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domingo, 8 de noviembre de 2026
TODOS SOMOS APÓSTOLES DE JESÚS
miércoles, 7 de julio de 2021
LOS 12 APÓSTOLES DE JESÚS, ICONOGRAFÍA PARA NIÑOS
Los 12 apóstoles de Jesús, iconografía para niños
Escrito por Silvana Ramos
La iconografía es la descripción de un tema, de la historia de una persona o de un asunto por medio de imágenes. El cristianismo tiene una serie de catequesis producto del trabajo, talento del artista así como de la misma inspiración divina. De hecho es casi un lenguaje escrito a través de dibujos.
La iconografía cristiana es en este sentido una fuente importante para el estudio no solo de la historia del arte sino también de la historia de la civilización, de la evolución del pensamiento humano y especialmente del sentimiento religioso de cada época.
En este post hemos querido presentar a los 12 apóstoles en caricaturas (muy a nuestro estilo), respetando su simbología y explicando el por qué de ella. Creemos que es una forma muy cercana de introducir a los niños en este lenguaje dibujado para conocer la historia de los primeros seguidores de cristo y así inspirarlos a seguir con su legado y fomentar el gusto por estas imágenes que nos cuentas la propia historia.
1. Santo Tomás
A Santo Tomás recurriremos siempre en momento de duda. Así como recordamos su incredulidad, recordamos también que Cristo amorosamente le permite tocar sus heridas y le da muestras que para el santo son el consuelo y la certeza más grande. Suele representarse al lado de Cristo metiendo las manos en sus llagas.
Cuando se lo representa solo es posible que aparezca con una escuadra en la mano, ya que la tradición y algún documento apócrifo afirmaba que era arquitecto. En otras oportunidades se le representa con una lanza, en alusión a la forma en que fue muerto, al ser traspasado por una. Nosotros lo hemos representado de esta forma.

2. San Simón
Se lo conoce también como «Simón el zelote», pero no porque haya pertenecido a este grupo, como algunos creen, sino porque zelote significa «el celoso» ya que era celoso de la ley judía, la cual practicaba antes de ser llamado por el Señor. Suele representarse con una sierra de leñador, ya que su martirio lo sufrió al ser cortado en dos con una sierra.
3. San Andrés
San Andrés tuvo la inmensa dicha y privilegio de ser uno de los primeros apóstoles de Cristo (junto con Juan el evangelista). Ambos eran discípulos antes de San Juan Bautista. San Andrés era hermano de Simón (Pedro) y lo llevó donde Jesús, quien encontró en Pedro a un entrañable amigo. Su símbolo apostólico es una cruz en forma de equis (X).
Su martirio lo sufrió en una cruz de esa forma. También es representado con peces ya que fue él quien le llevó al niño con los cinco panes y los dos peces a Jesús, el día del milagro de la multiplicación de los panes.
4. San Felipe
Jesús llamó a Felipe el día siguiente que llamó a San Andrés y San Pedro, también había sido discípulo de Juan el Bautista. Luego el mismo Felipe llevaría a Natanael (Bartolomé). Los evangelios muestran a Felipe como un hombre ingenuo, algo tímido pero de mente juiciosa. Su símbolo apostólico es la cruz, y en ocasiones también un libro, representando el Evangelio. La cruz hace alusión al instrumento donde sufrió su martirio.
5. San Judas Tadeo
Es conocido entre los católicos como el Santo patrono de los imposibles. Hay algunos que creen que este apóstol era primo de Jesús, pues sería hijo de María de Cleofás, Cleofás era hermano de San José. Se le representa con una medalla en el pecho con el rostro de Jesús, a causa de su gran parecido no solo físico sino también espiritual.
A él se le atribuye la autoría de la Espístola Judas del Nuevo testamento, que termina con una hermosa oración: «Al único Dios que es nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea la gloria, el honor, la fuerza y el poder, desde antes de todos los tiempos, ahora y para siempre. Amén»
6. San Bartolomé
A este apóstol también se le conoce con el nombre de Natanael cuyo significado es «regalo de Dios». Muchos creen que él es el Natanael que mencionan los evangelios al lado de Felipe.
La historia de su llamado es hermosa, pues incluye una conversación con Jesús muy íntima: Natanael le preguntó: «¿Desde cuándo me conoces?» Le respondió Jesús: «antes de que Felipe te llamara, cuando tú estabas allá debajo del árbol, yo te vi». Le respondió Natanael: «Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel». Su símbolo apostólico es un cuchillo, en alusión a su martirio. Fue desollado vivo.
7. Santiago el menor
A este apóstol se lo identifica en los evangelios como el «hermano del Señor». Posiblemente su parentesco con Jesús haya sido el de primos. Se le identifica con «el menor» para distinguirlo del otro Santiago. Fue el primer obispo de Jerusalén.
Según la tradición, el sumo sacerdote Anás II le ordenó que renegara de Cristo a lo que no solo se negó sino que empezó a predicar el Evangelio desde lo alto del templo de donde fue despeñado y luego apedreado. Pero como sobreviviera a tal martirio, uno de sus verdugos le aplastó el cráneo con un mazo de madera. Por eso, su símbolo apostólico.
8. San Mateo
Además de apóstol, San Mateo también es uno de los cuatro evangelistas. San Marcos y San Lucas lo llaman en sus escritos «Leví». Fue publicano y colector de impuestos para los romanos, Jesús lo llamó mientras se encontraba en una mesa recogiendo los impuestos.
Su símbolo apostólico es un ángel. Esto es en alusión a la forma en que San Mateo proclama a Jesús como «El Mesías». La tradición apunta a que murió atravesado por una espada mientras se encontraba orando.
9. Santiago el mayor
Era hermano de Juan evangelista, se le llamaba «el mayor» para distinguirlo del otro que era más joven. Formó parte de los tres preferidos de Jesús, junto con su hermano Juan y Simón Pedro. Fueron los que estuvieron presentes en la transfiguración del Señor Jesús y en el huerto de Getsemaní.
Se dice que Santiago llegó hasta España, donde se encontraron sus restos en la catedral de Compostela, siendo famosa la peregrinación del camino de Santiago. Se le representa con bastón y una calabaza, símbolos del peregrino. Su símbolo apostólico son tres conchas marinas, en alusión a su peregrinaje por el mar.
10. San Pedro
Amigo querido de Jesús, era un pobre pescador que vivía en casa de su suegra. Hombre poco instruido e impulsivo. Desde que Jesús lo llamó, lo trató con mucha distinción delante de los otros discípulos. «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Entonces, San Pedro dice con entusiasmo: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Complacido Jesús de esta respuesta tan pronta, inspirada por el Cielo, dijo a Pedro: «Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne o la sangre (es decir, el mundo), sino el Padre celestial».
E inmediatamente le proclama cabeza de los Apóstoles y de toda la Iglesia: «Yo te digo, que tú eres Pedro (piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno (esto es, las fuerzas de sus enemigos) jamás prevalecerán contra ella. Y te daré las llaves del reino de los Cielos: todo lo que ligares en la tierra, será ligado en el Cielo y todo lo que desatares en la tierra, en el Cielo será desatado». Murió mártir en Roma, donde fue el primer Obispo durante 25 años. Fue crucificado de cabeza.
11. San Juan Evangelista
Su símbolo apostólico es un águila, en alusión a que su Evangelio es el que trata de resaltar la divinidad de Cristo de la forma más espiritual. Tuvo la inmensa dicha de ser el discípulo más amado de Cristo. El propio Jesucristo les puso a Juan y a Santiago Boanerges que significa «el hijo del trueno». No se sabe si fue como una recomendación o por la violencia de su carácter.
A él se dio el privilegio de la maternidad de María y compartir con ella su vida. Mediante él somos todos hijos adoptivos de María. Es el único de los apóstoles que no murió martirizado. Tuvo una vida larga y murió de vejez.
12. Judas Iscariote
Se le suele representar triste y con monedas en la mano, monedas que le pagaron por traicionar a Jesús. Cuando Pedro decidió proceder a la elección de quién reemplazaría al traidor Judas, la elección cayó sobre Matías, quien seguía a Jesús desde su Bautismo. La tradición afirma que fue uno de los 72 discípulos que el Señor envió a predicar durante su ministerio. Se afirma que se distinguió por la insistencia en mortificar la carne para dominar la sensualidad. Predicó en parte de los pueblos bárbaros.
viernes, 26 de enero de 2018
DIFERENCIA ENTRE APÓSTOL Y DISCÍPULO
miércoles, 12 de julio de 2017
EL GRUPO DE LOS DOCE
martes, 18 de noviembre de 2014
LAS IMÁGENES DE LOS DOCE APÓSTOLES
Hemos hablado de tradiciones cristianas. ¿A qué nos referimos, exactamente? La Sagrada Escritura nos proporciona bastante información acerca de algunos de los Apóstoles de Jesucristo (por ejemplo Pedro y Juan), pero escasa -o casi ninguna información- acerca de otros. Es lógico que ya desde los primeros siglos, la piedad cristiana quisiera llenar esa laguna mediante una abundante literatura apócrifa, formada sobre todo por las passiones o gesta martyrum.
Se trata de una especie de "ficciones novelescas", de un "valor relativo" desde el punto de vista estrictamente histórico, pero muy valiosas sobre todo por contribuir mucho a la piedad, a condición de que no se les puedan poner reparos de otra índole, por ejemplo, contra la ortodoxia", y por su belleza literaria, ars sacra recogida incluso en la Liturgia ("se toman textos particularmente bellos para las antífonas y responsorios"(*)). De esos textos proceden muchos de los datos que explican la representación iconográfica de algunos santos de los primeros siglos.
- San Juan
- San Pedro
- San Bartolomé
- San Felipe
- San Mateo
- Santiago el Menor
- Santiago el Mayor
- San Andrés
- San Judas Tadeo
- San Matías
- San Simón
- Santo Tomás
Imagen: Los apóstoles de Jesús. Óleo de Claudia Nuñez Fasce. Argentina
domingo, 4 de mayo de 2014
FELIPE, EL QUE SE FIÓ DE CRISTO
| Autor: P Juan Ferrán LC | Fuente: Catholic.net Felipe, el que se fió de Cristo | |
| No le pide explicaciones; no le pregunta qué significa aquello de seguirle, no le pide tiempo para pensárselo. | |
Vamos a contemplar en la figura de Felipe especialmente un aspecto que se repite a lo largo de su contacto con el Maestro varias veces: Felipe es un hombre que se fía de Cristo. En los Evangelios la confianza en Dios se convierte desde el principio, tanto en una condición para seguir a Cristo como en una necesidad de cara a los milagros que Jesús hace. Con la fe se puede todo: se echan demonios, se devuelve la vista a los ciegos o la salud a los leprosos, se trasladan montes o árboles. Es impensable la relación con Cristo de los Apóstoles y de los Discípulos sin fe. Incluso podemos afirmar que la traición de Judas se empezó a gestar por culpa de su falta de fe en Jesús. El mismo Jesús enseña que sin fe no se puede agradar a Dios. Así en las diatribas a los fariseos les acusa de descuidar la fe (Mt 23,23). Pone la fe como condición para no perecer (Jn 3,16). La fe es también el camino seguro hacia la vida eterna (Jn 6,35-40). Y proclama dichosos a quienes sin ver crean (Jn 20, 24-29). Para un cristiano la esencia de la confianza en Dios es contemplar en Jesucristo al Mesías, al Esperado de las Naciones, al Hijo de Dios que viene a salvarnos, que viene a guiarnos, que viene a enseñarnos, convirtiéndose así en "camino, verdad y vida". En esta confianza en Dios entra también la Iglesia, divina y humana, instrumento de salvación y certeza de los bienes futuros. Y entra también la Persona del Papa, Vicario de Cristo, Maestro de nuestra fe y Pastor de nuestros corazones. Fiarse de Dios es, pues, entregarse a Dios sin condiciones, sin exigencias, sin reticencias, en la certeza de que él es lo mejor que tenemos, El único que no nos puede fallar, la Verdad que nos puede guiar en la confusión de la vida. Fiarse de Dios es poner a su servicio nuestra inteligencia y nuestra libertad sin pedirle pruebas. Fiarse de Dios es creer de veras en el que tanto nos ama. En la vida de Felipe hay varios momentos en los que tiene que vivir la confianza a tope, es decir, fiarse de Cristo. A todo Apóstol, llamado por Cristo, se le exige de una forma radical fiarse de su Maestro. Es verdad que Cristo realizó grandes signos ante sus Apóstoles, como echar demonios, resucitar muertos, devolver la vista a los ciegos o la salud a los leprosos, pero indudablemente la confianza en él estaba más allá de estas cosas, porque la confianza no es asombro, sino entrega incondicional. Se puede en la vida admirar, pero no amar. Se puede en la vida asombrarse ante un gesto de alguien, pero ello no significa decisión de seguirlo. Se pude en la vida quedarse anonadado ante un líder, pero ello no lleva a dar la vida por él sin más. Vamos a recorrer esos momentos en que Felipe se fía de Cristo. Sígueme (Jn 1,43). Es una de las pocas veces que Cristo, en el momento de llamar a sus Apóstoles, se dirige a uno de ellos con esta palabra. Nada sabíamos hasta ese momento de Felipe: ¿Quién era? ¿Quién le había acercado a Cristo? ¿Qué sabía él de Cristo? El caso es que Felipe escucha aquella invitación y a continuación él mismo acerca a Natanael a Cristo anunciándole que él es el Mesías de quien había hablado Moisés. En el comportamiento de Felipe percibimos e intuimos que se fía plenamente de Cristo. No le pide explicaciones; no le pregunta qué significa aquello de seguirle, no le pide tiempo para pensárselo. Simplemente la personalidad de Cristo le cautiva de tal manera que él se entrega sin más. Allí comienza una vida de fidelidad, con sus altibajos, hasta ese momento culminante en que da la vida por el Maestro. ¿Dónde nos procuraremos panes para que coman éstos? (Jn 6,5-7). Nos encontramos ante una escena bellísima. Cristo se da cuenta de que le estaba siguiendo mucha gente y quiere ayudarles, no sólo espiritualmente, sino también materialmente. Se dirige a Felipe sin más y le hace la pregunta citada. El Evangelio dice intencionadamente que lo hace para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. El bueno de Felipe le hace un cálculo humano correcto:Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco. Después viene el milagro. Detengámonos un momento realmente en lo que Cristo pretende con Felipe al hacerle aquella pregunta. Jesús quiere fortalecer la confianza absoluta de Felipe y por ello, a través de aquel milagro, le va a enseñar que él se debe fiar siempre de su Maestro, aunque las dificultades parezcan insalvables. Sin duda, tras el milagro, Felipe se dio cuenta de que en toda ocasión y circunstancia había que fiarse de Jesús. Así la fe de Felipe en Jesús maduró un poco más. Señor, muéstranos al Padre y nos basta (Jn 14,8-9). Es como un arrebato de Felipe que escucha emocionado las tiernas palabras de Cristo sobre el Padre. Y Cristo le responde: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Otra vez una invitación a la confianza plena. Es como si le dijera: "Cree en todo lo que te digo y enseño". El misterio de Dios sólo puede entrar en la mente humana a través de la fe, y por eso Cristo le está pidiendo que crea en las verdades que enseña agarrándose de la fe. Ese va a ser el medio con el que Felipe va a contar para recorrer el difícil camino de la vida, especialmente cuando muy pronto vaya a vivir el drama de la pasión y su fe se achique ante la muerte del Maestro. Para nosotros cristianos, seguidores de Cristo, que arrastramos ya una historia de la Iglesia en la que se ha visto tan claramente la mano de Dios, es imperdonable el no fiarnos de Dios. Es realmente maravilloso el constatar cómo las puertas del mal no han prevalecido contra la Iglesia de Cristo. Y es que al cristiano de hoy le siguen alentando aquellas palabras de Jesús: Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). Ante esta realidad, vamos a reflexionar qué implica para nosotros, hombres, este fiarnos de Cristo y las dificultades que encontramos a veces para ello. Fiarnos de Dios para nosotros es, ante todo, doblegar nuestra mente con la humildad ante el que nos supera plenamente. Los hombres de hoy le damos excesiva importancia a nuestra razón. Exigimos que la razón sea la norma de la verdad. No somos conscientes de cómo nuestra razón puede estar tocada por el subjetivismo o el relativismo. Al vivir en un mundo tremendamente pragmático y empírico queremos que todo pase por la razón, incluso Dios. No somos conscientes de que Dios nos supera absolutamente y que, por tanto, no puede caber su infinitud en nuestra finitud. Sería como querer meter el mar en una pequeña charca. Por eso, una de las realidades que en la vida cotidiana embellece más a la razón es reconocer su propia pequeñez y sus limitaciones. Precisamente en la fe puede encontrar la razón las certezas, las seguridades, el conocimiento que por sí misma no puede alcanzar. La humildad de la razón se llama lucha contra el racionalismo, el orgullo y la vanidad; y se manifiesta en la sencillez, en la conciencia de sus propias limitaciones y en la paz del que se fía en alguien que es más grande que ella, porque la ha creado. Fiarnos de Dios para nosotros es, también, aprender a ver su amor y su presencia en las circunstancias de la vida, tanto favorables como adversas; es poner más nuestra confianza en él que en nuestros esfuerzos; es esperarlo más todo de él que de los demás. Es confiar en su Providencia que no permite que se nos caiga un pelo de la cabeza sin su consentimiento. Muchas veces los cristianos damos la impresión de que, confiando en Él, tenemos miedo a que Dios se distraiga, no se entere, no nos eche una mano. Y tendríamos que hacer ver a los demás que la confianza en Dios está muy encima de nuestras seguridades personales. Da mucha paz al corazón del hombre que lucha todos los días por sacar un hogar adelante, por educar a los hijos, por mantenerse en el camino correcto la certeza de un Dios Padre que le acompaña, que siente con él, que le protege. Esta certeza es la confianza auténtica. Fiarnos de Dios para nosotros es, finalmente, erradicar de cara al futuro esa ansiedad que nos lleva con frecuencia a olvidarnos de Dios y a poner nuestro corazón y nuestras fuerzas en objetivos que consideramos fundamentales para nuestra vida. A veces constatamos que el corazón es prisionero de la ansiedad, que vivimos desasosegados, que no tenemos tiempo para pensar en las verdades esenciales de la vida. No se trata de vivir el reto del futuro con inconciencia, sino más bien de encontrar respuestas para este futuro en el Corazón de Dios, no dejando de luchar al mismo tiempo por lo inmediato. El problema se agudiza cuando el futuro nos atormenta como si todo dependiera de uno mismo o de las circunstancias. Un cristiano no puede vivir en esa dinámica. Para algo nos fiamos de Dios, sabiendo al mismo tiempo que Dios nos apremia, nos exige, nos anima a luchar. Todo esto se podría aplicar al campo de la propia santidad, de la familia, de la vida profesional, de los retos personales. Impresiona en la vida de los Apóstoles como se lanzaron a un futuro incierto, solamente confiados en la Palabra de Aquél que los invitaba a seguirle. )¿e qué iban a vivir? ¿Y sus familias? ¿Y su futuro? ¿Y si fallaba el plan? |
sábado, 21 de septiembre de 2013
MATEO, DE PUBLICANO A SANTO

miércoles, 3 de julio de 2013
TOMÁS, PERSEGUIDO POR CRISTO
| Autor: P. Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net Tomás, perseguido por Cristo | |
| Vamos a contemplar la figura de Santo Tomás a la luz de ese amor de Dios, hoy que celebramos su fiesta. | |
Posteriormente se manifiesta con un estilo racionalista ante las palabras de Jesús, asombrándose de cómo se puede conocer un camino, no sabiendo a dónde se va (Jn 14,4). Finalmente conocemos su incredulidad ante el hecho de la Resurrección ( Jn 20, 24-29) y su presencia en la aparición de Jesús en el lago de Tiberíades (Jn 2, 1-14). Tras la Ascensión lo contemplamos en Jerusalén con los demás apóstoles. La tradición le asigna como actividad misionera Persia y la India. La ciudad hindú de Calamina, donde se supone que murió, no ha sido identificada. Santo Tomás murió mártir Sus restos fueron traslados a Edesa. Vamos a contemplar la figura de Sto. Tomás a la luz de ese amor de Dios que siempre persigue al hombre para que se salve y llegue al conocimiento de la verdad. Es una de las formas más bellas de ver la misericordia divina. Dios siempre persigue al hombre cuando éste se sale del camino del amor y de la verdad que él le ofrece. La misericordia no es tanto una actitud pasiva de Dios, siempre dispuesto a perdonar, cuanto una acción de Dios positiva consistente en buscar la oveja perdida una y otra vez. El Evangelio está lleno de imágenes bellísimas de este estilo de Dios. Desde el buen Pastor que abandona el rebaño a buen recaudo para ir a buscar a la oveja perdida, hasta ese Cristo que providencialmente se hace presente siempre allí donde alguien le necesita, la realidad es que Dios persigue al hombre una y otra vez ofreciéndole su Corazón abierto para que vuelva. La misericordia divina, -un atributo precioso de Dios-, se convierte así en esa larga persecución de Dios al hombre a lo largo de toda la vida por medio de innumerables gracias que respetan indudablemente la libertad del hombre. No se resigna a perder a nadie. Dios no abandona a nadie, a no ser que alguien le abandone a él. Desde el momento en que Dios crea a cualquier ser humano, esa persona se convierte en objeto inmediato del amor de Dios. A partir de ahí Dios se hace garante de un compromiso destinado a lograr, respetando la libertad humana, la salvación del hombre. Jamás desiste Dios de este compromiso, suceda lo que suceda y pase lo que pase. Es tal el amor de Dios hacia el hombre que, aun rechazado, olvidado, abandonado, blasfemado, Dios sigue llamando a las puertas del corazón una y otra vez, hasta el último momento de la vida. Este comportamiento divino se encierra en una palabra: "alianza". Dios ha hecho una alianza de amor con el hombre que él siempre respetará. Desgraciadamente el hombre con frecuencia toma a broma este amor de Dios. Cree que la misericordia divina consiste en burlarse del amor de Dios que siempre terminará perdonando, incluso sin que medie la petición de perdón. Así muchos seres humanos juegan inconscientemente a lo largo de la vida con la misericordia divina, olvidándose de aquellas palabras de S. Pablo: "Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación". En esta actitud se da un equívoco de fondo. Nada tiene que ver la Misericordia infinita de Dios con la certeza de que el hombre va a estar dispuesto a pedir perdón un día. La Misericordia divina siempre estará asegurada; no así la petición de perdón del hombre. La Misericordia divina necesita la actitud humilde del hombre que reconoce su mentira, su equivocación, su deslealtad al amor de Dios. A pesar de los pecados cometidos, una y otra vez, nunca hay motivo o razón para dudar de la Misericordia divina. El amor de Dios es más grande que nuestros pecados, por terribles que fueran. Ahí tenemos a Pedro, a Zaqueo, a la mujer adúltera, a tantas personas pecadoras con quienes Cristo se encontró. Nunca encontraron en él el reproche amargo, el rechazo cruel, la crítica amarga. Al revés, todos los pecadores, que reconocieron su pecado, encontraron en Cristo el perdón, el aliento, el ánimo, la esperanza que tanto les ayudó a encontrar el camino de la paz y del bien. No deja de tener un significado muy consolador esa imagen del Crucificado, en la que Cristo, clavado en la Cruz, tiene los brazos abiertos para siempre, convirtiéndose así en la imagen de ese Dios que siempre espera, que siempre acoge, que siempre abraza. Preguntas y comentarios al autor de este artículo |
sábado, 29 de junio de 2013
ENTREVISTA A SAN PEDRO Y SAN PABLO
| Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net Entrevista a San Pedro y San Pablo | |
| ¿Qué nos platicarían estos grandes apostoles? ¡Cuántas cosas nos enseñarían!Sus palabras son actuales, solo tenemos que leerlas en las Sagradas Escrituras. | |
Vamos a hacer una entrevista a aquel pescador de Galilea llamado Simón Pedro: Pregunta: ¿Qué sentiste al negar a Cristo? Respuesta: Fue el día más triste de mi vida; no se lo deseo a nadie. Yo era muy duro para llorar, pero ese día lloré a mares; no lo suficiente, porque toda la vida lloré esa falta. Sin embargo, por haber negado al Señor un día, lo amé muchísimo más que si nunca lo hubiera hecho. Esas negaciones fueron un hierro candente que me traspasó el corazón. Pregunta: ¿Prefieres el nombre de Pedro al de Simón? Respuesta: Sí, porque el nombre de Simón me lo pusieron mis padres; el de Pedro, Cristo. Además, es un nombre que encierra un gran significado. Por un lado me hace feliz que Él me haya hecho piedra de su Iglesia; por otro lado, me produce gran confusión, porque yo no era roca, sino polvo vil. Cristo ya no me llama Simón, Él prefiere llamarme roca; y en el cielo todos me llaman Pedro. Mi antiguo nombre ya se me olvidó. Cuando pienso en mi nuevo nombre, cuando me llaman Pedro, inmediatamente pienso en la Iglesia. Me llaman así con un sentido muy particular los demás vicarios de Cristo que me han seguido, y yo siento ganas de llamarles con el mismo nombre, porque todos somos piedra de la misma cantera, todos sostenemos a la Iglesia. Pregunta: ¿Por qué dijiste al Señor aquellas palabras: «Señor, a quién iremos, si Tú tienes palabras de vida eterna»? Respuesta: Me salieron del corazón. La situación era apurada, y había que hacer algo por el Maestro; veía a mis compañeros indecisos, y sentí la obligación de salvar la situación y confiar; por eso dije en plural: «¿A quien iremos Señor? Tú tienes palabras de vida eterna». Yo mismo no comprendía en ese tiempo muchas cosas del Maestro. Ni pienses que entendía la Eucaristía, pero dejé hablar al corazón, y el corazón me habló con la verdad. Yo amaba apasionadamente al Maestro y aproveché aquel momento supremo para decir bien claro y bien fuerte: «Yo me quedo contigo». Y, de lo que entonces dije, nunca me arrepentí. Pregunta: ¿Qué sentiste cuando Cristo Resucitado se te apareció? Respuesta: Es difícil, muy difícil de expresar, pero lo intentaré. Por un segundo creí ver un fantasma, luego sentí tal alegría que quise abrazarlo con todas mis fuerzas. «¡Es Él!» pensé, pero luego sentí cómo se me helaba la sangre, y quedé petrificado sin atreverme a mover. Él fue quien me abrazó con tal ternura, con tal fuerza... Y oí muy claras sus palabras: «Para mí sigues siendo el mismo Pedro de siempre». Pregunta: ¿Qué consejo nos das a los que seguimos en este mundo? Respuesta: Puedo decirles que mi actual sucesor, Benedicto XVI, es de los mejores. Háganle caso y les irá mejor. Pedro es el típico hombre, humilde de nacimiento, que se hizo grande al contacto con Cristo. El típico hombre, pecador como todos, pero que, arrepentido de su pecado, logró una santidad excelsa. Entrevista en el cielo a San Pablo Quisiéramos hoy hacerle algunas preguntas al fariseo Pablo de Tarso. Pregunta: ¿Qué sentiste en el camino hacia Damasco, caído en el suelo, tirado en el polvo? Respuesta: Yacía por tierra, convertido en polvo, todo mi pasado. Mis antiguas certezas, la intocable ley mosaica, mi alma de fariseo rabioso, toda mi vida anterior estaba enterrada en el polvo. Fue cuestión de segundos. Del polvo emergía poco a poco un hombre nuevo. Los métodos fueron violentos, tajantes, «es duro dar coces contra el aguijón», pero sólo así podía aprender la dura lección. En el camino hacia Damasco me encontré con el Maestro un día que nunca olvidaré. Aquella voz y aquel Cristo de Damasco se me clavaron como espada en el corazón. Cristo entró a saco en mi castillo rompiendo puertas, ventanas; una experiencia terrible; pero considero aquel día como el más grande de mi vida. Pregunta: ¿Sigues diciendo que todo lo que se sufre en este mundo es juego de niños, comparado con el cielo? Respuesta: Lo dije y lo digo. Durante mi vida terrena contemplé el cielo por un rato; ahora estaré en él eternamente. El precio que pagué fue muy pequeño. El cielo no tiene precio. ¡Qué pena da ver a tantos hombres y mujeres aferrados a las cosas de la tierra, olvidándose de la eternidad! Vale la pena sufrir sin fin y sin pausa para conquistar el cielo. El Cristo de Damasco será mío para siempre; llegando aquí lo primero que le he dicho al Señor ha sido: «Gracias Señor, por tirarme del caballo»; pues Él me pidió disculpas por la manera demasiado fuerte de hacerlo. Pregunta: ¿Qué querías decir con aquellas palabras: “¿Quién me arrancará del amor a Cristo?” Respuesta: Lo que las palabras significan: que estaba seguro de que nada ni nadie jamás me separaría de Él, y así fue. Y, si en la tierra pude decir con certeza estas palabras, en el cielo las puedo decir con mayor certeza todavía. El cielo consiste en: “Cristo es mío, yo soy de Cristo por toda la eternidad” ¿Sabes lo que se siente, cuando Él me dice: «Pablo, amigo mío?». Pregunta: Un día dijiste aquellas palabras: “Sé en quién he creído y estoy tranquilo”. Explícanos el sentido. Respuesta: Cuando llegué a conocerlo, no pude menos de seguirlo, de quererlo, de pasarme a sus filas; porque nadie como Él de justo, de santo, de verdadero. Supe desde el principio que no encontraría otro como Él, que nadie me amaría tanto como aquél que se entregó a la muerte y a la cruz por mí. Pregunta: ¿Un consejo desde el cielo para los de la tierra? Respuesta: Uno sólo, y se los doy con toda la fuerza: “Déjense atrapar por el mismo Señor que a mi me derribó en Damasco”. Si todos los enemigos del cristianismo fueran sinceros como Pablo de Tarso, un día u otro, la caída de un caballo, una experiencia fuerte o una caricia de Dios les haría exclamar como él: «Señor, ¿qué quieres que haga?». |
viernes, 28 de junio de 2013
PEDRO Y PABLO EN EL AÑO DE LA FE
| Autor: P. Javier Leoz Ventura | Fuente: www.revistaecclesia.com Pedro y Pablo en el Año de la Fe | |||
| Dos personas que fueron cimientos y puntales de los primeros tiempos de la evangelización cristiana: Pedro y Pablo | |||
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