



Jesús enseñaba con autoridad


El domingo pasado nos decía Jesús que los que sus discípulos son luz para el mundo. Pero no una luz por cuenta propia, sino reflejo del mismo Jesús. Por lo tanto nos interesa saber cuál es el pensamiento de Jesús.

 

Hoy nos va a hablar de su relación con los mandamientos de Dios, o sea lo que decía la Ley y los profetas. Casi todo el sermón de la montaña es una contraposición con lo que pensaban los fariseos, o más bien los maestros de la ley. Éstos basaban la perfección en el cumplimiento externo de la Ley, expuesta principalmente en los cinco primeros libros de la Biblia.

 

Jesús da un total giro hacia el interior de las personas. Proclama que lo más importante es el amor. Claro que el amor se demuestra con el cumplimiento de los mandamientos; pero hay muchas tonalidades en dicho cumplimiento.

 

Hoy la primera gran idea que nos dice es que él no ha venido para abolir la ley, sino para darle plenitud. Esto lo decía sobre todo, porque, como insistía tanto en el amor y en el cumplimiento interior, a algunos les parecía que despreciaba las leyes externas, que para los judíos eran sagradas. Jesús nos dice que no se trata de despreciar las leyes antiguas, que sabemos cumplía, sino darlas vida, de modo que no nos contentemos con el cumplimiento externo sino que pongamos el corazón en ello.

 

Es necesario por tanto mirar al espíritu de la ley. Por eso proclama Jesús que quien quiera ser discípulo suyo debe ser mejor que los escribas y fariseos para poder entrar en el Reino de los cielos. Después va a reflexionar sobre algunos mandamientos, distinguiendo lo que se decía al menos popularmente y lo que él complementa: “Pero yo os digo”. Se necesita mucha autoridad para contradecir a los que se creían sabios y custodios de la Ley.

 

Comienza a explicar el mandamiento que dice: ”no matarás”. Los que comentaban la palabra de Dios, de forma externa y según suena, se quedaban en lo externo. Por lo tanto veían que estaba prohibido el homicidio. Pero Jesús explica que hay muchas formas de matar. Y especialmente matar con el corazón. Y lo que se produce en el corazón suele salir por la boca. Por lo tanto hay insultos que son grandes pecados porque son expresión de una muerte que uno ha decretado en su corazón.

 

De ahí que es pecado todo enfado, cuando encierra un desprecio o una enemistad. De tal manera que es más importante ponerse en amistad con esa persona que ofrecer o asistir a un acto de culto a Dios. Esto porque un verdadero acto de culto a Dios no es tal si se realiza envuelto en un odio al hermano. Jesús diría en varias ocasiones, recordando a los profetas: “Prefiero la misericordia al sacrificio”.

 

Otro mandamiento que trata Jesús es sobre el adulterio. En aquella sociedad muy machista se habla especialmente del pecado humano. Jesús nos dice que hay muchos adulterios internos, por un mal deseo en el corazón. Es una opción personal, interior; pero que en el corazón está maltratando la unión de dos seres que han querido dar su grandeza y alegría al dirigirse juntos hacia la gracia de Dios.

 

Otra tercera ley está en el cumplimiento de la palabra dada. Era un poco complicado lo que los maestros de la ley habían organizado sobre los juramentos, es decir el poner a alguien superior por testigo de la verdad proclamada. Nos dice Jesús que a un cristiano le basta decir “sí o no”. Es decir que su palabra debe tener validez, como su vida. El invocar a Dios para que me crean es signo de inmadurez.

 

Los mandamientos de Dios estaban redactados de forma negativa: se acentuaba lo que no se debía hacer. Pero Jesús nos viene a enseñar el aspecto positivo: Todo debe realizarse por medio del amor. Quienes se fijan en este aspecto positivo, poniendo mucho amor en cada ley de Dios no sólo cumplen el mandamiento de una manera demasiado justa, sino que van ascendiendo en la unión con el Señor.

P. Silverio Velasco 

domingo, 8 de febrero de 2026

LUZ DEL MUNDO-MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 8 DE FEBRERO DE 2026



Luz del mundo

El amor fraternal es el gran signo del cristiano, el único testimonio que aceptan los demás, la única invitación convincente para los de afuera.

Por: Padre Nicolás Schwizer 





“Vosotros sois la sal de la tierra”. “Vosotros sois la luz del mundo”. El Señor dirige estas palabras a todos los cristianos, a cada uno de nosotros.

Somos llamados a ser testigos de nuestro cristianismo en este mundo, ante todos los hombres. Y este testimonio debe realizarse no tanto en muchas palabras, sino sobre todo en nuestras acciones y obras. Porque el mundo moderno quiere que las palabras se traduzcan en hechos; los principios, en efectos; la fe y la caridad, en obras.

El mundo actual no se convertirá nunca a Dios, si no encuentra en nosotros, en nuestras vidas cristianas, un signo y testimonio de la presencia de Dios. Sabemos que después de su ascensión, Cristo no tiene ya más que una aparición posible, la nuestra. El único rostro que Él puede mostrar a nuestros contemporáneos, para llamarlos y convertirlos, es el nuestro, el de nuestras familias, el de nuestras comunidades y grupos.

Entonces, ¿cómo podemos ser luz del mundo? ¿Cómo podemos dar testimonio de Cristo en medio de los hombres?

El signo característico del cristiano auténtico es el amor, el amor a Dios y el amor a los hermanos. Seremos sal de la tierra, luz del mundo en la medida en que seamos testigos fieles del amor sin límites de Jesucristo, en nuestra propia vida.

Es la única prueba convincente de que Él sigue vivo: que nuestra comunidad cristiana, nuestras familias, cada uno de nosotros vivamos con tanto amor y entrega servicial, que los demás sientan ganas de unirse a nosotros. Que ellos sólo puedan explicarse nuestra entrega cristiana, admitiendo que Cristo se ha hecho vivo de nuevo en nosotros.

Y sabemos: El amor al prójimo es amor a Dios. Porque a partir de la encarnación de Cristo, el segundo mandamiento es semejante, es igual al primero. ¡No separemos pues el amor a Dios del amor a los hermanos!

San Juan Crisóstomo nos explica: “Quien acepta uno de los dos preceptos, observa también el otro. Ni un alma sin cuerpo, ni un cuerpo sin alma pueden constituir un hombre. Así, pues, no se puede hablar de amor a Dios, si no se tiene como compañero el amor al prójimo”.

Cuando, por eso, amamos a nuestros hermanos, estamos amando a Dios de un modo auténtico y directo. Y, además, la prueba de que amamos a Dios es que nos amamos los unos a los otros. Cristo ha revelado que tenemos las mismas relaciones con Dios que con cualquiera de nuestros hermanos. Estamos tan cerca de Dios, como de cualquiera de nuestros prójimos.

San Juan nos explica en su 1ª carta: “El que dice que ama a un Dios, a quien no ve, sin amar a su hermano, a quien ve, es un mentiroso”. El amor a Dios se presta a muchas ilusiones, a mucha imaginación. Pero el amor a nuestros hermanos es extraordinariamente realista.

Podemos saber en cualquier momento en que punto nos encontramos. Así nuestro amor a los demás es nuestra manera concreta de entrar en el amor a Dios. El prójimo es Cristo al alcance de nuestro amor. No amamos verdaderamente a Cristo, si no lo amamos en el hermano.

Ese amor fraternal es el gran signo del cristiano, el único testimonio que aceptan los demás, la única invitación convincente para los de afuera.

Queridos hermanos, tratemos de ahondar en nosotros ese amor a Dios en los hermanos, y nos haga descubrir y superar todos los obstáculos para que sea más pleno. Así nuestra vida será cada vez más sal de la tierra y luz del mundo.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Cómo es nuestra comunidad familiar?

2. ¿La cordialidad caracteriza a nuestras relaciones?

3. ¿Soy una luz de Cristo… encendida? 

domingo, 1 de febrero de 2026

LA VERDADERA FELICIDAD



 La verdadera felicidad


Hoy se nos expone uno de los grandes mensajes de Jesucristo, al comenzar el sermón de la montaña. En estas bienaventuranzas Jesús configura la manera de ser del cristiano. Y esto porque es una especie de retrato del mismo Jesús: de su vida y de su modo de ser. No son propiamente mandamientos en el sentido de normas concretas a seguir, sino actitudes más interiores que dan sentido a la manera de actuar. 

 

La primera característica es que Jesús nos habla de felicidad, una felicidad radical, que no consiste en tener algo pasajero, como ofrece la mentalidad mundana, que cree tener la felicidad cuando ha conseguido dinero, honores, que son cosas que se pasan y sobre todo que no pueden ser para todos. Porque aquí está lo malo de la felicidad que promete el mundo: que para que unos sean felices, otros muchos tienen que ser desgraciados: Si unos son felices siendo ricos, es porque muchos tienen que ser pobres. Esto sería la perversión de la felicidad: gozar a costa de otros. 

 

Jesús promete la felicidad para todo el que la quiera. No es fácil, porque va contra el sentido y parecer de la mayoría. Es como vivir al revés, valorar lo que normalmente no se valora: la fidelidad, la abnegación, la entrega, la servicialidad, el poner la confianza más en Dios que en otras cosas, valorar a las personas por lo que son, por ser seres humanos, y no por la categoría social o las posesiones o la belleza externa. 

 

Así como el primer mandamiento de la ley de Dios resume los demás, así también la primera bienaventuranza podemos decir que resume las otras. Ser “pobres de espíritu” se dice fácilmente, pero encierra toda una actitud esencial en la manera de ser. Es cierto que es posible ser rico, tener bastantes riquezas, y ser pobre de espíritu; pero ¡Qué difícil es!  

 

Lo dijo Jesucristo varias veces en el evangelio. Alguno dirá que si es muy difícil, mejor va a ser no intentarlo. Hoy se nos dice que para poseer el Reino de los cielos no hay que poner la confianza y la esperanza en los bienes materiales. No todos los pobres son “pobres de espíritu”: Hay muchísimos pobres que ponen su confianza en los bienes materiales, su ilusión es ser ricos. Con ello suelen seguir siendo pobres y además desgraciados. Jesús no declara bienaventuradas unas situaciones sociales, sino unas personas que han optado por esa situación con amor. 

 

A los que son pobres de espíritu Jesús no sólo les promete una felicidad eterna en la otra vida, que también es cierto, sino ya una felicidad actual, porque son amados por Dios. Pobre es el que no tiene suficiencia en sí mismo, tiene un sentimiento psicológico de inseguridad material; pero Cristo quiere aprovechar esta inseguridad para abrirla a la esperanza del que todo lo tiene, que es Dios. Dichosos, por lo tanto, son los que aprovechan su pobreza para abrirse a la esperanza, que no es lo mismo que conformismo. La esperanza en Dios está unida al servicio de los demás. 

 

Ser pobre de espíritu aquí está unido a ser misericordioso, trabajar por la paz, buscar la justicia, estar limpio de corazón, especialmente de odios y rencores. Una vida así molesta a muchos de los que buscan las injusticias, el poder y las riquezas, aunque pareciera lo contrario. Por eso vienen las incomprensiones y la persecución. Pero Jesús les dice que no es una desgracia, sino que en la persecución pueden ser felices. Y les promete que “serán saciados, serán consolados”.  

 

Las promesas de Jesús a sus discípulos es el pasar de una situación negativa a otra positiva, de la opresión a la liberación, del sufrimiento al consuelo, de la injusticia a la justicia. El Reino de Dios abre un horizonte de vida y de esperanza a la humanidad pobre y oprimida. 

 

Hay cristianos que se contentan con unas prácticas religiosas y luego en la vida se comportan como los demás. Son cristianos de apariencia. Las prácticas están bien, si nos ayudan a conseguir los verdaderos rasgos del ser cristianos, renunciando a las riquezas y la ambición, poniendo nuestro interés en la confianza total en Dios y en el servicio de amor hacia todas las personas. 

P. Silverio Velasco (España, 1932-2024)

domingo, 18 de enero de 2026

EL CORDERO DE DIOS - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 18 DE ENERO DE 2026



 El Cordero de Dios


Aunque la Navidad es un tiempo alegre, la Iglesia no permite que sea de “pura alegría”. Coloca la fiesta de san Esteban, el primer mártir, inmediatamente después del 25 de diciembre. Al hacerlo, la Iglesia sigue el rumbo de los evangelios. En los relatos de la infancia de Jesús, tanto san Mateo como san Lucas dejan entrever su muerte. San Mateo narra el martirio de los Santos Inocentes, asesinados mientras Herodes buscaba matar a Jesús. En san Lucas, el anciano Simeón se refiere a Jesús como un “signo de contradicción”. Es una descripción enigmática. Significa que Jesús será rechazado y odiado por los pecadores a quienes vino a salvar.

 

Esta yuxtaposición de alegría y dolor continúa también hoy. Concluimos el tiempo navideño hace ocho días con la celebración del Bautismo del Señor. Y ahora, en el primer domingo después, escuchamos una nota de tristeza. Juan el Bautista, señalando a Jesús, lo llama “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. A primera vista parece una imagen serena, pero en realidad tiene una implicación espantosa: el Cordero quitará el pecado cuando su sangre sea derramada como ofrenda de sacrificio.

 

El papa san Juan Pablo II nos ha ayudado a comprender la grandeza de las obras de Jesús. Escribió que Dios crea a la persona humana como un don de amor. En otras palabras, nuestras vidas son regalos de Dios, dados a nosotros por amor. Al hablar de “amor”, entendemos la disposición de buscar el bien del otro.  Como cada uno de nosotros es un don, nos realizamos plenamente como personas humanas cuando nos entregamos a los demás por amor. Jesús hace posible esta entrega mediante el sacrificio de su nacimiento, de su vida y de su muerte. Nació en Belén como un don de Dios; vivió enseñándonos los caminos del Reino de Dios; y finalmente entregó su vida en el Calvario por la salvación del mundo del pecado. En este proceso, Jesús no solo modeló lo que significa el sacrificio de uno mismo por los demás, sino que también venció al espíritu del mal que nos impide imitarlo.

 

Sin embargo, vivimos en un ambiente que en gran medida ha ignorado el amor de Cristo. Muchos hoy en día no conocen a Jesús. Viven no como dones para los demás, sino para la exaltación de sí mismos. Cada año, menos adultos desean comprometerse con otra persona en el matrimonio. ¿Por qué? Porque temen el sacrificio que implica. Los jóvenes evitan tener hijos por la misma razón. No comprenden que el verdadero gozo solo surge de este tipo de sacrificio. Tal vez encuentren placer en relaciones superficiales y en gastos excesivos centrados en sí mismos, y al final probablemente se preguntarán si la vida no ofrece algo más.

 

Acabamos de iniciar el Tiempo Ordinario. Este es el período en el que aprendemos cómo Jesús vivió su vida como un don. Sin embargo, el tiempo será interrumpido por la Cuaresma y la Pascua.  Entonces nos enteraremos el costo de imitarlo y por qué vale la pena pagarlo.

Fray Carmelo Mele OP 

domingo, 11 de enero de 2026

EL BAUTISMO DEL SEÑOR - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 11 DE ENERO DE 2026



 El Bautismo del Señor


Terminadas litúrgicamente las fiestas navideñas, donde hemos contemplado serenamente el nacimiento y la infancia de Jesús, hoy, guardando como María en nuestro corazón aquel misterio, para contemplarlo siempre que nos apetezca, damos un largo paso y nos trasladamos a la celebración del Bautismo de Jesús, con el que tuvo lugar la inauguración de su vida pública. Aquel acontecimiento se nos presenta en el Evangelio como la consagración al ministerio y la pública presentación de su mesianismo. En lenguaje vulgar vendría a ser como el espaldarazo del Padre a la misión de Jesús.

 

Con admirable visión profética, Isaías, en nombre de Dios y como eco de la palabra del Padre, había anunciado mucho antes aquella proclamación: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones”. Jesús nos ha sido dado. Es nuestro. Para nuestro bien, para nuestra salvación. Es en verdad lo mejor que Dios nos podía dar: Mi elegido, a quien prefiero.

 

Isaías prevé, del mismo modo, cómo habrá de ser su ministerio: recibirá el encargo de promover fielmente el derecho. Y lo hará con inmenso amor que resultará evidente en el respeto a las personas, en la comprensión por los que están a punto de hundirse, en su preferencia por los débiles y en la visión clara de su objetivo: Hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas (…) Para que abras los ojos de los ciegos, saques los cautivos de su prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.

 

Profecía que se cumple en la escena del Bautismo: Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: «Este es mi hijo, el amado, el predilecto».

 

El libro de los Hechos, después de la resurrección, constata que todo se ha cumplido: Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

 

¡Qué gran gozo para nosotros el saber que Jesús es de este modo, y que nos ha sido dado! Lejos de nosotros toda visión negativa de nuestra relación con él. Lejos de nosotros todo temor que no sea el de alejarnos de su influencia y compañía. Lejos de nosotros toda espiritualidad turbada y pesimista. Lejos de nosotros la congoja de sabernos una caña cascada o un pabilo vacilante, porque se nos ha dicho que él ni apagará el pabilo vacilante, ni quebrará la caña cascada.

 

Estos pensamientos -asimilados con afecto y confianza- pueden transformar nuestra espiritualidad y potenciar nuestro crecimiento, dentro de un clima positivo y gozoso en el Reino del Señor.

Mons. Enric Prat (Diócesis de Urgel, Tarragona, España) 

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