domingo, 28 de mayo de 2017

CÓMO SER SANTOS?

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¿Cómo ser santos?
Fragmentos de verdad católica

Todo ser humano está llamado a la santidad, que “es plenitud de la vida cristiana y perfección de la caridad, y se realiza en la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad.


Por: Mons. Rafaello Martinelli | Fuente: Catholic.net 




¿Qué significa ser santos? 
Significa estar unidos, en Cristo, a Dios, perfecto y santo. 
“Sean por tanto perfectos como es perfecto su Padre celestial” (Mt 5, 48), nos ordena Jesucristo, Hijo de Dios. “Sí, lo que Dios quiere es su santificación.” (1 Ts 4, 3). 

¿Por qué Dios quiere nuestra santidad? 
Porque Dios nos ha creado “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26), y de ahí que Él mismo nos diga: “Sed santos, porque yo soy santo” (Lv11, 44). 
La santidad de Dios es el principio, la fuente de toda santidad. 
Y, aún más, en el Bautismo, Él nos hace partícipes de su naturaleza divina, adoptándonos como hijos suyos. Y por tanto quiere que sus hijos sean santos como Él es santo. 

 ¿Estamos todos llamados a la santidad? 
Todo ser humano está llamado a la santidad, que “es plenitud de la vida cristiana y perfección de la caridad, y se realiza en la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad. El camino de santificación del cristiano, que pasa por la cruz, tendrá su cumplimiento en la resurrección final de los justos, cuando Dios sea todo en todos” (Compendio, n. 428). 

 ¿Cómo es posible llegar a ser santos? 
- El cristiano ya es santo, en virtud del Bautismo: la santidad está inseparablemente ligada a la dignidad bautismal de cada cristiano. En el agua del Bautismo de hecho hemos sido “lavados [...], santificados [...], justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6, 11); hemos sido hechos verdaderamente hijos de Dios y copartícipes de la naturaleza divina, y por eso realmente santos. 

- Y porque somos santos sacramentalmente (ontológicamente - en el plano de nuestro ser cristianos), es necesario que lleguemos a ser santos también moralmente, es decir en nuestro pensar, hablar y actuar de cada día, en cada momento de nuestra vida. Nos invita el Apóstol Pablo a vivir “como conviene a los santos” (Ef 5, 3), a revestirnos “como conviene a los elegidos de Dios, santos y predilectos, de sentimientos de misericordia, de bondad, de humildad, de dulzura y de paciencia” (Col 3, 12). 
Debemos con la ayuda de Dios, mantener, manifestar y perfeccionar con nuestra vida la santidad que hemos recibido en el Bautismo: Llega a ser lo que eres, he aquí el compromiso de cada uno. 

- Este compromiso se puede realizar, imitando a Jesucristo: camino, verdad y vida; modelo, autor y perfeccionador de toda santidad. Él es el camino de la santidad. Estamos por tanto llamados a seguir su ejemplo y a ser conformes a Su imagen, en todo obedientes, como Él, a la voluntad del Padre; a tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual “se despojó de su rango, tomando la condición de siervo (…) haciéndose obediente hasta la muerte” (Fil 2, 7-8), y por nosotros “de rico que era se hizo pobre” (2 Cor 8, 9). 

- La imitación de Cristo, y por lo tanto el llegar a ser santos, se hace posible por la presencia en nosotros del Espíritu Santo, quien es el alma de la multiforme santidad de la Iglesia y de cada cristiano. Es de hecho el Espíritu Santo quien nos mueve interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas (cfr. Mc 12, 30), y a amarnos los unos a los otros como Cristo nos ha amado (cfr. Jn 13, 34). 


 ¿Cuáles son los medios para nuestra santificación? 
El primer medio y el más necesario es el Amor, que Dios ha infundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado (cfr. Rm 5, 5) y con el cual amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimos por amor de Él. Pero para que el amor, “como una buena semilla y fructifique, debe cada uno de los fieles oír de buena gana la Palabra de Dios y cumplir con las obras de su voluntad, con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en otras funciones sagradas, y aplicarse de una manera constante a la oración, a la abnegación de sí mismo, a un fraterno y solícito servicio de los demás y al ejercicio de todas las virtudes. Porque la caridad, como vínculo de la perfección y plenitud de la ley (cf. Col 3,14), gobierna todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin” (Lumen Gentium, 42). 
Cada fiel es ayudado en su camino de santidad por la gracia sacramental, donada por Cristo y propia de cada Sacramento. 

 ¿Existen diversas maneras y formas de santidad? 
Ciertamente. Cada uno puede y debe llegar a ser santo según los propios dones y oficios, en las condiciones, en los deberes o circunstancias que son los de su propia vida. 

Las vías de la santidad son por tanto múltiples, y adaptadas a la vocación de cada uno. Muchos cristianos, y entre ellos muchos laicos, se han santificado en las condiciones más ordinarias de la vida. 


 ¿Por qué la Iglesia es santa? 
- La Iglesia es santa porque: 

· Dios santísimo es su autor; 
· en ella está presente Cristo, cabeza de la Iglesia, el cual se ha entregado a sí mismo por Ella, para santificarla y hacerla santificante; 

· está animada por el Espíritu Santo, que la vivifica con la Caridad y la enriquece con sus carismas; 

· en Ella es custodiada fielmente la Palabra de Dios; 

· se encuentra en Ella la plenitud de los medios de la salvación: Ella es instrumento de santificación de los hombres mediante el anuncio de la Palabra de Dios, la celebración de los Sacramentos, el ejercicio de la Caridad en la búsqueda constante del rostro de Cristo en cada hermano. La Iglesia es la casa de la santidad y la caridad de Cristo, infundida por el Espíritu Santo, es su alma;

· la santidad es la vocación de cada uno de sus miembros, la fuente secreta, la medida infalible y el fin de toda su actividad apostólica y de su impulso misionero; 

· la santidad de la Iglesia es la fuente de la santificación de sus hijos. Por esto justamente la Iglesia es llamada la madre de los santos, Aquella que genera santidad con fecunda y magnánima sobreabundancia; 

· Ella cuenta en su interior a la Virgen María: en Ella la Iglesia es ya toda santa. La Iglesia ha alcanzado ya en la santísima Virgen María la perfección que la hace sin mancha y sin arruga; 

· en la Iglesia, a lo largo de todos los siglos de su historia, ha florecido en manera increíblemente extraordinaria la santidad cristiana, sea heroica sea ordinaria, y así hemos tenido innumerables Santos; 

· ha suscitado, a través de toda su historia, infinitas obras de caridad. 

- “La santidad de la Iglesia se fomenta también de una manera especial en los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus discípulos, entre los que descuella el precioso don de la gracia divina que el Padre da a algunos (cf. Mt 19,11; 1 Cor 7,7) de entregarse más fácilmente sólo a Dios en la virginidad o en el celibato, sin dividir con otro su corazón (cf. 1 Cor 7,32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido considerada por la Iglesia en grandísima estima, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo” (Lumen Gentium, 42). 

- La Iglesia es santa, es verdad, pero al mismo tiempo está necesitada siempre de purificación. De hecho todos sus miembros, aquí en la tierra, se reconocen todos pecadores, siempre necesitados de conversión y de purificación. La Iglesia incluye en su seno seres humanos frágiles, que se reconocen pecadores, y por eso necesitados de pedir y recibir el perdón de Dios por sus propios pecados. 
Por eso la Iglesia sufre y hace penitencia por tales pecados, de los cuales, además, tiene el poder de sanar a sus hijos con la sangre de Cristo y el don del Espíritu. 


 ¿Por qué la Iglesia proclama santos a algunos de sus hijos? 

“Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores” (CEC, n. 828). 
La Iglesia, desde sus inicios, ha siempre creído que los Apóstoles y los Mártires estén estrechamente unidos a nosotros en Cristo, los ha celebrado con particular veneración junto con la santísima Virgen María y los santos Ángeles, y ha implorado piadosamente la ayuda de su intercesión. Y a lo largo de los siglos, ha siempre ofrecido para la imitación de los fieles, a la veneración y a la invocación, a algunos hombres y mujeres, insignes por el esplendor de la caridad y de todas las otras virtudes evangélicas. 


 ¿Cuáles son las objeciones que se ponen contra los santos? 

Está quien insinúa que se trata de una estrategia expansionista de la Iglesia Católica. Para otros, la propuesta de nuevos beatos y santos, tan diversos por categoría, nacionalidad y cultura, sería sólo una operación de marketing de la santidad con finalidad de leadership del Papado en la sociedad civil actual. Está incluso quien ve en la canonización y en el culto de los santos un residuo anacrónico de triunfalismo religioso, extraño incluso al espíritu y a lo dicho por el Concilio Vaticano II, el cual ha tanto puesto en evidencia la vocación a la santidad de todos los cristianos. Quienes ponen tales objeciones no toma en cuenta el gran rol y la verdadera importancia de los santos en la Iglesia. 


¿Quiénes son los santos para la Iglesia? 

- Los santos son: 

· aquellos que contemplan ya claramente a Dios uno y trino. Ciudadanos de la Jerusalén celestial, cantan sin fin la gloria y la misericordia de Dios, habiéndose cumplido en ellos el paso pascual de este mundo al Padre; 

· discípulos del Señor. Orígenes lo afirma con decisión: “Los santos son imagen de la imagen, siendo el Hijo imagen” (La oración, 22, 4). Son el reflejo de la luz de Cristo resucitado. Como en el rostro de un niño, en el cual se acentúan particularmente los rasgos físicos de sus padres, en el rostro del santo el rostro de Cristo ha encontrado una nueva modalidad de expresión; 

· modelos de vida evangélica, de los cuales la Iglesia ha reconocido la heroicidad de sus virtudes y luego los propone a nuestra imitación. Ellos “han sido siempre fuente y origen de renovación en los momentos más difíciles de la historia de la Iglesia” (Juan Pablo ii, Christifideles laici, 16). “Ellos salvan a la Iglesia de la mediocridad, la reforman desde adentro, la apremian a ser lo que debe ser la esposa de Cristo sin mancha ni arruga (cfr Ef 5, 27)” (Juan Pablo ii, Discurso a los jóvenes de Lucca, 23 de septiembre de 1989). Y el Card. Joseph Ratzinger ha justamente afirmado que: “No son las mayorías ocasionales que se forman aquí o allá en la Iglesia las que deciden su camino y el nuestro. Ellos, los santos, son la verdadera, determinante mayoría según la cual nos orientamos. A esa nos atenemos! Ellos traducen lo divino en lo humano, lo eterno en el tiempo”; 

· testigos históricos de la llamada universal a la santidad. Fruto eminente de la redención de Cristo, son prueba y documento de que Dios, en todos los tiempos y en todos los pueblos, en las más variadas condiciones socioculturales y en los distintos estados de vida, llama a sus hijos a alcanzar la perfecta estatura de Cristo (cfr Ef 4, 13; Col 1, 28). Ellos muestran que la santidad es accesible a las multitudes, que la santidad es imitable. Con su concreción personal e histórica hacen experimentar que el Evangelio y la vida nueva en Cristo no son una utopía o un simple sistema de valores, sino un “fermento” y “sal” capaces de hacer vivir la fe cristiana dentro y desde dentro de las diferentes culturas, áreas geográficas y épocas históricas; 

· expresión de la catolicidad o universalidad de la fe cristiana y de la Iglesia que vive esa fe, la custodia y difunde. Los santos, expresión del mismo Espíritu -como dice el Evangelio- que “sopla donde quiere”, han vivido la misma fe. Tal internacionalidad confirma que la santidad no tiene confines y que ésa no está muerta en la Iglesia y, aún más, continúa a tener viva actualidad. El mundo cambia, pero los santos, aún cambiando ellos mismos con el mundo que cambia, representan siempre el mismo rostro vivo de Cristo. Ellos hacen resplandecer en el mundo un reflejo de la luz de Dios, son los testigos visibles de la santidad misteriosa y universal de la Iglesia; 

· una auténtica y constante forma de evangelización y de magisterio. La Iglesia quiere acompañar la predicación de la verdad y de los valores evangélicos con la presentación de los santos que han vivido esas verdades y esos valores en modo ejemplar; 

· mientras honran al hombre, rinden gloria a Dios, porque “la gloria de Dios es el hombre viviente” (San Ireneo de Lyon);

· son un signo de la capacidad de inculturación de la fe cristiana y de la Iglesia en la vida de los diferentes pueblos y culturas; 

· intercesores y amigos de los fieles todavía peregrinos en la tierra, porque los santos, aunque inmersos en la gloria de Dios, conocen los afanes de sus hermanos y hermanas y acompañan su camino con la oración y el patrocinio; 

· innovadores de cultura. Los santos han permitido que se crearan nuevos modelos culturales, nuevas respuestas a los problemas y a los grandes retos de los pueblos, nuevos desarrollos de humanidad en el camino de la historia. Los santos son como faros: han indicado a los seres humanos las posibilidades que los mismos seres humanos poseen. Por esto son interesantes incluso culturalmente. Un grande filósofo francés del siglo XX, HENRY BERGSON, ha hecho esta observación: “los personajes más grandes de la historia no son los conquistadores, sino los santos”. 

- Todo esto la Iglesia lo confiesa cuando, agradecida a Dios Padre, proclama: “en la vida de los santos nos ofrece un ejemplo, en la intercesión una ayuda, en la comunión de gracia un vínculo de amor fraterno” (Prefacio de la Misa).


¿Qué diferencia existe entre beatos y santos? 

- En cuanto a la certeza de que unos y otros se encuentren en el cielo, no hay entre ellos ninguna diferencia. 

- En cuanto al procedimiento: normalmente primero un cristiano es proclamado beato (beatificación), y después, sucesiva y eventualmente, es proclamado santo (canonización). 

- En cuanto a la autoridad implicada en la declaración de un beato o de un santo: es siempre el Papa quien, con un específico acto pontificio, declara a alguien beato o santo. 

- En cuanto al culto: 

· las beatificaciones tienen un culto permitido y no prescrito, limitado a una Iglesia local; 

· la canonizaciones tienen un culto extendido a toda la Iglesia, prescrito, con una sentencia definitiva. 


 ¿Son demasiados los beatos y los santos? 

Juan Pablo ii respondió a tales objeciones de esta manera: “Se dice a veces que hoy hay demasiadas beatificaciones. Pero esto, además de reflejar la realidad, que por gracia de Dios es la que es, corresponde al deseo expreso del Concilio. El Evangelio si ha difundido de tal modo y su mensaje ha puesto tales profundas raíces, que propio el gran número de beatificaciones refleja la acción del Espíritu Santo y la vitalidad que de Él brota en el campo más esencial para la Iglesia, el de la santidad. Ha sido de hecho el Concilio que ha puesto en particular relieve la llamada universal a la santidad” (Discurso de apertura al Consistorio extraordinario en preparación del Jubileo del 2000, 13-VI-1994). 
Y aún más escribe: “El más grande homenaje, que todas las Iglesias rendirán a Cristo al umbral del tercer milenio, será la demostración de la omnipotente presencia del Redentor mediante los frutos de fe, de esperanza y de caridad en hombres y mujeres de tantas lenguas y razas, que han seguido a Cristo en las diversas formas de la vocación cristiana” (Juan Pablo ii, Tertio Millenio adveniente, 37). 


 ¿Cómo llega la Iglesia a la canonización? 

El modo de proceder de la Iglesia en las causas de beatificación y de canonización se ha desarrollado siempre en el curso del tiempo con nuevas formas, a la luz incluso del progreso de las disciplinas históricas, con el fin de tener la agilidad en el modo de proceder, manteniendo sin embargo firme la seguridad de las investigaciones en una cuestión de tanta gravedad e importancia. 

Estas son las diversas etapas: 

1.                 FASE DIOCESANA:

- Cualquier persona puede solicitarle al Obispo de la diócesis, donde ha muerto el Siervo de Dios, de dar inicio a una causa de canonización. Los santos y la santidad son reconocidos, por tanto, como un movimiento desde abajo hacia lo alto. Todavía hoy, es de hecho el mismo pueblo cristiano que, reconociendo por intuición de la fe la “fama de santidad”, señala los candidatos a la canonización al propio Obispo, quien sucesivamente envía las pruebas recogidas al Dicasterio de la Santa Sede competente, la Congregación de las Causas de los santos. 

- El obispo, por instancia del Postulador y con el previo permiso de la Santa Sede, inicia el proceso, normalmente no antes de cinco años de la muerte del fiel. Le compete al Obispo el derecho de recoger las pruebas acerca de la vida, las virtudes o el martirio, los milagros realizados, y, si es el caso, el culto antiguo del Siervo de Dios, del cual se pide la canonización. Para hacer esto, el obispo recurre a la ayuda de varios expertos, los cuales, después de haber investigado escritos y documentos, e interrogado a los testigos, expresan un juicio acerca de su autenticidad y de su valor, como también acerca de la personalidad del siervo de Dios. 

- Si el Obispo retiene que la causa contiene elementos fundados, entonces nombra un Tribunal (Juez, Promotor de justicia y Notario), quien interroga los testigos y recibe de una Comisión histórica toda la documentación relacionada con la vida, las virtudes y la fama de santidad del Siervo de Dios. 

2.                 FASE PONTIFICIA:

- Terminadas las investigaciones a nivel diocesano, se transmiten todas las actas en doble copia a la Santa Sede, y más precisamente a la Congregación de los Santos, que examina los actos mismos: 

· bajo el aspecto formal (para verificar si los actos son válidos y auténticos) y;

· bajo el aspecto de mérito (para demostrar si las virtudes son probadas). 

- Al final dicha Congregación da su valoración sobre las virtudes y sobre los milagros. 


 ¿Cómo se hace el examen acerca de las virtudes? 

La Congregación de los Santos procede de esta manera: 

- En primer lugar se prepara la Positio, que es el conjunto de los actos procesales y de las actas documentales, la cual deberá ser sometida al examen de los Consultores específicos expertos en la materia, para que emitan el voto sobre su valor científico. 

- La Positio (con los votos escritos de los Consultores históricos y con las ulteriores aclaraciones del Relator, si son necesarios) será examinada por los Consultores teólogos, los cuales, junto al Promotor fidei, expresan su parecer sobre la heroicidad de las virtudes del Siervo de Dios y preparan una propia relación final, que será sometida, junto a la Positio, al juicio de los Cardenales y de los Obispos Miembros de la Congregación de los Santos.


 ¿Cómo viene considerada la heroicidad de las virtudes? 

El concepto de heroicidad de las virtudes no implica, necesariamente, que las acciones realizadas por la persona virtuosa tengan que ser asombrosas. “La heroicidad -ha explicado el Card. José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de los Santos- puede muy bien consistir en el cumplimiento en modo extraordinariamente generoso y perfecto de los propios deberes cotidianos hacia Dios, hacia el prójimo y hacia sí mismos. La vida ordinaria de cada día es el lugar más común para alcanzar las más elevadas cumbres de la santidad” (Discurso del 2003). 


 ¿Es necesario también un milagro? 

Para poder proceder a la beatificación de un Siervo de Dios, la actual legislación canónica requiere también un milagro, realizado por intercesión del Siervo de Dios después de su muerte. Para la beatificación de un mártir no se requiere el milagro, por cuanto el mismo martirio, sufrido por amor de Dios, es un signo inequívoco de la vida virtuosa de un Siervo de Dios. 
Para la canonización en cambio de los mártires y de los no-mártires es necesario un nuevo milagro, realizado después de la beatificación. 


 ¿Por qué son necesarios los milagros? 

- Hay una razón histórica: desde siempre la Iglesia ha exigido “signos” que confirmen la vida virtuosa de un cristiano. 

- Hay sobretodo una razón teológica: los milagros son necesarios siempre para:

· confirmar la doctrina de la fe del Siervo de Dios; 

· garantizar el juicio sobre la heroicidad de las virtudes; 

· probar que la vida de un no-mártir no haya sido secretamente laxior (es decir, menos santa) respecto a lo que resulta de los testimonios 


 ¿Cómo se procede en el caso de los milagros? 

- Los milagros son estudiados bajo dos aspectos: 

· el científico: para probar que el evento prodigioso (la curación), sobre la base de los testimonios y la documentación médica, es inexplicable; 

· el teológico: para verificar si el evento prodigioso está connotado de preternaturalidad, es decir si es un verdadero y propio milagro. 

- Corresponde al Obispo, donde se ha realizado el evento prodigioso, hacer estudiar el milagro por un Tribunal, que debe recoger las pruebas testimoniales y médico-clínicas. 

- Después el Obispo envía las actas de dicho Tribunal a la Congregación de las Causas de los Santos, la cual las estudia tanto desde el punto de vista procesal (para acertar la valides de tales actas) como sobretodo sobre el mérito. A tal fin: 

· las actas son primero examinadas por dos peritos médicos individualmente, y luego por un órgano colegial de cinco médicos, los cuales recogen sus conclusiones (diagnosis, prognosis, terapia, modalidad de curación inexplicable desde un punto de vista médico...) en una relación; 

· viene luego preparada una “Positio” (con todas las actas diocesanas y la relación de los médicos) que es examinada por los teólogos, los cuales emitirán un parecer sobre la preternaturalidad del hecho; 

· finalmente la misma Positio, la relación de los médicos y los pareceres de los teólogos son sometidos al juicio de los Padres (Cardenales y Obispos) de la Congregación de los Santos, los cuales valorarán si el hecho prodigioso es un milagro o no. 

- El juicio de los Padres Cardenales y de los Obispos, sea sobre la heroicidad de las virtudes sea sobre el milagro, es referido, por el Cardenal Prefecto de la Congregación de los Santos, al Sumo Pontífice, al cual le compete únicamente el derecho de declarar, con un acto solemne, que se puede proceder a la beatificación o a la canonización de un cristiano y por tanto al culto público eclesiástico, a él debido. 


 ¿Cuál culto se debe dar a los beatos y a los santos? 

A los beatos y a los santos se les debe el culto de veneración, y no de adoración, siendo éste reservado únicamente a Dios. Es necesario no olvidar que el fin último de la veneración de los santos es la gloria de Dios y la santificación de cada ser humano mediante una vida plenamente conforme a la voluntad de Dios y a la imitación de las virtudes de aquellos que fueron eminentes discípulos del Señor.



El Primicerio
de la Basílica de los Santos Ambrosio y Carlos en Roma 
Monsignor Raffaello Martinelli

CANCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS


CANCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS


parar 

Quiero hablar de un amor infinito
Que se vuelve niño, frágil
Amor de hombre humillado
Quiero hablar de un amor apasionado.

Con dolor carga nuestros pecados
Siendo Rey se vuelve esclavo
Fuego de amor poderoso
Salvador, humilde, fiel, silencioso.

Amor que abre sus brazos de acogida
Quiero hablar del camino hacia la vida
Corazón paciente amor ardiente
Quiero hablar de aquel que vence la muerte.

Quiero hablar de un amor generoso
Que hace y calla amor a todos
Buscándonos todo el tiempo
Esperando la respuesta, el encuentro.

Amor que abre sus brazos de acogida
Quiero hablar del camino hacia la vida
Corazón paciente amor ardiente
Quiero hablar de aquel que vence la muerte.

Quiero hablar de un amor diferente
Misterioso inclaudicable
Amor que vence en la cruz
Quiero hablar del Corazón de Jesús.

Amor que abre sus brazos de acogida
Quiero hablar del camino hacia la vida
Corazón paciente amor ardiente
Quiero hablar de aquel que vence la muerte.

Amor que abre sus brazos de acogida
Quiero hablar del camino hacia la vida
Corazón paciente amor ardiente
Quiero hablar de aquel que vence la muerte.
Quiero hablar de aquel que vence la muerte.

HOY 28 DE MAYO CELEBRAMOS LA SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


Hoy 28 de mayo celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor



 (ACI).- Hoy la Iglesia Universal celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor al cielo, a los cuarenta días de su resurrección.

San Juan Pablo II al meditar esta Solemnidad, en su homilía del 24 de mayo de 2001, señaló que “la contemplación cristiana no nos aleja del compromiso histórico. El ‘cielo’ al que Jesús ascendió no es lejanía, sino ocultamiento y custodia de una presencia que no nos abandona jamás, hasta que él vuelva en la gloria”.

“Mientras tanto -continúa el Santo-  es la hora exigente del testimonio, para que en el nombre de Cristo ‘se predique la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos’”.

Uno de los pasajes bíblicos que narra este episodio de la vida del Señor está en el Evangelio de San Marcos 16,15-20:

“Conclusión del santo evangelio según san Marcos: En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos’. Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”.

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MEDITACIONES DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 28 DE MAYO 2017


ABRIR EL HORIZONTE


Ocupados solo en el logro inmediato de un mayor bienestar y atraídos por pequeñas aspiraciones y esperanzas, corremos el riesgo de empobrecer el horizonte de nuestra existencia perdiendo el anhelo de eternidad. ¿Es un progreso? ¿Es un error?

Hay dos hechos que no es difícil comprobar en este nuevo milenio en el que vivimos desde hace unos años. Por una parte está creciendo en la comunidad humana la expectativa y el deseo de un mundo mejor. No nos contentamos con cualquier cosa: necesitamos progresar hacia un mundo más digno, más humano y dichoso.

Por otra está creciendo al mismo tiempo el desencanto, el escepticismo y la incertidumbre ante el futuro. Hay tanto sufrimiento absurdo en la vida de las personas y de los pueblos, tantos conflictos envenenados, tales abusos contra el planeta, que no es fácil mantener la fe en el ser humano.

Es cierto que el desarrollo de la ciencia y la tecnología están logrando resolver muchos males y sufrimientos. En el futuro se lograrán, sin duda, éxitos todavía más espectaculares. Aún no somos capaces de intuir la capacidad que se encierra en el ser humano para desarrollar un bienestar físico, psíquico y social.

Pero no sería honesto olvidar que este desarrollo prodigioso nos va «salvando» solo de algunos males y solo de manera limitada. Ahora precisamente que disfrutamos cada vez más del progreso humano empezamos a percibir mejor que el ser humano no puede darse a sí mismo todo lo que anhela y busca.

¿Quién nos salvará del envejecimiento, de la muerte inevitable o del poder extraño del mal? No nos ha de sorprender que muchos comiencen a sentir la necesidad de algo que no es ni técnica ni ciencia, tampoco ideología o doctrina religiosa. El ser humano se resiste a vivir encerrado para siempre en esta condición caduca y mortal. Busca un horizonte, necesita una esperanza más definitiva.

No pocos cristianos viven hoy mirando exclusivamente a la tierra. Al parecer no nos atrevemos a levantar la mirada más allá de lo inmediato de cada día. En esta fiesta cristiana de la Ascensión del Señor quiero recordar unas palabras de aquel gran científico y místico que fue P. Teilhard de Chardin: «Cristianos a solo veinte siglos de la Ascensión. ¿Qué habéis hecho de la esperanza cristiana?».

En medio de interrogantes e incertidumbres, los seguidores de Jesús seguimos caminando por la vida trabajados por una confianza y una convicción. Cuando parece que la vida se cierra o se extingue, Dios permanece. El misterio último de la realidad es un misterio de amor salvador. Dios es una puerta abierta a la vida eterna. Nadie la puede cerrar.


Evangelio Comentado por:
José Antonio Pagola
Mt 28,16-20

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«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra»


Hoy, contemplamos unas manos que bendicen —el último gesto terreno del Señor (cf. Lc 24,51). O unas huellas marcadas sobre un montículo —la última señal visible del paso de Dios por nuestra tierra. En ocasiones, se representa ese montículo como una roca, y la huella de sus pisadas queda grabada no sobre tierra, sino en la roca. Como aludiendo a aquella piedra que Él anunció y que pronto será sellada por el viento y el fuego de Pentecostés. La iconografía emplea desde la antigüedad esos símbolos tan sugerentes. Y también la nube misteriosa —sombra y luz al mismo tiempo— que acompaña a tantas teofanías ya en el Antiguo Testamento. El rostro del Señor nos deslumbraría.

San León Magno nos ayuda a profundizar en el suceso: «Lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado ahora a sus misterios». ¿A qué misterios? A los que ha confiado a su Iglesia. El gesto de bendición se despliega en la liturgia, las huellas sobre tierra marcan el camino de los sacramentos. Y es un camino que conduce a la plenitud del definitivo encuentro con Dios.

Los Apóstoles habrán tenido tiempo para habituarse al otro modo de ser de su Maestro a lo largo de aquellos cuarenta días, en los que el Señor —nos dicen los exegetas— no “se aparece”, sino que —en fiel traducción literal— “se deja ver”. Ahora, en ese postrer encuentro, se renueva el asombro. Porque ahora descubren que, en adelante, no sólo anunciarán la Palabra, sino que infundirán vida y salud, con el gesto visible y la palabra audible: en el bautismo y en los demás sacramentos.

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Todo poder.... Ir a todas las gentes... Y enseñar a guardar todo... Y El estará con ellos —con su Iglesia, con nosotros— todos los tiempos (cf. Mt 28,19-20). Ese “todo” retumba a través de espacio y tiempo, afirmándonos en la esperanza.


Dr. Josef ARQUER 
(Berlin, Alemania)

LECTURAS BÍBLICAS DE HOY DOMINGO 27 DE MAYO 2017 - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


La Ascensión del Señor – Ciclo A
Domingo 27 de Mayo de 2017




Primera lectura
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1,1-11:

En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseno desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».
Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:
«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?».
Les dijo:
«No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”».
Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

Palabra de Dios    

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Salmo
Salmo Responsorial: 46,2-3.6-7.8-9

R/. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas

Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra. R/.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad;
tocad para nuestro Rey, tocad. R/.

Porque Dios es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R/.

______________________

Segunda lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,17-23:

Hermanos:
El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Palabra de Dios

_____________

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 28,16-20:

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Palabra del Señor

FELIZ DOMINGO!!




sábado, 27 de mayo de 2017

EL EVANGELIO DE HOY SÁBADO 27 DE MAYO DEL 2017


Te tengo algo mejor… algo que ni siquiera puedes imaginar
San Juan 16, 23-28. VI Sábado de Pascua


Por: H. Adrián Olvera de la Cruz LC | Fuente: www.missionkits.org 



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Padre nuestro que estás en el cielo… Padre nuestro… Padre…mi Padre.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)


Del santo Evangelio según san Juan 16, 23-28
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.
Les he dicho estas cosas en parábolas; pero se acerca la hora en que ya no les hablaré en parábolas, sino que les hablaré del Padre abiertamente. En aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que rogaré por ustedes al Padre, pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que salí del Padre. Yo salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre".
Palabra de Dios.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
He pedido, Señor. He pedido y Tú lo sabes, mas, ¿puedo decir que no he recibido? No lo sé, a veces pienso que sí y otras veces no. Aunque siempre que pasa el tiempo me doy cuenta que no sólo me has dado, sino que has derrochado.
Tantas veces se me olvida que eres Padre y yo soy hijo. Siempre das, pero siendo víctima del tiempo a veces es necesario esperar. No es que no respondas o que no escuches… se necesita paciencia; se necesita fe. Se necesita recordar que soy hijo y que Tú eres Padre… un Padre que me ama de verdad.
Pide y se te dará. Cuando me preguntas qué es lo que quiero pedir me siento poseedor de una oportunidad que no quiero desaprovechar. Tú sabes mis necesidades; sabes mis inquietudes, pues siempre estás pendiente. Pide y se te dará…, ¿qué te pido, Señor? ¿Qué te pido que no hayas percibido?
Te he pedido y en ocasiones has contestado inmediatamente… Te he pedido y en ocasiones me has recomendado esperar. Te he pedido y casi siempre me dices: "te tengo algo mejor… algo que ni siquiera puedes imaginar"."
Hoy te pido la gracia de saberme hijo, tu hijo. Creo que sabiendo de verdad esto lo demás… puede esperar.
"La oración auténtica es un salir de nosotros mismos hacia el Padre en nombre de Jesús, es un éxodo de nosotros mismos que se realiza precisamente con la intercesión de Jesús, que ante el Padre le muestra sus llagas. Todo esto nos da confianza, nos da la valentía de rezar, porque sus heridas nos han curado. Éste es el nuevo modo de rezar: con la confianza, con la valentía que nos da la certeza de que Jesús está ante el Padre y le muestra sus llagas; pero también con la humildad para reconocer y encontrar las llagas de Jesús en sus hermanos necesitados. Ésta es nuestra oración en la caridad."
(Homilía de S.S. Francisco, 11 de mayo de 2013, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Rezar un misterio del rosario pidiéndole a María que nos conceda la gracia de sabernos hijos de Dios y pidamos todo al Padre en el nombre de Jesús.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

EL ÁRBOL DE LOS PROBLEMAS


“El árbol de los problemas”



Hoy te ofrezco una anécdota que te ayudará a controlar tus estados de ánimo. El protagonista al regresar de su trabajo realizaba un rito para distanciarse de los problemas sufridos fuera de su hogar. Sabía que no era justo trastornar la serenidad de su familia con las frustraciones de la jornada laboral.

El carpintero contratado para reparar mi granja, finalizaba un duro día de trabajo. Su sierra eléctrica se dañó y perdió tiempo, y ahora su camión no arrancaba. Mientras lo llevaba a su casa, se sentó en silencio. Cuando llegamos, me invitó a conocer su familia. Al dirigirnos a la puerta, se detuvo frente a un arbolito, tocando las ramas con sus manos. Se abrió la puerta y ocurrió un notable cambio. Su bronceada cara estaba llena de sonrisas. Abrazó a dos pequeñines y le dio un beso a su esposa. Después me acompañó al auto. Al pasar junto al árbol, le pregunté sobre lo que había hecho un rato antes. "Oh, ese es el árbol de mis problemas", contestó. "Yo no puedo evitar los problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que los cuelgo en el árbol al volver a casa. Por la mañana los recojo otra vez". "Lo divertido es que al sacarlos, no hay tantos como  la noche anterior".

Quien ha llegado a vivir habitualmente esta norma de conducta es sin duda una persona madura. No es un inestable emocional, ni una persona fría e insensible, ni tampoco una persona inauténtica. Es alguien que sabe controlar sus emociones, con prudencia y firme voluntad. Te auguro un día de paz y serenidad.


* Enviado por el P. Natalio

MAYO, MES DE MARÍA, DÍA 27 - UN SÓLO INSTANTE Y UNA MARÍA



Día 27: ¡Un sólo instante y una María!



En cierta ocasión, cuando estaban rezando por un chaval endemoniado, ocurrió lo siguiente, según cuenta un testigo presencial: que "el demonio multiplicaba sus gritos con más fuerza y confusión, diciendo: "¿Por qué he de salir?", entonces, una religiosa allí presente exclamó con fervor: "¡Santa Madre de Dios, rogad por nosotros! ¡María, Madre de Jesús, venid en ayuda nuestra!". Al oír estas palabras, el espíritu infernal redobló sus horribles alaridos: "¡María! ¡María! ¡Para mí no hay María! No pronunciéis ese nombre, que me hace estremecer. ¡Si hubiese una María para mí, como la hay para vosotros, yo no sería un demonio! Pero para mí no hay María." Todos los presentes lloraban. Repitió el demonio: "¡Si yo tuviese un solo instante de los muchos que vosotros perdéis! ¡Un sólo instante y una María y yo no sería un demonio!."

¡Qué fuerte! Satanás es un ángel que se separó de Dios; y dice que si tuviera a María no sería demonio. Esto es, porque no contó con Ella ha caído tan bajo. Con qué alegría puedo gritar, en momentos de bajón, de dificultad, de vacas flacas: ¡Tengo a María! Eso es lo importante; lo demás cambia.

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.

LOS CINCO MINUTOS DE MARÍA, 27 DE MAYO


Los cinco minutos de María
Mayo 27



El cristianismo es la religión del amor; el amor, si es verdadero, rechaza todo lo que no es amor -el odio, la guerra, la violencia, la pasión, el egoísmo- y permite todo lo que implica amar, siempre que el amor no se lo prostituya confundiéndolo con una caricatura del amor.

Quizá por eso, porque la única enseñanza que nos legó el Maestro es el amor, San Lucas repite que la Virgen vivía todas las palabras y las obras de Jesús en su Corazón, como si nos quisiera afirmar que las vivió con amor.

Según la vivencia de amor que pongamos en nuestra vida, seremos o no cristianos.

Santa María de todas las razas  y culturas, que no separemos nosotros lo que Dios unió.



* P. Alfonso Milagro

TRES PASOS PARA ORAR CON LA SENCILLEZ DE UN NIÑO


Tres pasos para orar con la sencillez de un niño
Enséñame cómo buscarte...porque yo no sé buscarte a no ser que tú me enseñes, ni hallarte si tú mismo no te presentas a mí.


Por: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C. | Fuente: www.la-oracion.com 





Señor Dios, enséñame dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte... Tú eres mi Dios, tú eres mi Señor, y yo nunca te he visto. Tú me has modelado y me has remodelado, y me has dado todas las cosas buenas que poseo, y aún no te conozco… Enséñame cómo buscarte... porque yo no sé buscarte a no ser que tú me enseñes, ni hallarte si tú mismo no te presentas a mí. Que te busque en mi deseo, que te desee en mi búsqueda. Que te busque amándote y que te ame cuando te encuentre (San Anselmo de Canterbury)

***

En días pasados estuve en un campamento de verano con 64 niños de diez y once años. ¡Toda una experiencia! Intenté, junto con otros varios sacerdotes y monitores laicos, que disfrutasen y, en mi caso algo importante, que se acercasen más a Dios. Personalmente, creo que ambas cosas se dieron...

Uno de esos días, un niño llamado Miguel se me acercó y me dijo que tenía que decirme algo muy importante y que no podía ser más tarde. Estaba nervioso y, por un momento, me imaginé lo peor: un niño se cayó, alguien se hizo daño, etc. Pero la noticia que Miguel me iba a contar era mucho más seria; algo que, según sus propias palabras, «me ha dejado alucinado, padre».

¿Qué pasó? Le doy la palabra a Miguel:

«Esta mañana, padre, después de ducharme, me fui a la capillita que tenemos en el campamento. Ahí coincidí con Álvaro, que está aquí conmigo. No nos pusimos de acuerdo para nada, ¿eh? Lo que fui a pedirle a Jesús, padre, es que hoy me llamaran mis papás por teléfono, pues los echaba de menos. Álvaro ha hecho lo mismo. Pues, ¿sabe qué, padre? ¡Han llamado! Mis padres y sus padres. Jesús escucha realmente y responde. ¡Estoy que no me lo creo!».

No sé a ustedes, pero a mí la experiencia de Miguel y Álvaro me ha emocionado. Por dos motivos: porque una vez más he aprendido de la candidez que siempre emana de los niños, esa sencillez que nos hace ver el mundo bajo otra perspectiva. No por nada Cristo mismo nos invitaba a hacernos como niños para entrar en el reino de los cielos.

Y segundo, porque he podido tocar de una manera muy sensible la cercanía de un Dios que nos ama profundamente, que quiere comunicarse con nosotros, que espera que le hablemos y confiemos en Él.

Y ¿qué hacer para llegar a esta sencillez? El camino nos lo traza San Anselmo en la bellísima oración que les he puesto al inicio de este artículo:

1. Reconocerse débil y necesitado: « enséñame dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte... Tú eres mi Dios, tú eres mi Señor, y yo nunca te he visto».

2. Agradecer los beneficios recibidos por Dios: «Tú me has modelado y me has remodelado, y me has dado todas las cosas buenas que poseo, y aún no te conozco...».

3. Buscar y no cansarse en la oración, aunque cueste: «Enséñame cómo buscarte... porque yo no sé buscarte a no ser que tú me enseñes, ni hallarte si tú mismo no te presentas a mí» o aquella otra, más bella aún: «Que te busque en mi deseo, que te desee en mi búsqueda. Que te busque amándote y que te ame cuando te encuentre».

Sí, el resultado último es el enamoramiento. Porque el amor es esa fuerza que nos hace capaces de cosas grandes. Y grande es la oración. Además, cuando alguien ama, vuelve a repetir los mismos pasos: se sabe débil ante los peligros que pueden apartarle de su amor; agradece siempre lo que la persona amada le da; y busca seguir amándola con locura. Es un círculo virtuoso que nos eleva cada vez que lo empezamos.

Y voy más allá. Estos pasos reflejan, de manera muy nítida, la actitud de cualquier niño. Se sabe débil y por eso acude a los "brazos todopoderosos" de su madre. Agradece lo que recibe con los detalles típicos de un niño: un beso, una flor cortada en un campo, etc. Y, por último, está siempre buscando a sus padres, no puede estar solo, pues intuye que sería su perdición.

Pregunta: ¿qué tan niños somos en nuestra oración? Si aún te falta algo por llegar, aquí están tres pasos sencillos; pasos que han sido vividos ya por otros, como San Anselmo... y como mis queridos maestros de 10 años llamados Miguel y Álvaro.

FELIZ FIN DE SEMANA!!!




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