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martes, 18 de abril de 2017

UNA PENITENCIA QUE NINGÚN CATÓLICO DESEARÍA QUE UN SACERDOTE LE IMPONGA


Una penitencia que ningún católico desearía que un sacerdote le imponga
Un Santo nos enseña el poder de la penitencia en la confesión con esta sencilla anécdota


Por: Qriswell J. Quero | Fuente: PildorasDeFe.net 




Debemos de cuidar lo que sale de nuestra boca. Un Santo nos enseña el poder de la penitencia en la confesión con esta sencilla anécdota.
Como seres humanos imperfectos, en ocasiones nos vemos envueltos en situaciones de la vida que nos conducen a proceder de forma incorrecta en la vida, sea voluntaria o involuntariamente y caemos en el pecado.
Nos cuesta aceptar muchas veces nuestros errores y hasta vemos con mucha negativa el asumir las consecuencias de nuestras acciones.

¿Caíste? Si... Levántate e inténtalo de nuevo. Es la oportunidad que todos tenemos cuando asistimos al Sacramento de la reconciliación.

"Reza 3 Avemaría", "5 Padrenuestro", "un Rosario", es muchas veces lo que escuchamos decir al Sacerdote en estos tiempos cuando le toca imponer la penitencia que debemos cumplir para reparar nuestros actos.

Pienso que la oración NO debería considerarse una penitencia, la oración es un momento especial de diálogo con Dios, una expresión del amor puro entre Padre e hijo, no una penitencia; pero ese es otro tema de estudio que quizás podamos debatir en algún otro artículo.

¿Qué sucedería si el acto de reparación que te impone el Sacerdote va más allá de tu imaginación? Algo que jamás hayas pensado.


San Felipe Neri era un santo con gran sentido común. Trataba a sus penitentes de una manera muy práctica y era bastante didáctico con su manera de obrar.

Una señora tenía la costumbre de irse a confesar donde él y casi siempre tenía el mismo cuento que decir: el de calumniar a sus vecinos. Por ello, san Felipe, le dijo: 

"De penitencia vas a ir al mercado, compras un pollo y me lo traes a mí. Pero de regreso lo vas desplumando, arrojando las plumas en las calles conforme caminas"

La señora pensó que ésta era una penitencia un poco rara, pero deseando recibir la absolución, hizo conforme se le había indicado y por fin regresó donde san Felipe.

"Bueno, Padre, he completado mi penitencia", dijo la Señora, y le mostró el pollo desplumado. 

"Oh, de ningún modo la has completado", dijo el santo. "Ahora regresarás al mercado y en el camino recoges todas las plumas y las pones en una bolsa. Entonces regresas donde mí con la bolsa”.

"¡Pero eso es imposible!" –lloró la señora–, "¡esas plumas deben de estar ahora por toda la ciudad!"

"Es cierto" –replicó el santo–, "pero tienes aún menor oportunidad de recoger todos los chismes que has dicho sobre tus vecinos".

Debemos tener cuidado con lo que decimos de los demás, ya el mismo Papa Francisco lo ha dicho muchas veces:

"El chisme es el terrorismo de las palabras"

Amemos a nuestro prójimo y una de las formas de amarlo es no inventar calumnias.

lunes, 20 de febrero de 2017

LA VIRGEN MARÍA Y EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN


La Virgen María y el sacramento de la Confesión




La Virgen María ocupa un lugar muy particular para los creyentes en Cristo. Ella fue concebida inmaculada. Ella aceptó plenamente la voluntad de Dios en su vida. Ella, como Puerta del cielo, dio permiso a Dios para entrar en la historia humana. Ella estuvo al pie de la Cruz de su Hijo. Ella oraba con la primera comunidad cristiana en la espera del Espíritu Santo.

Por eso María está presente, de un modo discreto pero no por ello menos importante, en el sacramento de la Eucaristía. Las distintas plegarias la mencionan, pues no podemos participar en el misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo sin recordar a la Madre del Redentor.

¿Está también presente la Virgen en el sacramento de la confesión? En el ritual de la Penitencia no hay menciones específicas de María. Ni en los saludos, ni en la fórmula de absolución, ni en la despedida.

En algunos lugares, es cierto, se conserva la devoción popular de iniciar la confesión con el saludo “Ave María purísima. Sin pecado concebida”. Pero se trata de un saludo no recogido por el ritual, y que muchos ya no utilizan.

Sin embargo, aunque el rito no haga mención explícita de la Virgen, Ella está muy presente en este sacramento.

En la tradición de la Iglesia María recibe títulos y advocaciones concretas que la relacionan con el perdón de los pecados. Así, la recordamos como Refugio de los pecadores, como Madre de la divina gracia, como Madre de la misericordia, como Madre del Redentor y del Salvador, como Virgen clemente, como Salud de los enfermos.

A lo largo del camino cristiano, Ella nos acompaña y nos conduce, poco a poco, hacia Cristo. La invitación en las bodas de Caná, “haced lo que Él os diga” (cf. Jn 2,5) se convierte en un estímulo para romper con el pecado, para acudir al Salvador, para abrirnos a la gracia, para iniciar una vida nueva en el Hijo.

Por eso, en cada confesión la Virgen está muy presente. Tal vez no mencionamos su nombre, ni tenemos ninguna imagen suya en el confesionario. Pero si resulta posible escuchar las palabras de perdón y de misericordia que pronuncia el sacerdote en nombre de Cristo es porque María abrió su corazón, desde la fe, a la acción del Espíritu Santo, para acoger el milagro magnífico de la Encarnación del Hijo.

La Virgen, de este modo, acompaña a cada sacerdote que confiesa y a cada penitente que pide humildemente perdón. Su presencia nos permite entrar en el mundo de Dios, que hizo cosas grandes en Ella, que derrama su misericordia de generación en generación (cf. Lc 1,48-50), hasta llegar a nosotros también en el sacramento de la Penitencia.


©Fernando Pascual

lunes, 29 de agosto de 2016

CONFESARSE MEJOR


Confesarse mejor



Esta es una recopilación de frases pronunciadas por diversos sacerdotes de Estados Unidos, haciendo referencia al sacramento de la Reconciliación o Confesión.

• "Al hacer el examen de conciencia nos enfrentamos a nuestros pecados, pero cuando vamos a confesarnos nos enfrentamos al amor, la misericordia y el perdón de Dios". (Bryan Brooks – Tulsa, Oklahoma)

• "Después de decir cuándo fue tu última confesión, dile al sacerdote brevemente algo de ti mismo. ¿Eres soltero, tienes novio, te has vuelto a casar, eres religioso o religiosa? Conocer tu situación nos ayuda a aconsejarte". (Sean Donovan – Pawhuska, Oklahoma)

• "Los pecados son malas decisiones, no emociones desagradables; así que confiesa tus pecados, no tus estados emocionales". (Padre Gabriel Mosher OP – Portland, Oregón)

• "Los pecados cometidos son una ofensa a Dios, pero los pecados confesados son un cántico a Dios. Así que cuando confieses tus pecados a un sacerdote en el sacramento de la reconciliación, que sepas que también estás entonando un cántico a Dios por su gran misericordia". (Damian Ference – Wickliffe, Ohio)

• "La confesión frecuente es edificante para tu sacerdote y buena para tu alma. Los pecados, en particular los muy asentados o habituales, exigen paciencia y persistencia. Nunca te rindas, por muchas que sean las veces que has cometido el mismo pecado. La confesión es un sacramento de sanación, y al igual que con las heridas físicas, las heridas espirituales necesitan algún tiempo para curarse del todo". (Matthew Gossett – Steubenville, Ohio)

• "La confesión no va tanto de lo malo que eres tú como de lo bueno que es Dios". (Padre James Martin SJ - Nueva York)

• "El sacerdote es como un médico: cuando vas al médico, le dices lo que te duele con mayor o menor detalle para que sepa cómo curarte mejor. Y recuerda: él ha visto muchos pacientes con tus mismos síntomas. ¡Confía en él, escucha su consejo y pronto mejorarás!". (Anthony Gerber – Cottleville, Missouri)

• "Dios funciona mejor con una confesión sencilla y humilde de los pecados. Dios no necesita una novela. Ya la ha leído. A menudo, detrás de nuestra abundancia de palabras, se esconden el orgullo y la impenitencia. Hablar de forma simple y llana, nombrando nuestros pecados, es como desnudarnos para la Cruz, para la muerte de nuestros pecados y para la resurrección del perdón". (Joshua Whitfield -  Dallas, Texas)

• "Simplemente, ve a confesarte, no importa lo que sea. El amor de Dios es más fuerte que nuestros pecados". (Padre Jeffrey Mickler SSP – Youngstown, Ohio)

• "Para mucha gente, su mayor mejora en la confesión sería dejar de verla como un listado obligatorio y abstracto de pecados para verla como una renovación en nuestra relación con Dios". (Padre Matthew Schneider LC - Washington DC)

• "La confesión no es sólo borrar el pecado, es un encuentro con Cristo". (Padre Mark Menegatti)
*Fuente: Religión en Libertad

miércoles, 24 de agosto de 2016

CÓMO CONFESARSE TRAS CUARENTA AÑOS SIN HACERLOS? PADRE FORTEA NOS ORIENTA

¿Cómo confesarse tras cuarenta años sin hacerlo?
El P. Fortea nos presenta un ejemplo de como podría ser una confesión luego de muchos años sin hacerlo


Por: P. Antonio Fortea | Fuente: BlogDelPadreFortea.blogspot.com 



Alguien podría pensar que hacer una bien hecha, es decir, una confesión íntegra, y, por lo tanto, con la materia, número y especie de los pecados graves, requeriría de una hora por lo menos. No es así. Aquí pongo un ejemplo hipotético de una confesión tras decenas de años sin recibir las aguas purificadoras de ese sacramento.
  • Ave María Purísima.
  • Sin pecado concebida.
  • Padre, me confesé hace cuarenta años y me acuso de los siguientes pecados:
  • -He dudado de la fe algunas veces.
  • -Me he enfadado con Dios, en un par de ocasiones.
  • -Le he faltado el respeto a Dios alguna rara vez contando chistes acerca de Él.
  • -He dicho en estos años tres o cuatro blasfemias, pero sin pensar plenamente lo que decía.
  • -He faltado a misa dos terceras partes de los domingos.
  • -Cuando he ido misa, en los primeros cinco años, comulgué en pecado mortal.
  • -No he visitado a mis padres todo lo que he debido.
  • -Varias veces me he enfadado con mis padres al hablar, hablándoles con acritud o levantando la voz.
  • -He odiado a varias personas durante largas temporadas y les he deseado el mal.
  • -He tenido relaciones sexuales de forma regular con varias parejas durante todos estos años.
  • -En todos estos años, me he masturbado. Dado que he tenido pareja, la media habrá sido un par de veces al mes.
  • -He visto pornografía. Dos o tres veces al mes.
  • -He tenido pensamientos y deseos impuros al ver a las mujeres de forma habitual.
  • -En estos años, he practicado pequeños hurtos. Entre todos ellos unos 200 euros.
  • -He mentido, pero mentiras que no han hecho daño a nadie.
  • -He sembrado discordia entre compañeros de trabajo. Pero lo que he dicho era verdad.
  • -He consultado regularmente el horóscopo.
  • -Una vez fui a que me echara las cartas un tarotista.
  • -No he guardado, practicamente nunca, los ayunos y abstinencias de carne mandadas por la Iglesia.
  • -Me he emborrachado una media de una vez al año.
  • -He probado el cannabis unas cuatro veces.
Éste es un ejemplo de cómo podría ser una confesión bien hecha en la que se repasan los pecados de más de cuarenta años. Haciéndola así, no se tarda más allá de un par de minutos.

viernes, 19 de agosto de 2016

LA VERGÜENZA INVENCIBLE AL CONFESARSE

La vergüenza invencible al confesarse
El Padre Fortea ofrece una solución


Por: P. Antonio Fortea | Fuente: ACI Prensa 



El P. José Antonio Fortea, famoso teólogo español, propuso una práctica solución para quienes tienen una “vergüenza invencible”, que les impide recurrir normalmente al sacramento de la Reconciliación, y que “preferirían hacer una peregrinación de cien kilómetros antes que tener que confesar cara a cara determinadas acciones que les humillan de un modo terrible y espantoso”.
A continuación, el texto completo del artículo publicado por el P. José Antonio Fortea bajo el título de “La vergüenza invencible al confesarse”:
Hay personas que, al tener que confesar pecados muy vergonzantes, sienten como si hubiera un muro que les impide hacerlo. Preferirían hacer una peregrinación de cien kilómetros antes que tener que confesar cara a cara determinadas acciones que les humillan de un modo terrible y espantoso.
Los pastores deben ser paternales con este tipo de personas que llevan estas cargas sobre sus conciencias. De manera que en cada ciudad, al menos, debe haber un confesionario donde en vez de rejilla haya una plancha con agujeros que haga totalmente imposible ver a la persona que se confiesa.
No solo eso, sino que la persona debe poder arrodillarse en el confesionario sin ser visto al acercarse, y sin ser visto al alejarse. En la ciudad de Alcalá de Henares donde resido este confesionario existe en tres iglesias.


Y en una de esas iglesias, ese confesionario cuenta con siete confesores fijos que se turnan cada día de la semana desde las 22:00 a las 23:00. El vidrio de la puerta del sacerdote no es transparente, de forma que no ve quien entra o sale del confesionario.
Con esta medida, la inmensa mayoría de los fieles pueden resolver el problema de la vergüenza. Aun así, hay casos más raros en los que la vergüenza puede convertirse en una obstáculo invencible.
Para esos casos, verdaderamente muy raros, lo mejor es llamar por teléfono, de forma anónima, a un sacerdote de la ciudad y comentarle este problema. En muchos casos la conversación telefónica bastará para que el penitente cobre confianza y pueda acercarse a un confesionario del tipo antes citado.
Pero si la vergüenza de decir los pecados continuara siendo algo insuperable, en estos casos, el penitente y el sacerdote pueden quedar un día en el confesionario para entregarle los pecados escritos de un modo claro y breve.
En el confesionario de Alcalá que he mencionado, es posible que el penitente corra la portezuela de la pantalla un poco, unos milímetros, para deslizar una hoja.
La confesión escrita, preferiblemente, no debería exceder más allá de una hoja como máximo. Mejor si se da impresa, para poder leerla con más claridad.
El sacerdote dará los consejos, la penitencia y la absolución sin necesidad de cruzar ninguna pregunta al penitente. En este caso hacer preguntas sería contraproducente.
Esa confesión es perfectamente posible en casos de vergüenza invencible, puesto que a los sordos y a los mudos siempre se les ha permitido hacer la confesión por escrito. Y un caso como el descrito se asemeja en todo al caso de imposibilidad por cuestiones físicas. La imposibilidad psicológica puede ser tan real como la física.
La norma general es que la confesión debe hacerse de forma oral, es decir hablando. Pero, ante una situación de extraordinaria tensión por parte del penitente, se puede hacer lícitamente del modo que he dicho.
Habiendo llamado previamente por teléfono a un sacerdote, éste le dirá en qué confesionario resulta posible deslizar una cuartilla de papel por la rejilla y cuando pueden quedar para ello.
Lo que sí que no es posible es confesarse por teléfono. Uno puede confesarse incluso con intérprete, si no desea esperar a tener un sacerdote de su lengua. Pero por teléfono no es posible.
Artículo publicado originalmente en ACI Prensa

viernes, 29 de julio de 2016

ME CONFESÉ... Y AHORA QUE HAGO?

Me confesé... ¿y ahora que hago?
Luego de la confesión viene lo más difícil, la lucha contra ti mismo, la constancia de permanecer en el amor de Jesús


Por: Abraham Soto | Fuente: Católicos con Acción 



 “Tus pecados son perdonados. Vete y no peques más”
Dijo el sacerdote a José, un joven que decidió luego de muchos meses de guardar su pecado por temor a qué le diría el sacerdote al confesar las faltas que había cometido.
José salió del confesionario y fue con mucha devoción a la Capilla del Santísimo a cumplir su penitencia. 5 Padre Nuestro y 5 Ave María. Estaba muy arrepentido y le pedía a Dios que le ayudara a no volver a caer en el mismo pecado que lo había alejado de su gracia.
Finalmente José se dijo: Bueno, por fin me confesé… ¿Y ahora qué hago para no volver a pecar?
Así como José hay muchas personas que no se confiesan porque no tienen tiempo, porque les da igual, porque le tienen miedo al sacerdote, porque ya se acostumbraron, porque nunca encuentran al padre en la parroquia, porque les conviene vivir así aunque sepan que es pecado, en fin tantas razones y excusas.


El primer paso es reconocer el pecado y su daño y el segundo es tener la valentía de confesarlo con un sacerdote que se convierte en el mismo Jesús que te espera para darte su amor y perdonarte.
Luego de la confesión viene lo más difícil, la lucha contra ti mismo, la constancia de permanecer en el amor de Jesús al no cometer nuevamente el pecado. El enemigo es fuerte y te presenta las tentaciones en la casa, en la universidad, en el trabajo, en el parque, en el cine, en la propia Iglesia.
Si tu pecado es criticar: muérdete la lengua y piensa antes de hablar. Pregúntate si lo que estás diciendo es cierto y te consta. Si es así trata de contribuir en la solución del problema de la otra persona, ora y actúa. Aconséjalo, enséñale, acércate y dale una mano.
Si tu pecado son las drogas: recuerda la vez que compraste una manzana y te salió podrida por dentro. Por fuera se veía con buen color pero por dentro estaba podrida y dañada. Así se vuelve tu cuerpo cuando fumas o consumes drogas o bebidas alcohólicas. Aléjate de los lobos que se dicen llamar tus “amigos”. Un amigo no te exprime, ni busca dañarte, tampoco te conduce al pantano oscuro y deprimente que te lleva poco a poco a la muerte. Piensa en tu familia, en tu pareja, en tus hijos. ¿Cuánto sufrirán al verte en un hospital o en camino a la muerte?
Si tu pecado es el sexo: toma un trozo de cinta adhesiva y ponla una y otra vez en la palma de tu mano, verás que luego de muchos “pega y quita” pierde el pegamento y finalmente no sirve para nada. Haz la prueba y verás. Así nos pasa cuando tenemos sexo con una y otra persona, a veces sin conocerla; nuestro valor se pierde y luego seremos desechados. Te propongo la castidad como un medio de valentía y compromiso con Dios y con tu futura esposa o esposo, que si bien no lo conoces ahora, pero pronto estará agradecido porque le fuiste fiel sin conocerla/o. Es muy difícil, pero no imposible lograr. Caerás, pero te levantarás y hoy sí para no volver a caer jamás.
No olvides que tienes muchas armas para ser constante y perseverar hasta el final. Asiste a Misa, reza el Santo Rosario, la Coronilla a la Divina Misericordia y muy fundamental; confiésate a menudo para que eso te asegure la cercanía y paz con Dios.
Si tienes temor y no te animas a confesarte, pídele un poco de valentía a la Virgen María, ella te dará el valor y acompañará en el confesionario. Recuerda que el sacerdote inicia la confesión diciendo: “Ave María Purísima…”.
Y no lo olvides:
“Tus pecados son perdonados. -Vete y no peques más-“.

viernes, 8 de julio de 2016

QUÉ HAY QUE HACER CUANDO NOS OLVIDAMOS DE DECIR ALGUNOS PECADOS EN LA CONFESIÓN?

¿Qué hay que hacer cuando nos olvidamos de decir algunos pecados en la confesión?
Suele ocurrir que un penitente olvida, sin intención de ocultarlo, algún pecado grave. En estos casos, ¿qué corresponde hacer?


Por: P. Miguel A. Fuentes, IVE | Fuente: TeologoResponde.org 



Pregunta:

Estimado Padre: mi hija mayor acaba de recibir la primera comunión, a raíz de lo cual (por indicación del párroco) los papás de los niños fuimos a confesarnos para poder recibir la comunión junto con ellos. Yo había dejado de ir a misa, de confesarme, de comulgar desde que me casé (un periodo de diez años aproximadamente). El volver a los sacramentos me ha llenado de felicidad, pero he quedado con una espina pues a pesar de haber estado haciendo exámenes de conciencia desde que nos dijeron que íbamos a confesarnos, debido a la cantidad de tiempo pasado entre mi última confesión y ésta, y un poco por los nervios, me olvidé de decir algunos pecados graves (de hecho los recordé varios días después). ¿Cometí otro pecado mayor al comulgar con estos pecados? ¿Cómo arreglo este punto? Espero no haberle quitado mucho de su valioso tiempo y de antemano gracias por su atención.

Respuesta:

Estimado:
Ante todo, no ha cometido un pecado al comulgar puesto que usted lo hizo pensando haber hecho una buena confesión; y de hecho la suya fue una buena confesión, aunque incompleta. Su confesión fue buena porque el no confesar esos pecados no fue deliberado. Para la validez de una confesión, como nos enseña el magisterio de la Iglesia, es obligatorio confesar todos los pecados mortales todavía no perdonados directamente o aún no confesados, con número y especie ínfima (o sea con las circunstancias que cambian la especie – como si uno ha pecado contra la castidad siendo casado o con una mujer casada, debe decirlo porque no se trata de un simple acto de fornicación sino de un adulterio) [1]; en caso de haber hecho mal algunas confesiones pasadas debe también mencionar este pecado (y las comuniones que haya recibido estando en pecado) y también los pecados confesados en ellas, pues al ser inválidas no hubo absolución de los pecados confesados. Ahora bien, también se añade a esta regla que debe uno confesar todos los pecados… de los que tenga memoria después de un diligente examen de su conciencia. Santo Tomás menciona el sabio principio: “In confessione non exigitur ab homine plus quam possit», en la confesión no se exige del hombre más de lo que puede [2].
Suele ocurrir, en particular en confesiones después de muchos años, que un penitente olvida, sin intención de ocultarlo, algún pecado grave. En estos casos, ¿qué corresponde hacer? Dependerá del momento en que le venga a la memoria ese pecado:
(a) si el penitente está todavía en el confesonario, aunque el sacerdote ya le haya dado la absolución, debe acusarse en seguida del nuevo pecado que acaba de acudir a su memoria, y el confesor debe darle nuevamente la absolución (siempre hablamos de un pecado mortal);
(b) si ya se levantó del confesonario, puede hacer una de dos cosas: o volver al confesor, si puede hacerlo sin llamar la atención y decirle que olvidó un pecado; o bien, dejarlo para la siguiente confesión, pudiendo comulgar mientras tanto, ya que el pecado quedó indirectamente absuelto (por olvido inculpable); sólo queda la obligación remanente de hacer que sobre él recaiga de modo directo la absolución.
Este segundo es el caso que está aquí consultado. Por tanto, basta con decir en la próxima confesión lo ocurrido y confesar en esa oportunidad el o los pecados olvidados.

martes, 15 de marzo de 2016

LA CONFESIÓN COMO TERAPIA


LA CONFESIÓN COMO TERAPIA




Conocí a un personaje con un cargo importante. Un poco cegato de ojos y de mente. Se levantaba por las mañanas, entraba en la empresa y empezaba a dar cornadas – disposiciones y órdenes- a diestro y siniestro. De pronto, veía a uno con las tripas fuera: Juan, ¿qué te pasa?.

¿Que qué me pasa? Respondía Juan, que me acabas de dar una "corná".

¿Quéee, cómooo, yooo? El tal personaje no sabía lo que hacía, pero tenía una rara virtud: Ante Dios y ante los hombres sabía pedir perdón y reparar los desperfectos. Igualmente, los cristianos, el pueblo de Dios hace tiempo que tienen ojos y no ven, oidos y no oyen; y les cuesta mucho, muchísimo pedir perdón y reparar. Jesús sabía de que barro estamos hechos cuando suplicó: “ Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” 

Una de las funciones esenciales del sacerdote es perdonar ¡siempre! los pecados, y perdonarlos a través de la confesión. En el Catecismo de la Iglesia Católica se sigue recomendando vivamente el sacramento de la penitencia. Un verdadero milagro de amor. ¿Por qué nos confesamos tan poco hoy? Sin embargo, no suele oirse advertir a las muchedumbres que se acercan a comulgar sobre el grave pecado de hacerlo en pecado mortal. 

Hace poco, tras una reunión de niños con el Papa una niña le preguntó: ¿ Por qué hay que confesarse frecuentemente? El Papa le respondió: Y ¿por qué barre y limpia la casa tu mamá todos los días? Aunque tenga poco polvo y suciedad, la limpia, sin esperar a que la casa llegue a oler mal o esté tan desordenada que se convierta en una pocilga. Como el polvo, las pequeñas ofensas ensucian el alma y las relaciones con Dios, y poco a poco esta suciedad, si no la eliminamos, nos acarreará serios disgustos.

Muchos religiosos y laicos tienen la norma de confesarse todas las semanas, pero ¿de qué pecados? de los que nunca nos confesamos, del primero y principal de todos los mandamientos : De amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Así:

El buen hijo nunca miente, roba, maltrata u ofende de cualquier otra forma a su Padre, pero el Padre no se conforma con eso, quiere ser amado, que se le trate con cariño, que le obedezcamos, que nos acordemos de su cumpleaños o determinadas fechas importantes, le ayudemos o aliviemos en su trabajo, tengamos un detalle de vez en cuando, mantengamos conversaciones con él… Además, Cristo dijo: “El que me ama es el que cumple mis mandamientos” 

Hay otras muchas cosas de las que tampoco se nos ocurre confesarnos ni pedir perdón:
a) De no hacer nuestros trabajos con la mayor perfección posible, de las chapuzas…...
b) De conducir peligrosamente o con dos copas de más, siendo un grave peligro para los demás prójimos además de para sí mismo).
c) De perder nuestro tiempo y hacérselo perder a los demás, una forma de robo como otra cualquiera.
d) De no hacer la vida amable a los que nos rodean gruñendo, criticando, murmurando siempre, sin decir una palabra de estímulo o amable a nadie; cosas que no matan pero hacen la vida triste.
e) De no agradecer nunca la comida con una palabra cariñosa a quien nos la ha preparado. 
f) De no ayudar en las tareas de la casa , de maltratar a los inferiores, de no apagar la TV ante un programa peligroso para el alma, de no ayudar a los necesitados (a veces cercanos a nosotros); ni dar un euro para los afectados por terremotos, incendios, inundaciones…… 
g) Pedir perdón en cuanto “metemos la patita” que es una forma inteligente de terminar rápidamente con discusiones y malentendidos. 

Muy duro es pedir perdón a los hombres y muy grave para los cristianos no hacerlo ante Dios. Y sin pedir perdón y perdonar, no hay, ni habrá nunca paz. Especialmente, hemos olvidado los pecados de omisión: “Todo lo bueno que pudimos hacer y no hicimos”. Los gobernantes, no sólo los políticos, nos dicen siempre lo que han hecho bien, los gobernados o la oposición lo que hicieron mal; pero ninguno nos dice nunca lo que tenían que haber hecho y no hicieron. En la mayoría de estos casos, los temas más importantes. 

Por otra parte, en estos días en que tantas personas andan agobiadas por depresiones, y/o ansiosas de paz y equilibrio espiritual, pocas terapias encontrarán tan gratificantes como una confesión bien hecha. Solo tiene un defecto: ¡ES GRATIS!

Extracto de un artículo de Alejo Fernández Pérez    

jueves, 10 de marzo de 2016

CAMINOS DE PENITENCIA


Caminos de penitencia
¿Quieren que les recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo.

Por: San Juan Crisóstomo 



Quieren que les recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo.


El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el profeta: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios.

Éste es un primer y magnífico camino de penitencia; hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas Porque si ustedes perdonan al prójimo sus faltas -dice el Señor-, también su Padre celestial perdonará las de ustedes.
¿Quieres conocer un tercer camino de penitencia? Lo tienes en la oración ferviente y continuada, que brota de lo íntimo del corazón.

Si deseas que te hable aún de un cuarto camino, te diré que lo tienes en la limosna: ella posee un grande y extraordinario poder.

También, si eres humilde y obras con modestia, en este proceder encontrarás, no menos que en cuanto hemos dicho hasta aquí, un modo de destruir el pecado: De ello tienes un ejemplo en aquel publicano, que, si bien no pudo recordar ante Dios su buena conducta, en lugar de buenas obras presentó su humildad y se vio descargado del gran peso de sus muchos pecados.

Te he recordado, pues, cinco caminos de penitencia: primero, la acusación de los pecados; segundo, el perdonar las ofensas de nuestro prójimo; tercero, la oración; cuarto, la limosna; y quinto, la humildad.

No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil, y no te puedes excusar alegando tu pobreza, pues, aunque vivieres en gran penuria, podrías renunciar a tu ira y mostrarte humilde, podrías orar de manera constante y confesar tus pecados; la pobreza no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes -hablo de la limosna- pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas.

Ya que has aprendido con estas palabras a sanar tus heridas, decídete a usar de estas medicinas, y así, recuperada ya tu salud, podrás acercarte confiado a la mesa santa y salir con gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo.

viernes, 4 de marzo de 2016

CONFESIÓN Y NUEVA EVANGELIZACIÓN


Confesión y nueva evangelización
En síntesis, la confesión es un elemento nuclear en la nueva evangelización


Por: Ramiro Pellitero | Fuente: Iglesia y Nueva Evangelización 




Jesús viene a anunciar el Reino de Dios, y quien lo acepta, alcanza la salvación. Pero atención, porque ese anuncio no son solamente palabras. Incluye toda la acción de Cristo, toda su vida, lo que hace y lo que dice desde que se muestra al mundo (su vida en Belén y en Nazaret, su predicación, milagros, pasión, muerte y resurrección), sus “gestos y palabras”, en expresión del Concilio Vaticano II (DV, 2).


La salvación consiste en participar de la Vida de Jesús 

      Y es que la salvación consiste no solamente en aceptar lo que Cristo “dice”, sino en aceptarle a Él, unirse con Él y participar de su propia Vida. Orígenes decía que el Reino de Dios es Cristo en persona. El Reino de Dios se hace presente donde se acepta la encarnación del Hijo de Dios y la vida humana se abre, por medio de él, a la vida divina.

      No otra cosa sucede en la evangelización, esto es, lo que Cristo encargó realizar a la Iglesia. En esa tarea se cumple también la relación entre las “palabras” y los “gestos”; entre el “anuncio” de la Palabra de Dios (que se hace explicando la fe mediante “palabras”) y los sacramentos, que son signos e instrumentos de salvación (“gestos” eficaces que nos otorgan la gracia, la amistad con Dios).

      Pues bien, ante la descristianización actual, en las últimas décadas algunos han insistido en dar la prioridad al “anuncio” de la fe o de la Palabra, relegando o descuidando los sacramentos. Ante el desafío de la nueva evangelización, hay quien subraya de tal modo el anuncio que olvida, al menos en la práctica, que los sacramentos son esenciales para el anuncio del Evangelio.


Necesidad de los sacramentos junto con el anuncio de la fe 

     Veámoslo en concreto. Un cristiano, sea quien sea, debe anunciar el Evangelio. Si es un ministro sagrado ese anuncio podrá tener la forma oficial de la predicación litúrgica. Si es un “cristiano corriente”, un fiel bautizado, tomará ocasión de su vida familiar, o de su trabajo y relaciones sociales, para anunciar a Cristo, sirviendo de instrumento a la salvación de Dios. En cualquier caso, para que el anuncio sea plenamente efectivo, esto es, que el anuncio lleve a la salvación, son necesarios los sacramentos que transmiten la gracia redentora. Al celebrar cada sacramento se presupone y se vuelve a actualizar la fe anunciada y acogida, tanto la fe del que lo administra como la fe del que lo recibe.

     En esta línea se ha situado Benedicto XVI, al subrayar la importancia del sacramento de la Confesión en la nueva evangelización. El motivo es que “la celebración del sacramento de la Reconciliación es ella misma anuncio y por eso camino que hay que recorrer para la obra de la nueva evangelización” (Discurso a los participantes en el curso de la Penitenciaría apostólica sobre el fuero interno, 9-III-2012).


La Confesión, camino para la nueva evangelización 

     Se pregunta el Papa en qué sentido concreto la Confesión sacramental es “camino” para la nueva evangelización. Responde: ante todo porque la nueva evangelización saca su vida y su fuerza de la santidad de los cristianos (que es al mismo tiempo la finalidad de la evangelización). Y la santidad necesita de la conversión, del encuentro con Cristo que acontece en este sacramento. Por eso el cristiano debe obtener, de la confesión, “una verdadera fuerza evangelizadora”. Y al mismo tiempo, sólo el que se deja renovar por la gracia de Dios en la confesión, encontrándose con el rostro de Cristo, puede anunciar el corazón misericordioso de Dios.

     Esto, observa Benedicto XVI, es especialmente importante en la situación actual de “emergencia educativa”, en medio de un relativismo que pone en duda la posibilidad de alcanzar la verdad y de que el hombre de hoy pueda abrirse al encuentro con Jesucristo: “El sacramento de la Reconciliación, que parte de una mirada a la condición existencial propia y concreta, ayuda de modo singular a esa ‘apertura del corazón’ que permite dirigir la mirada a Dios para que entre en la vida”. Añade que de este modo el encuentro con Cristo es capaz de transformar la vida y abrir un nuevo horizonte.


Para ser testigos de la misericordia de Dios

     Por tanto, no es que este sacramento sea una cosa más, un elemento secundario en la nueva evangelización. Al contrario: “La nueva evangelización parte también del confesionario. O sea, parte del misterioso encuentro entre el inagotable interrogante del hombre, signo en él del Misterio creador, y la misericordia de Dios, única respuesta adecuada a la necesidad humana de infinito”. A partir de ese encuentro es como los cristianos, al experimentar la misericordia que Jesús nos alcanza, “entonces se convertirán en testigos creíbles de esa santidad, que es la finalidad de la nueva evangelización”.

     Esta necesidad de experimentar el encuentro personal con Dios para participar en la nueva evangelización, vale también, señala el Papa, para los ministros de la Confesión, que deben confesarse con frecuencia, ellos mismos los primeros.

     Y concluye: “De esta forma cada confesión, de la que cada cristiano saldrá renovado, representará un paso adelante de la nueva evangelización”.

     En síntesis, la confesión es un elemento nuclear en la nueva evangelización, porque nadie da lo que no tiene. Si evangelizar es, por definición, anunciar la Buena Noticia (=Evangelio) de que cabe una vida nueva y plena, esto sólo puede hacerse si yo mismo he sido testigo personalmente de que esa vida ha comenzado en mí. Sin esto, hasta el anuncio de la fe podría diluirse en meras palabras.

sábado, 28 de noviembre de 2015

EXAMEN DE CONCIENCIA: UN MEDIO PARA EL PROGRESO ESPIRITUAL



Examen de conciencia: Un medio para el progreso espiritual
Examen de conciencia: Un medio para el progreso espiritual


Es bueno, de vez en cuando, detenerse y repasar la propia vida delante de Dios. Este texto puede ser una ayuda para hacerlo, utilizándolo todo o una parte. Y también puede ser útil para el examen de conciencia en el sacramento de la Reconciliación.


Fuente: http://webcatolicodejavier.org / http://www.archimadrid.es 







¿Qué es el examen de conciencia?

Uno de los mejores instrumentos que tenemos para progresar en la vida espiritual es el examen de conciencia. Se trata de un medio que se suele deformar, convirtiéndolo con frecuencia en una especie de examen moral y jurídico, que nos puede llevar fácilmente al desánimo en vez de impulsarnos al progreso espiritual; por lo cual lo abandonamos con facilidad.

Dicho esto, hemos de afirmar que el examen es algo muy distinto: es una forma de orar, de entrar en contacto con Dios. La única manera de hacer un examen de conciencia verdadero es que sea un verdadero momento de oración. Así voy aprendiendo de Dios a recibir el conocimiento que él quiere darme de mí mismo. Aprendo a encontrar en él a Jesucristo dentro de lo más hondo de mi ser, en ese «dentro» de donde sale todo lo que mancha al hombre (cf. Mc 7,21).

Es el momento en el que la persona, tras haber estado atareada todo el día, vuelve en sí y se pone la mano en el corazón. Haya obrado el bien o el mal, considera ambas cosas exclusivamente en relación a Dios. Se trata de decirle a Dios: «Te ofrezco el mal que haya hecho, Señor, a fin de que sea para ti ocasión de manifestar tu amor y tu poder. Y te ofrezco también el bien que haya podido hacer, porque reconozco en él tu obra». Todo cuanto descubro en mí de odio, de amargura, de pereza, de sensualidad... lo reconozco y lo asumo, pero no para desanimarme (porque sé perfectamente que no conseguiré liberarme de ello por mí mismo), sino para exponerlo a la acción de la gracia de Dios.

El verdadero examen de conciencia nos ayuda a mantener en nuestra vida cotidiana la visión fundamental de la fe que nos descubre la verdad profunda de quién es Dios, quién soy yo y cuál es mi relación con Dios.

Como modo de orar deberíamos comenzar el examen reconociendo y agradeciendo la obra de Dios; porque sólo así podré descubrir mis errores o mis defectos. Y este descubrimiento se convertirá en una ocasión de contar con la misericordia de Jesucristo, que es la salvación de Dios para mis pecados y para los del mundo entero, como nos dice san Juan: «Si alguno peca, tenemos un abogado, Jesucristo el Justo. El ha muerto por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino por los del mundo entero» (1Jn 2,1-2).

Así, el examen de conciencia nos ayuda a mantener el esfuerzo espiritual impidiéndonos caer en la mediocridad o en la monotonía; teniendo en cuenta que en la vida espiritual el que no avanza retrocede. Sería un error concebir ese esfuerzo como la autocomplacencia o el repliegue en uno mismo. El verdadero esfuerzo espiritual consiste en salir de sí para apegarse a Dios. El esfuerzo consistirá en aceptar las necesarias purificaciones que la vida y sus dificultades imponen a nuestro corazón aún vacilante e indeciso. No tratemos entonces de eludir las dificultades, porque a través de ellas vamos llegando progresivamente a amar a Dios y al otro por sí mismos. El examen de conciencia nos ayuda precisamente a reconocer esas dificultades interiores y exteriores y a ponerlas en relación con Dios.

Junto a Cristo y con la luz de su amor puedo mirar mi vida para reconocer todo lo bueno que ha depositado en mí y todo aquello que desdice el amor y del plan de Dios, para que él lo tome sobre sí y me transforme. Por eso el examen de conciencia tiene que hacerse en clima de paz y debe llevar a la alegría del encuentro entre amigos.

Sólo es obligado confesar los pecados graves, o «mortales», que son los que tienen como objeto una materia grave y se cometen con pleno conocimiento y consentimiento deliberado. Sin embargo, para una más profunda y progresiva conversión, será bueno examinar, arrepentirse y confesar también los pecados veniales.

Las siguientes pistas pueden ayudar a realizar mejor el examen. No es necesario repasarlas siempre todas. Poco a poco iremos descubriendo aquellos aspectos más significativos en los que nos vemos reflejados habitualmente.

1. Respecto a Dios y a la vida de fe.

- ¿Tengo presente a Dios en mi vida? ¿Quiero que todo lo que soy y hago se dirija a Dios? ¿Pongo en él la confianza fundamental de mi vida, o la pongo en otras cosas?
- ¿Tengo momentos de oración, de diálogo confiado con Dios?
- ¿Participo en la oración de la Iglesia especialmente en la Eucaristía de los domingos?
- ¿Mi vida es un verdadero testimonio del Evangelio, de modo que los demás, al verme, se sientan atraídos a la fe? ¿Me he mostrado cristiano en mi vida privada y pública?
- ¿Me preocupo por mi formación cristiana, escuchando y leyendo la Palabra de Dios, y participando en las catequesis y otros encuentros de reflexión?
- ¿Sostengo económicamente las. necesidades de la Iglesia?

2. En la relación con los demás

- ¿Tengo claro que ser cristiano implica no desentenderse de los demás? ¿Tengo verdadero amor a los demás, o me sirvo de ellos para mis intereses? ¿0 quizá hago a los demás lo que no quisiera que me hicieran a mí?
- ¿Sé escuchar a los demás, descubrir la parte de verdad que tienen? ¿Sé dialogar, comprender, aceptar las opiniones y pareceres de los demás? ¿Hago todo lo que puedo para superar las disensiones y situaciones de tirantez?
- ¿He violado la vida, la integridad física, o los bienes de los demás? ¿Les he producido algún daño? ¿He tenido odio a alguien?
- Si conduzco un coche u otro vehículo, ¿lo hago como es debido? Si me he encontrado con algún accidente, ¿he prestado mi ayuda cuando era necesario?
- ¿He robado o he deseado injusta y desordenadamente los bienes de los demás o les he producido perjuicios? Si ha sido así, ¿he procurado restituir y reparar los daños que he causado?
- ¿He engañado o estafado en los negocios?
- Si he sido injuriado, he procurado la paz y he estado dispuesto a perdonar, o bien conservo odio y deseo de venganza?
- ¿He respetado al marido o la mujer de los demás? ¿Soy consciente de que el sexo no es un simple instrumento de placer, sino que está destinado al amor?
- ¿He mantenido la verdad y la fidelidad, o bien he dañado a los demás con falsedades, calumnias, juicios temerarios o la violación de algún secreto? ¿Me gusta murmurar y criticar? ¿He propagado rumores que creaban mal ambiente y desánimo? ¿He difundido insinuaciones maliciosas, medias palabras o juicios que contribuyan a dar mala fama y a dañar a otros? Cuando alguien ha sido acusado o criticado injustamente, ¿me he desentendido del tema en lugar de defenderlo y testificar a su favor?
- ¿He sentido envidia de las cualidades de los demás? ¿He intentado desacreditar a alguien por envidia?
- ¿Respeto los derechos de los demás en las cosas pequeñas de cada día, por ejemplo en las colas de las tiendas o los autobuses, no queriendo pasar cuando no me toca? ¿Procuro no molestar a los demás poniendo por ejemplo la televisión o la radio demasiado alta, o no siendo puntual y haciendo esperar, o hablando o haciendo ruido en los lugares en los que hay que estar en silencio?
- ¿Procuro hacer la vida más fácil y agradable a los demás?
- ¿Soy amable?

3. En la vida de familia

- En la relación entre los esposos: ¿Me esfuerzo para que crezca el amor entre los dos? ¿hay cariño, diálogo entre ambos, y responsabilidad compartida, o bien me preocupo sólo de mis cosas y me creo en el derecho de imponer siempre mis criterios? ¿mantengo firmemente la fidelidad matrimonial? En la relación sexual, ¿me preocupo de bienestar del otro, o pienso sólo en mí?
- En la relación de los padres para con los hijos: ¿Les dedico tiempo? ¿les doy un buen testimonio de vida humana y cristiana? ¿soy dialogante? ¿procuro enseñarles a escoger con libertad y- responsabilidad su camino? ¿Les enseño a compartir lo que tienen, tanto con los demás miembros de la familia, como con los compañeros, como con los pobres?

- En la relación de los hijos para con los padres: ¿Me preocupo de los problemas de la familia, o me desentiendo de ellos? ¿busco el diálogo con mis padres, o más bien paso de ellos, o estoy permanentemente agresivo? ¿quiero a mis padres?
- A los ancianos de la familia, ¿les doy cariño y atención?
- En la relación entre todos los miembros de la familia, ¿colaboro para que el clima familiar sea lo más positivo posible, de modo que todos podamos encontrarnos bien en casa?
- En mi familia, ¿vivimos sólo preocupados por los intereses familiares (los mejores colegios para los hijos, un buen coche, etc.), o bien somos conscientes de que debemos dedicar parte de lo que tenemos a ayudar a los que tienen menos, y que para ello hay que rebajar el propio nivel de vida?

4. En el uso del dinero

- ¿Vivo pendiente del dinero? ¿Pienso constantemente en cómo tener más dinero? ¿Pienso que hay que espabilarse para tener más dinero, y dejarse de escrúpulos y preocupaciones morales?
- ¿Tengo claro que la propiedad y el dinero no tienen un valor absoluto, que no son sólo míos, sino que implican unos deberes sociales?
- ¿Comparto mis bienes con los que tienen menos que yo? ¿Qué parte de mi dinero dedico a la solidaridad con los necesitados, de aquí y de los países pobres? Si tengo familiares o amigos que están en mala situación económica, ¿cómo les ayudo?

5. En las relaciones laborales

- Si soy empresario o tengo cargos directivos, ¿me preocupo de que los salarios de los trabajadores sean dignos? ¿hago lo que puedo para que los efectos de las crisis económicas no recaigan sobre los que tienen menos? ¿hago mi trabajo lo mejor que puedo?
- Si soy trabajador, ¿cumplo con mi trabajo con eficacia y dedicación? ¿soy solidario con los demás trabajadores, especialmente con los que están en peor situación que yo, o me desentiendo de los problemas colectivos? ¿procuro actuar con inteligencia y honestidad en las reivindicaciones y los conflictos?

6. En la vida social

- ¿Me preocupo por el bien y la prosperidad de la comunidad de la que formo parte, o bien llevo una vida centrada en mí mismo? ¿Pienso que el progreso en la justicia, en la igualdad, en la superación de las diferencias económicas y sociales, forma parte del mensaje cristiano?
- ¿Me indigno ante las injusticias, o me dejan indiferente? ¿Defiendo a los oprimidos? ¿Ayudo a los que lo pasan mal? ¿Colaboro para una convivencia mejor para todos? ¿O bien me desentiendo (o incluso desprecio) a los débiles, los inmigrantes, los enfermos, los ancianos?
- ¿Participo según mis posibilidades en la promoción de una vida más digna para todos? ¿Conozco las distintas iniciativas en este sentido, como por ejemplo la acción de Cáritas, de los grupos de ayuda fraterna, de los grupos al servicio del Tercer Mundo, de las entidades políticas y sociales?
- ¿Participo en las actividades ciudadanas que ayudan a una mejor convivencia?
- ¿Pago mis impuestos? ¿Cumplo con deberes cívicos?
- ¿Procuro que se conserven y que no se estropeen los bienes que son de uso público?
- ¿Me preocupo por la protección de la naturaleza y del medio ambiente? Cuando salgo a lugares de mar o de montaña, ¿procuro que quede limpio allí donde he estado, y evito crear peligros de incendio o degradación?


7. Respecto a las actitudes personales

- ¿Me amo a mí mismo como Dios me ama? ¿Me acepto, con mis limitaciones y debilidades, como Dios me acepta?
- ¿Me esfuerzo por corregir mis malas inclinaciones, como son el abuso en comer y beber?
- ¿Llevo una vida sexual desordenada?
- ¿Dejo por pereza de realizar lo que debería?
- ¿Reacciono a menudo con ira? ¿Soy amigo de provocar conflictos y riñas? ¿Soy protestón? ¿Lo encuentro siempre todo mal?
- ¿Afronto con entereza las dificultades de la vida?
- ¿Hago rendir las posibilidades que tengo y que Dios me ha dado?
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