martes, 20 de abril de 2021

IMÁGENES DE GIFS DE LA VIRGEN MARÍA





























 

¿QUIÉN CONOCE A DIOS SINO AQUEL QUE AMA A SU PRÓJIMO?



 ¿QUIÉN CONOCE A DIOS SINO AQUEL QUE AMA A SU PRÓJIMO?



El amor al prójimo es la medida del amor pleno a Dios, no hay conocimiento de Dios sin la aceptación libre del prójimo como obra maravillosa del Creador. Dios por amor va creando a cada persona y lo ama total e incondicionalmente, por tanto, amar a cada individuo es visibilizar el amor de Dios en la tierra: "Nadie puede decir con honestidad amo a Dios a quien no ve ni siente, si odia o rechaza a su prójimo a quien puede ver y sentir". En efecto, el auténtico amor a Dios se manifiesta en el sincero amor a las personas. Cualquier tipo de odio o venganza es destruir la idea de Dios en tu corazón y tu mente, es el peor ateismo práctico. La avaricia y la codicia que atenta contra la justicia es arruinar el rostro de Dios en cada persona. La envidia y el egoísmo son la mejor manera de negar la bondad y gratuidad de de Dios. La lujuria y la gula oscurecen el alma y cuerpo de la persona que le impiden gozar de la belleza de Dios. La pereza y la corrupción son las causas de la duda y la ausencia de Dios en la vida de los individuos y pueblos.

El conocimiento de Dios pasa por el conocimiento del hombre mismo, pues cada individuo ha sido creado "a imagen y semejanza de Dios". En este sentido, nadie puede negar la existencia de Dios, mientras exista algún ser inteligente en la tierra. Entonces, ¿por qué existen personas que rechazan el amor, rechazan a Dios en sus vidas, no confían en su prójimo? Simplemente, la malicia y la falta de rectitud de intención del ser humano, y porque la libertad y la voluntad les permite tomar esa actitud, lo cual, no significa que deja de existir el amor o deja de estar Dios, o no haya confianza entre las personas; tanto el amor, la existencia de Dios y la confianza entre seres humanos estará presente en la historia hasta el fin de los tiempos. No obstante, que la misma Palabra de Dios nos dice: "maldito el hombre que pone su confianza en otro hombre". ¿A qué e refiere? Es decir, cuando desconfías de Dios para poner toda tu confianza en otro ser tan débil como tú.

Mientras tanto, aquí en la tierra, los seres humanos tendremos ese deseo inagotable de querer conocer, amar y servir a Dios en cada acontecimiento de nuestra vida. Los creyentes vivimos con generosidad de corazón, es para valientes vivir con fe, porque, necesitamos perseverancia, constancia, entrega total, sacrificio y servicio, darnos sin medida por pura gratuidad: "Lo que han recibido gratis, denlo gratis". Qué mayor gratuidad que la propia vida, es de enamorados de Dios desgastar la vida por los demás sin esperar recompensa ni gratitud; en efecto, sólo los de corazón gigante son capaces de amar a Dios con libertad desde el amor sincero al prójimo.

Por consiguiente, dedicar el tiempo al progreso y la formación de la conciencia recta de los demás es la mejor forma de amor a Dios, porque, en cada conciencia se revela la "Voz de Dios". Nada ni nadie, por tanto, podrá apagar la sed de verdad, la sed de justicia, la sed de amor, la admiración por la belleza, la sed de bondad, etc., pues Dios es plenitud de la existencia de cada persona. Todos los placeres simplemente son pequeñas chispas o vibras de la plenitud de goce divino. Por eso, cada placer es un agujero que nos transporta a la misma presencia de Dios. Nada de lo que racionalmente es bueno puede contradecir la presencia y la grandeza de Dios, nada de lo que le hace feliz a las personas puede ser ajeno al proyecto divino. Todo lo que nos pasa de bien es pura gratuidad de Dios. Alguien dirá ¿dónde queda mis méritos personales? Justamente en tu capacidad de respuesta positiva y generosa, porque, al final, "Dios derrama su gracia indistintamente para justos e injustos, buenos y malos", lo que marca la diferencia es la capacidad de respuesta y apertura a ese don gratuito de Dios. En cierto sentido, Dios no puede actuar por ti, eres tú el forjador de tu propio destino, pues Dios ya hizo lo suyo al darte la vida y llenarte de sus dones. Por lo mismo, conocer, amar y servir a Dios depende sólo de ti y de nadie más.

No es necesario ver, ni sentir, ni tocar a Dios para vivir con dignidad, basta vivir con plenitud cada momento, sabiendo que Dios todo lo abarca, todo lo penetra ya que en "él nos movemos y existimos", sin más. Es decir, vive la vida como si mañana dejaras de existir en este mundo; no esperes al mañana para conocer, amar y vivir en Dios, hoy, ya puedes vivir tu eternidad: ama sin medida con Dios, sirve con alegría a Dios, corresponde con generosidad de corazón a la gracia, responde con altruismo y fe a cada iniciativa divina, entonces sí eres un auténtico creyente, un verdadero héroe de Dios en la tierra. Tu vida sólo depende de ti porque Dios lo estableció así desde sus orígenes, Dios no puede desdecirse en sus Planes para él tu vida es perfecta y maravillosa. Por tanto, no dejes de vivir con alegría cada momento de tu tiempo, no vaya ser que sea muy tarde cuando te hayas dado cuenta. Dios te ama sin más.

+ P. Marcos Trujillo Reaño OSJ

 (Marcos) 


10 julio 2019




PIENSA QUE PUEDES Y PODRÁS

 


Piensa que puedes y podrás


Según pienses y sientas en tu corazón, así serás y así te irá en la vida. Sabiduría tuya será elegir los pensamientos habituales que estarán en la base de tus decisiones y conductas. También debes ser prudente para que no se instalen en tu mente ideas negativas que erosionen tus aspiraciones profundas. 

Si piensas que estás vencido, vencido estás. Si piensas que no te atreves, no lo harás. Si piensas que te gustaría ganar, pero que no puedes, no lo lograrás. Porque en el mundo encontrarás que el éxito comienza con la voluntad del hombre. Todo será como tú pienses. Porque muchas carreras se han perdido antes de empezar. Y muchos cobardes han fracasado antes de haber empezado su trabajo. Piensa en grande y tus hechos crecerán. Piensa en pequeño y quedarás atrás. Tienes que estar seguro de ti mismo antes de intentar ganar un premio. La batalla en la vida no siempre la gana el más fuerte o el más ligero. Tarde o temprano el hombre que gana es aquel que cree poder hacerlo.

La tarea de tus meditaciones consiste en evaluar tus pensamientos habituales, para descartar toda negatividad: tristeza, ansiedad, rabia, odio, abatimiento; y por otra parte, cultivar las actitudes positivas: confianza, serenidad, fortaleza, paciencia, amor. Ánimo, decídete por la reflexión.


* Padre Natalio

 

EL SEÑOR ES MI PASTOR, NADA ME FALTA



Salmo 23

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta.


El Señor es mi pastor, nada me falta:

en verdes praderas me hace recostar;

me conduce hacia fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas. 

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta


Me guía por el sendero justo,

por el honor de su nombre.

Aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque tú vas conmigo:

tu vara y tu cayado me sosiegan. 

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta


Preparas una mesa ante mí,

enfrente de mis enemigos;

me unges la cabeza con perfume,

y mi copa rebosa. 

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta


Tu bondad y tu misericordia

me acompañan todos los días de mi vida,

y habitaré en la casa del Señor

por años sin término. 

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta 

EL EVANGELIO DE HOY MARTES 20 DE ABRIL DE 2021



 Lecturas de hoy Martes de la 3ª semana de Pascua

Hoy, martes, 20 de abril de 2021



Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (7,51–8,1a):

EN aquellos días, dijo Esteban al pueblo y a los ancianos y escribas:

«¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado; recibisteis la ley por mediación de ángeles y no la habéis observado».

Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo:

«Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».

Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación:

«Señor Jesús, recibe mi espíritu».

Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo:

«Señor, no les tengas en cuenta este pecado».

Y, con estas palabras, murió.

Saulo aprobaba su ejecución.


Palabra de Dios



Salmo

Sal 30,3cd-4.6ab.7b.8a.17.21ab


R/. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu


Sé la roca de mi refugio,

un baluarte donde me salve,

tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame. R/.


A tus manos encomiendo mi espíritu:

tú, el Dios leal, me librarás.

Yo confío en el Señor.

Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. R/.


Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,

sálvame por tu misericordia.

En el asilo de tu presencia los escondes

de las conjuras humanas. R/.



Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,30-35):

EN aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús:

«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».

Jesús les replicó: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan».

Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».


Palabra del Señor





«Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García

(Rubí, Barcelona, España)



Hoy, en las palabras de Jesús podemos constatar la contraposición y la complementariedad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: el Antiguo es figura del Nuevo y en el Nuevo las promesas hechas por Dios a los padres en el Antiguo llegan a su plenitud. Así, el maná que comieron los israelitas en el desierto no era el auténtico pan del cielo, sino la figura del verdadero pan que Dios, nuestro Padre, nos ha dado en la persona de Jesucristo, a quien ha enviado como Salvador del mundo. Moisés solicitó a Dios, a favor de los israelitas, un alimento material; Jesucristo, en cambio, se da a sí mismo como alimento divino que otorga la vida.

«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?» (Jn 6,30), exigen incrédulos e impertinentes los judíos. ¿Les ha parecido poco el signo de la multiplicación de los panes y los peces obrada por Jesús el día anterior? ¿Por qué ayer querían proclamar rey a Jesús y hoy ya no le creen? ¡Qué inconstante es a menudo el corazón humano! Dice san Bernardo de Claraval: «Los impíos andan alrededor, porque naturalmente, quieren dar satisfacción al apetito, y neciamente despreciar el modo de conseguir el fin». Así sucedía con los judíos: sumergidos en una visión materialista, pretendían que alguien les alimentara y solucionara sus problemas, pero no querían creer; eso era todo lo que les interesaba de Jesús. ¿No es ésta la perspectiva de quien desea una religión cómoda, hecha a medida y sin compromiso?

«Señor, danos siempre de este pan» (Jn 6,34): que estas palabras, pronunciadas por los judíos desde su modo materialista de ver la realidad, sean dichas por mí con la sinceridad que me proporciona la fe; que expresen de verdad un deseo de alimentarme con Jesucristo y de vivir unido a Él para siempre.

MARÍA EN SAN LUCAS



 María en San Lucas

A Lucas debemos una serie de rasgos de María, detalles de su figura, que proviene de un interés por ella como testigo de la vida de Jesús.

Por: Redacción Catholic.net | Fuente: Catholic.net



1. La intención de Lucas

La obra del evangelista Lucas consta de dos libros: el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. El primero nos relata la historia de Jesús, el segundo la historia de los orígenes de la Iglesia. La intención del díptico es iluminar la experiencia que los fieles de origen pagano encontraban en la comunidad eclesial, explicándola a la luz de su origen histórico. ¿Cómo? Mostrando –en la experiencia actual del Espíritu Santo derramado en las primeras Comunidades– la continuidad de la acción del mismo Espíritu que había obrado en la Iglesia de los Apóstoles, en la Vida y Obra de Jesús y en su preparación previa en la historia pasada de Israel.

La inquietud de Lucas parte, pues, del presente; y para dar razón de él e interpretar su significado religioso, se remonta al pasado. En cambio su obra escrita, por pura razón del método, parte del pasado y, siguiendo un cierto orden cronológico de los hechos, llega al presente. El prólogo de su evangelio nos muestra que Lucas ha usado una técnica como la actual cinematográfica del racconto:

«Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente los hechos que han tenido lugar entre nosotros, tal como nos los han transmitido los que presenciaron personalmente desde el comienzo mismo y que fueron hechos servidores del Mensaje, también a mí, que he investigado todo diligentemente desde sus comienzos, me pareció bien escribirlos ordenadamente para ti –ilustre Teófilo–, para que conocieras la certeza de las informaciones que has recibido».

Lucas es plenamente consciente de su condición de testigo secundario y tardío. No es apóstol ni testigo presencial de los orígenes del milagro cristiano. Se ha incorporado a la Iglesia, y ha sido dentro de ella una figura relativamente oscura y de segundo rango. Pero no es judío; y se ha aproximado a esta nueva «secta», nacida del judaísmo, desde su cultura y mentalidad griega, como hijo ilustrado de ella, amante de claridades y certezas, de orden y de examen crítico de hechos y testigos.


En su prólogo distingue claramente:

1º– Los testigos presenciales (autoptai: los que vieron por sí mismos) y desde los comienzos (ap’arjés) y que convertidos en servidores de ese mensaje, lo transmitieron (paredosan). Ellos son la fuente de la tradición.

2º– Otros que se dieron a la tarea (epejéiresan: pusieron la mano, escribieron) de repetir por escrito, en el mismo orden que la tradición oral, las narraciones de los testigos –¿Marcos, por ejemplo?–. Ellos son los que fijaron por escrito esas antiguas tradiciones.

3º– El, Lucas, que adopta un orden propio. Orden que, fundado en una investigación diligente de los hechos, tiene por fin hacer resaltar en ellos su coherencia interior y, por lo tanto, su credibilidad.

Desde su relación catequístico-apologética con Teófilo –personaje real o personificación de los paganos instruidos que como Lucas se habían acercado a enterarse de la fe cristiana–, Lucas emprende su obra, que es a la vez historia de la fe y teología de la historia. Y como buen historiador griego, se funda en testigos presenciales y fidedignos.

Su escrúpulo se refleja, entre otras cosas, en que sitúa los acontecimientos que relata en relación con ciertas coordenadas o hitos de la historia.

Teófilo ha recibido información o instrucción en una de aquellas comunidades contemporáneas, suyas y de Lucas, en la que ha visto las obras del Espíritu. Lucas parte de allí hacia atrás, explicándolo todo desde el comienzo como obra del Espíritu Santo. Esta centralidad del Espíritu Santo en la obra de Lucas se desprende del prólogo de los Hechos de los Apóstoles, segundo tomo de su obra:

«En mi primer libro, oh Teófilo, hablé de lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio, hasta el día en que, después de haber enseñado a los Apóstoles que El había elegido por obra del Espíritu Santo, fue llevado al cielo».

El Espíritu Santo ha presidido e inspirado la elección de los Apóstoles y es el vínculo divino entre Jesús y la Misión eclesial que comienza.

Lucas, que escribe a gentiles o cristianos provenientes de la gentilidad, no puede contentarse con el recurso al Antiguo Testamento y a la prueba del cumplimiento de las Escrituras. Para su público es necesario integrar estos elementos en un nuevo marco significativo. Lucas debe atender a la solidez y certeza, y estas deben demostrarse a partir de hechos actuales, visibles en la Iglesia. Desde estos hechos puede ya remontarse al pasado bíblico, que no ofrece para su público pagano interés por sí mismo.

Cuando Lucas nos narra la infancia de Jesús, trata la materia más lejana al presente, toca la parte más remota de su historia. Lucas podía haberlo omitido como Marcos y Juan. Era materia especialmente espinosa para explicar a gentiles. Mateo en cambio, podía mostrar más fácilmente a su público, judío, cómo a través de los hechos de la infancia de Jesús se cumplían las Escrituras. Pero para el público de Lucas, el argumento de Escritura adquiría fuerza si se presentaba integrado en el testimonio de un testigo, dirigido históricamente y claramente vinculado a la explicación del presente eclesial.


2. María como testigo

Y ese testigo de la infancia de Jesús es María. A Lucas debemos una serie de rasgos de María, un enriquecimiento de detalles de su figura, que proviene precisamente de un interés por ella como testigo privilegiado no solo de la vida de Jesús, sino también del significado teológico de esa vida.

Si todo el evangelio de Lucas se funda en un testimonio de testigos oculares y si Lucas se atreve hablar de la infancia de Jesús es porque cuenta con el testimonio de María acerca de ella. Lucas evoca por dos veces en su narración de la infancia los recuerdos de María: «María por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (2, 19); «Su Madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (2, 51). Estas fórmulas recuerdan la manera como San Juan invoca su propio testimonio en su evangelio y los términos análogos usados por el mismo Lucas cuando parece referirse al testimonio de vecinos y parientes:

«Invadió el temor a todos sus vecinos –viendo lo sucedido a Zacarías– y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las guardaban en su corazón» (1,66).

«Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia» (1,58).

«Se volvieron glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído» (2, 20).

Algunos de estos testimonios, que difícilmente ha podido recoger Lucas directamente de los testigos presenciales, deben haberle llegado a través de María o de familiares de Jesús que –como sabemos– integraban la comunidad primitiva y guardarían tradiciones familiares, de las cuales, sin embargo, la fuente última debió de ser María.


3. Cualidades de María como testigo

Lucas pone especial cuidado en cualificarla como testigo: María es una persona llena de gracia de Dios, como lo dice el Ángel. Instruida en las Escrituras, como se desprende del lenguaje bíblico del Magníficat; como lo presupone la profunda reflexión bíblica sobre los hechos, que se entreteje de manera inseparable con su narración; y como se explica también por el parentesco levítico de María, relacionada con Isabel, su prima, descendiente del linaje sacerdotal de Aarón y esposa del sacerdote Zacarías.

Nos detenemos a subrayar esto, porque hay quienes con cierta facilidad se inclinan a atribuir los relatos de la infancia de Jesús a la imaginación de los evangelistas, como si estos los hubieran inventado libremente, inspirándose en los relatos que el Antiguo Testamento suele hacer de la infancia de los grandes hombres de Dios, como Moisés o Samuel.

Es innegable que estos relatos de la infancia de Jesús son como un tapiz, tejido con hilos de reminiscencias veterotestamentarias. Pero ¿con qué otro hilo podía tejer su meditación sobre los hechos María, una doncella judía, emparentada con levitas y sacerdotes, piadosa y llena de Dios, asistente asidua y atenta de las lecturas y explicaciones de la sinagoga? ¿Y quién puede distinguir cuando abre el cofre de sus recuerdos más queridos, entre lo que un historiador frío podría llamar hechos, crónica, y la carga de evocación, interpretación personal y resonancias afectivas en que envolvemos, como entre terciopelos, las joyas de nuestra memoria?

Lucas sabe que no puede pedir de María, su testigo, un testimonio redactado en el género de un parte de comisaría. Ni tampoco le interesa. Porque en la meditación con la que María comprendió los acontecimientos y los recuerda en la rumiación midráshica de que los hizo objeto, hay algo que Lucas aprecia más que la crónica de un archivo. Hay la revelación, hecha a una criatura de fe privilegiada, del sentido de los acontecimientos de la infancia de Jesús a la luz de la Escritura, y hay una iluminación de oscuros pasajes de la Escritura a la luz de los misterios de la vida del Salvador.

Y en ese recíproco iluminarse de los hechos presentes por los pasados, y de los pasados por los presentes, no hay un método inventado por María, sino un procedimiento muy bíblico que revela, sin necesidad de firmas en la tela, al verdadero autor: el Espíritu Santo. El que –como Lucas gusta subrayar– obra en la Iglesia, obró en la vida de María y se revela como el conductor de toda la historia de salvación, no sólo hasta Abraham –según Mateo–, sino hasta Adán mismo, como Lucas la traza en su genealogía de Jesús. Es el Espíritu Santo quien, a través de María, está dando testimonio de Jesús y quien comenzó por ella su tarea de enseñar a los creyentes en Jesucristo todas las cosas.

Por eso, María no podía faltar y no falta en la obra de Lucas, no sólo en el momento de la infancia de Jesús, como la voz del niño que todavía no es capaz de hablar, sino tampoco en la infancia de la Iglesia, cuando los Apóstoles después de la Ascensión, encerrados todavía en sus casas por temor a los judíos perseveran en la oración –como nos narra Lucas al comienzo de los Hechos de los Apóstoles– junto con la Madre de Jesús, sin atreverse todavía a hablar; Apóstoles infantes hasta la mayoría de edad del Espíritu.

Por eso María desaparece discretamente y cede humilde la palabra a su Hijo cuando éste –a los doce años, en su BarMitzvá, en el Templo de Jerusalén– se convierte en un adulto maestro de la sabiduría de su Pueblo y se hace capaz de dar testimonio válido de sí mismo y del Padre.

Por eso desaparece también María muy pronto de los Hechos de los Apóstoles, apenas éstos, llenos del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, se convierten en maestros de la Nueva Ley del Espíritu, en servidores de la Palabra, revestidos con fuerza y poder de lo alto, en válidos testigos de la Pasión y Resurrección o sea, de la identidad mesiánica y divina de Jesús.

María ocupa, pues, un puesto muy humilde como testigo, y cede ese puesto provisional apenas otros asumen su misión, pero no deja de ser imprescindible. Su testimonio permanece como eternamente válido e irreemplazable para aquél período de la concepción e infancia del Señor que ella presenció y en cuyas modestas y oscuras prominencias supo leer con fe, ilustrada por Dios y antes que nadie, el cumplimiento de las profecías.

El contenido del testimonio de María en los relatos de la infancia según Lucas está polarizado en la persona de Jesús, protagonista de todo el evangelio, alrededor del cual se mueven muchas figuras: Zacarías, Isabel, Juan el Bautista, parientes y vecinos, pastores de Belén, Simeón y Ana la profetisa, doctores del templo, María y José.


4. La plenitud de los tiempos

Lucas, discípulo de Pablo, refleja en su obra una idea muy paulina. Idea que ya hemos visto en aquél pasaje de la carta a los Gálatas que citábamos hablando de Mateo: «Pero al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, hecho hijo de mujer» (Gál 4,4). La plenitud de los tiempos ha llegado, y ella comienza y consiste en la vida de Cristo, pues en Él está el centro de la historia de la salvación.

El oculto período de la infancia del Señor es el filo crítico en que comienza esa plenitud y termina lo antiguo. Juan el Bautista es el último personaje del Antiguo Orden. Jesús es el primero del Nuevo. De ahí que Lucas coloque en paralelo sus milagrosas concepciones, el anuncio angélico a sus padres de sus nombres simbólicos, reveladores de sus respectivas identidades y misiones, sus infancias y su crecimiento. De este díptico de textos resalta una cierta semejanza pero también la radical diferencia de ambas figuras: Juan-precursor y Jesús-Mesías. Juan, último profeta del Antiguo Orden y Jesús, Hijo de Dios.

Lucas se complace en leer ya desde la infancia, más aún, desde antes del nacimiento del Bautista, su destino de heraldo del Mesías. El niño Juan salta de gozo en el seno de su madre. Y ésta se llena del Espíritu Santo. Es el mismo Espíritu a cuya intervención se debe la milagrosa inauguración de la plenitud de los tiempos en el seno de María. El Espíritu que asegura la continuidad de una misma obra divina a través de la discontinuidad de los tiempos, de uno que se extingue y de otro que se inaugura.


5. Una nube de testigos

Alrededor de la cuna de Jesús, Lucas, único evangelista que nos narra su nacimiento, agrupa a sus testigos. Todos hablan de él:

Zacarías da testimonio incluso con su mudez. Es el testimonio negativo de la mudez de la Antigua Ley –de la cual es sacerdote– para explicar lo que sucede. Dios no necesita de su testimonio ni de su palabra para llevar adelante su obra. A pesar del enmudecimiento de la Antigua Ley, de la Antigua Liturgia, del Antiguo Templo, de los cuales Zacarías es ministro, Dios suscita un testigo y precursor: Juan Bautista. Y cuando éste –mudo todavía también él– en el seno de su madre se estremece de gozo y comunica a la estéril anciana convertida milagrosamente en madre fecunda para concebir al último fruto del Antiguo Israel, el testimonio acerca del que viene: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (1.43).

Isabel presta su voz, no está sola como testigo del Señor que viene. Y esto debemos tenerlo en cuenta cuando consideramos la figura de María según San Lucas. En la tela de Lucas, María no se dibuja aislada, solitaria figura de un retrato, sino en un grupo. Y es por contraste y por reflejo, por reflejado aire familiar y por contrastante genio propio, como resaltan sus rasgos. Por un lado Zacarías e Isabel. Por otro José y María. Allí es el padre el destinatario del mensaje angélico, aquí María, la madre. Aquél pregunta sin fe y es reducido al silencio. Ésta pregunta llena de fe y se le da la voz para un asentimiento trascendente.

En este grupo de testigos que Lucas nos pinta, sólo José está mudo. Al mismo Zacarías le es devuelta al fin su voz para que imponga al niño su nombre –según mandato del Ángel– y para entonar el Benedictus, testimonio del origen davídico de Jesús y de la misión precursora de Juan. También Isabel, Simeón y Ana se llenan del Espíritu Santo y dan testimonio acerca del Niño. Y es también por reflejo y por contraste con todas estas voces como Lucas presenta el contenido del cántico de María, el Magnificat, una ventana no sólo hacia el alma del personaje, sino hacia el paisaje interior, hacia el corazón que meditaba todas estas cosas guardándolas celosamente.

Las miradas del grupo de testigos convergen en Jesús, pero la luz que ilumina sus rostros viene del Niño. Y así con la luz de su divinidad de la que ellos nos hablan, vemos iluminados sus rostros y entre ellos el gozoso de María.

Es lo que muchos pintores han expresado con verdad plástica en sus telas, haciendo del Niño la fuente de luz que ilumina a los personajes del nacimiento. Lucas es su precursor literario.


6. Midrásh Pésher

Pero Lucas recoge y usa también una técnica que podríamos llamar impresionista. Su estilo literario, sobre todo en estos relatos de la infancia, está cuajado de referencias implícitas al Antiguo Testamento, de alusiones que son –cada una– evocación y sugerencia de un mundo de antiguos textos, convocados ellos también como testigos. ¿No había invocado acaso Jesús en su vida terrena, el testimonio de las Escrituras: «Escudriñad las Escrituras, ya que creéis tener en ella vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí»? (Jn 5,39).

Esa investigación mediadora de la Escritura no la inventa Lucas. Era un quehacer de la sabiduría de Israel; y al que lo practica, lo declara el salmo primero bienaventurado. Obedece a ciertas normas y tenía su nombre: Midrash (búsqueda) Este derivado del verbo darash (buscar, investigar) denomina el esfuerzo de meditación y de penetración creyente del texto sagrado, para encontrar su explicación profunda y su aplicación práctica. Ese estudio puede estar dirigido a buscar en el texto bíblico inspiración de la conducta (y entonces se llama Halakháh: derivado de halakh caminar), o es meditación del sentido salvador de un acontecimiento narrado en la Escritura. Sentido oculto que el texto le manifiesta al que lo medita e investiga, comunicándole el sentido divino de la historia. Y entonces se llama Haggadáh: narración, relato, anuncio de hechos. Pero nunca crónica, sino interpretación creyente de la historia.

Una de las formas de Midrash haggadáh es lo que tanto en la Sagrada Escritura como en la literatura rabínica y sobre todo qunrámica es conocido con el nombre de Pésher (plural: pesharim). El Pésher es la interpretación de hechos a la luz de los textos bíblicos y viceversa: la interpretación de textos bíblicos a la luz de hechos. Como se ha visto en el apéndice al capítulo dedicado a Marcos, el Pésher no es libre fabulación mitológica, sino reflexión seria sobre la Escritura y presupone la realidad histórica de los hechos que se interpretan a su luz, y cuya luz se proyecta sobre las Sagradas Escrituras.

Midrash se le dice a menudo a la reflexión que tiene por objeto responder a un problema o a una situación nueva surgida en el curso de la historia del pueblo de Dios, incorporar a la Revelación un dato nuevo, prolongando con audacia las virtualidades de la Escritura.

Pero trasponiendo los límites del estudio, el midrash invade en Israel la vida cotidiana, se hace estilo proverbial que colorea la conversación, no sólo la culta, sino también la popular y la doméstica. Hay una santificadora contaminación de los temas profanos por lo que el israelita oye en la sinagoga sábado a sábado. Toma y acomoda expresiones del texto a las situaciones de su vida, y hace de la Escritura vehículo y medio de su comunicación.

Crea un estilo alusivo, metafórico, indirecto, estilo de familia ininteligible para el no iniciado en la Escritura.

En este estilo de arcanas alusiones habla Gabriel a María, parafraseando el texto de un oráculo profético de Sofonías 3, 14-17:


Alégrate,

Hija de Sión,

Yahvé es el rey de Israel

en ti.

No temas, Jerusalén;

Yahvé tu Dios

está dentro de ti,

valiente salvador,

rey de Israel en ti.

El texto de San Lucas dice (1, 28ss):

Alégrate, María,

objeto del favor de Dios.

El Señor [está]

contigo.

No temas, María.

Concebirás en tu seno

y darás a luz un hijo

y le llamarás:

Yahvé Salva.

El reinará.


Uno de los procedimientos corrientes del Midrash consiste en describir un acontecimiento actual o futuro a la luz de uno pasado, retomando los mismos términos para señalar sus correspondencias y compararlos. Es el procedimiento que usa el libro de la Consolación (Deuteroisaías), que para hablar de la vuelta del Exilio usa los términos de la liberación de Egipto (Éxodo). Dios se apresta a repetir la hazaña liberadora de su pueblo.

El uso que en la Anunciación hace Gabriel de los términos de Sofonías implica una doble identificación: María se identifica con la Hija de Sión, Jesús con Yahvé, Rey y Salvador.


7. María: Hija de Sión

La Hija de Sión (Bat Sión) es una expresión que aparece por primera vez en el profeta Miqueas (1, 13; 4, 10ss.). Decir «Hija» era una manera corriente en la antigüedad de referirse a la población de una ciudad. Hija de Sión designaba también el barrio nuevo de Jerusalén al norte de la ciudad de David, donde, después del desastre de Samaría y antes de la caída de Jerusalén se había refugiado la población del norte: el Resto de Israel.


¿Qué significa su identificación con María?

La Hija de Sión, como expresión teológica, significa en la Escritura el Israel ideal y fiel, el pueblo de Dios en lo que tiene de más genuino y puro, y puede encontrar su expresión ocasional en grupos determinados, pero permanece abierta al futuro y también a una persona. El Midrash es capaz, así, de reflejar sutilmente los misterios para los cuales está abierto, con particular habilidad. A lo largo de la historia teológica de la expresión Hija de Sión, ha habido un proceso desde la parte hacia el todo, que ahora el Angel reinvierte, volviendo del todo a una parte, a una persona, a María. El barrio de Jerusalén pasó a cobijar bajo su nombre a la ciudad entera y al pueblo entero como portadores de una promesa de salvación. Ahora es una persona, María, la que se revela como la Hija de Sión por excelencia y el punto diminuto del cosmos en que esa magnífica promesa se hace realidad.


8. María y el Arca de la Alianza

No nos detenemos a mostrar –interesados como estamos principalmente en la figura de María– cómo la segunda parte del mensaje de Gabriel, la referente a Jesús, glosa también, aludiéndolo al texto capital de la promesa hecha a David (2 Sam 7); ni nos detenemos en las demás alusiones a otros textos bíblicos que encierra el breve –o abreviado– mensaje del Angel. Pero sí es relativo a María el paralelo entre Exodo 40, 35 y lo que el Angel le anuncia sobre el modo misterioso de su concepción. Este paralelo nos permite invocar a María piadosa y místicamente en la letanía mariana como Foederis Arca (Arca de la Alianza) con toda verosimilitud, porque también sobre ella se posa la sombra de la Nube de Dios, donde Él está presente actuando a favor de su Pueblo.


La Nube

cubrió con su sombra

el tabernáculo.

Y la gloria de Yahvé

colmó la morada.

El poder del Altísimo

te cubrirá con su sombra.

Por eso lo que nacerá

de ti será llamado Santo,

Hijo de Dios.

La concepción virginal de María se describe aquí mediante la Epifanía de Dios en el Arca de la Alianza. La Nube de Dios aparece sobre ambas y sus consecuencias son análogas. El Arca es colmada de la Gloria; María es colmada de la presencia de un ser que merece el nombre de Santo y de Hijo de Dios.

Pero la acción del Espíritu Santo que se manifiesta como Nube alumbradora no se limita a reposar sobre María. Esta manifestación está señalando hacia delante en la obra de Lucas: hacia la escena del Bautismo, hacia la Transfiguración, textos en los que la voz del cielo da testimonio de su Santidad y de su Filiación divina: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Imposible también detenernos aquí a desentrañar las alusiones midráshicas contenidas en la salutación de Santa Isabel a María, ni el mosaico antológico –también midráshico– de que consta el Magníficat, verdadero testimonio de María acerca de sí misma.


9. El signo del Espíritu es el gozo

Quiero solo retener –para terminar– un aspecto de la imagen de María, según Lucas, que transfigura el rostro de su testigo privilegiada. Gabriel la invita al gozo y la alegría, y en el Magníficat María exulta. Detengámonos a mirar ese rostro de María que se alegra y se enciende de gozo. Veámosla prorrumpir en un cántico. No nos detengamos en las palabras, que pueden desviarnos o distraernos hacia una curiosa arqueología bíblica. Contemplemos su gozo en las facciones que Lucas nos dibuja.

Es el principal testimonio que Lucas se detiene a registrar. Porque en esa primigenia alegría ve la fuente del gozo que invade a las comunidades cristianas cuando cantan su fe en el Señor. Dichosos también ellos por haber creído.

El único pasaje evangélico que nos registra un estremecimiento de gozo en el Señor es aquél en que Cristo se goza porque el Padre lo ha revelado a sus creyentes. El episodio se conserva en Mateo y en Lucas. Pero mientras Mateo se limita sobriamente a decir que Jesús tomó la palabra, Lucas nos precisa que en aquél momento se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo y dijo:

«Yo te bendigo, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque te has complacido en esto. Todo me ha sido entregado por mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar». (Lc 10, 21-22; Mt 11, 25-27).

«Y volviendo a los discípulos, les dijo aparte: “¡Dichosos los ojos que ven lo que veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron!”» (Lc 10, 23-24; Mt 13, 16-17).

Si alguien siente la alegría de creer, si se regocija y exulta por la pura y gozosa alegría de su vivir creyente, sepa que ésa es una voz angélica en su interior, y que está oyendo el lenguaje de los ángeles. Sepa que ésa es la sombra protectora del Espíritu sobre él y dentro de él. Es la nube del Espíritu y la presencia divina en su interior. Es el esplendor de la manifestación de la Gloria y la manifestación gloriosa del Espíritu en la Iglesia. La que llamó la atención del ilustre Teófilo. La que Lucas quiere explicarle, remontándose a su origen en María, en Jesús, en los discípulos.

Y si alguien no siente en sí esa alegría, mire el rostro iluminado de gozo de María creyente y oiga la exultación de su Magníficat; y deje que esa alegría le inspire y le contagie.

Ella es para Lucas la garantía de solidez de las cosas que Teófilo ha escuchado.




FELIZ SEMANA!!!

 









 

domingo, 18 de abril de 2021

LA SANTIDAD COMO UN CAMINO SEGURO HACIA LA ETERNIDAD


 

LA SANTIDAD COMO UN CAMINO SEGURO HACIA LA ETERNIDAD


La vocación fundamental de cada ser humano es vivir la vida con plenitud proyectado hacia la eternidad. Ningún ser humano en su sano juicio puede eludir el deber de perfeccionarse en todas las dimensiones de su existencia, salvo en una deliberada opción de vivir en el caos del pecado. La verdadera felicidad se vive cada día, porque, la auténtica felicidad no es una meta sino una respuesta constante al proyecto de Dios en el cada día de nuestra existencia.

En este sentido, la santidad es un vivir cada día la alegría del amor de Dios: me siento amado por Dios, y con esa misma dimensión del amor divino me amo y amo a mi prójimo. La explicitación de la eternidad del amor divino se descubre en una vida santa. Es decir, el camino certero hacia la eternidad es vivir en santidad.

Por tanto, cada ser humano en la tierra tiene la capacidad y potencialidad de vivir santamente, entendido por ésta, la perfección de la conducta y el comportamiento en la sociedad o cultura en que vive. Toda persona libre aspira a ser mejor cada día, y en la medida en que se ejerce en las virtudes y practica los valores descubre el sentido de la vida como una respuesta constante al primer proyecto de Dios: ser feliz cada instante en Dios.

La vida humana es la maravilla de la creación que esta proyectada a la perfección, es decir, la felicidad de cada individuo radica en su respuesta generosa al plan de Dios; esto no significa la impecabilidad del hombre, al contrario, ante la debilidad del hombre se sobrepone la gracia de Dios. Nuestra naturaleza frágil necesita de la ayuda de la gracia de Dios para lograr la eternidad. Por consiguiente, el hombre pecador tiene miles de posibilidades para salir de su propia miseria con el poder de Dios que habita en la profundadas de su alma o corazón. Por eso, la conversión es el primer paso para comenzar a vivir en santidad y lograr la meta final: la eternidad.

Los miles de santos que han vivido en la tierra son el testimonio más claro de la existencia de Dios, los millones de seres humanos que día a día luchan por perfeccionarse en el bien y la verdad son la muestra más evidente de que Dios sigue obrando hoy más que nunca. Por lo mismo, la santidad no es privilegio de pocos o los elegidos, sino está abierta a cada persona humana de la tierra: todos estamos llamados a vivir en santidad.

La vocación del ser humano al amor es el mejor camino para vivir santamente; cada pensamiento, sentimiento, emoción y acción que se vive con plenitud en la presencia de Dios nos hace experimentar la belleza de nuestro existir en este universo infinito. Somos creaturas de la eternidad para la eternidad, y la santidad es el signo de estar en el camino correcto. En efecto, es ahora cuando debes convertirte y comenzar a vivir alegre y feliz la vida. Dios está dentro de ti comienza a descubrirlo y vivir conscientemente tu propia existencia, nunca estas solo-a en este mundo, pues Dios vive en ti y camina contigo: ama y déjate amar



+ P. Marcos Trujillo Reaño OSJ

 (Marcos)

23 octubre 2019

BEBER DE LA FUENTE DE LA VIDA POR AMOR



BEBER DE LA FUENTE DE LA VIDA POR AMOR


El amor es un acto misterioso que aparece de modo inesperado en el corazón de las personas, que, con frecuencia, les cambia la vida totalmente. Beber de la fuente de la vida por amor implica haber comprendido que nuestra vida tiene su origen en Dios, que es Amor y vida. Por eso, el ser humano no es feliz mientras no se siente amado por Dios ni ha experimentado su capacidad de amar al prójimo. Quien no bebe de la fuente de la vida por amor no es capaz de confiar en nadie, y se pasa la vida desconfiando de todo, con razón o sin razón. Normalmente, viven resentidos y amargados a lo largo de toda su vida, por no decir, decepcionados o desilusionados de las personas que lo rodean (aprende a perdonar de corazón y de vida, no solo de palabras). No obstante, la persona no puede existir sin amor, con menor o mayor grado, toda persona vive por amor y para el amor. La fuente de la vida y del amor es Dios.

Hay diversas formas y modos de expresar el amor, no necesariamente el amor de pareja, cuando hablamos de amor nos referimos a esa fuerza vital que tiene todo ser humano dentro de sí, y que le impulsa a darse totalmente al servicio del prójimo desde la experiencia mística de su encuentro con Dios. En este sentido, amar es para personas normales que viven la vida con plenitud, sin malicia ni perversidad; amar no es ilusión, ni emoción, ni sentimientos, ni pasiones, tampoco es placer, amar es vivir la vida con sentido y plenitud: darse por entero son límites ni medidas por Dios.

Dichosa la persona que vive su vida desde el amor y para el amor, pues ha entendido que no hay vida completa sin la experiencia del amor divino y humano, pues son inseparables. Por tanto, pensar, sentir y hacer las cosas por amor y con amor significa comprender que la vida es bella y pura cuando sabemos decir con transparencia y recta intención a los parientes y amigos: "un te amo mucho". Es decir, aceptar a toda persona como un regalo maravilloso de Dios. Ojalá pudiéramos purificar nuestra forma de percepción de la realidad en las relaciones humanas con normalidad, libres de la malicia y la susceptibilidad de aquellos que al leer o escuchar "un te amo" o un "te quiero mucho", inmediatamente se imaginan a la relación íntima de parejas privadas, es verdad, también podría ser eso, pero hay que diferenciar a las personas y en las circunstancias que se usa esas expresiones. Es muy importante en todo esto el discernimiento y la honestidad de la propia conciencia: "no todo lo que brilla es oro", ni "todo lo que es fantasía es oro". Hay que tener mucho cuidado con quien y a quién se le dice esas expresiones, para evitar confusiones es mejor conocer bien a la familia, amigos y conocidos, no todos lo asumen como tú lo entiendes y quieres decir.

Lo importante en todo este fenómeno del amor es la rectitud de la conciencia, la honestidad e integridad de vida, y, sobre todo, la limpieza de los sentimientos. Por consiguiente, quien vive la espiritualidad cristiana siempre tendrá la libertad de amar como Jesús, sentir como Jesús, soñar como Jesús, y desear como Jesús, es decir, darse de cuerpo y alma al bien de los demás para verlos felices, porque, también eres feliz estando con Dios. Por eso, no te cances de beber de la fuente de la vida por amor, ya lo decía San Agustín: "Ama y haz lo que quieras", porque el amor es sublime y eterno, no hace daño ni está manchado por la malicia ni la perversidad, pues solo ama el hombre y la mujer de limpio corazón; sólo éstos verán y experimentarán lo que significa verdaderamente el amor.


+ P. Marcos Trujillo Reaño OSJ

 (Marcos)

7 VIRTUDES DE SAN JOSÉ QUE PUEDES IMITAR EN LA VIDA DIARIA


 

7 virtudes de San José que puedes imitar en la vida diaria



 En un mundo donde la masculinidad se pone en tela de juicio y se duda de casi cualquier hombre por el hecho de ser hombre. San José no solo nos recuerda la virtud del varón sino también su encomienda y encargo. Su paternidad es ejemplo para todos los cristianos. No en vano San José es patrono de la Iglesia universal.

El día de hoy recordamos que Dios padre encomendó la tarea de cuidado y protección de su amadísimo Hijo y de Su Madre a un santo varón, San José. En esta galería hemos resaltado algunas virtudes que necesitamos tomar de San José, especialmente los varones, para crecer como cristianos.




1. La influencia del Padre en el hijo

En nuestros días la idea del padre desvinculado de sus hijos se ha convertido en algo frecuente en nuestros pensamientos. San José nos recuerda el verdadero sentido de la paternidad. La presencia insustituible del padre en la educación de los hijos es algo que necesitamos volver a conquistar como sociedad. San José con el niño en los brazos nos lo recuerda, un padre amoroso y protector del cual los hijos puedan aprender y crecer seguros a su lado, incluso en las carencias y situaciones más difíciles.

San José conoce esas situaciones, él tuvo que proteger y sostener a María esperando al niño sin tener un techo donde pudiera nacer, tuvo que huir hacia Egipto, ser un extranjero en tierras desconocidas y ganarse el pan del día con el sudor de su frente. «Cuando necesite ser buen padre, San José ilumina mi paternidad».



2. La alegría de ser un buen esposo

La fidelidad inquebrantable de San José es un signo contundente y firme frente a la imagen de un varón infiel, lujurioso, egoísta e incluso violento, que es tan común asumir como normal en nuestros días. Cuántas veces escuchamos, decimos y afirmamos que «todos los hombres son iguales» sin saber que con esta frase justificamos un comportamiento que achica la personalidad del varón, lo limita y espera menos de lo que realmente es. Lo priva de poder ser grande y desplegarse completamente.

San José pasó todas las pruebas que un esposo podría pasar: la duda frente a su propia esposa, el cuidado de un niño que no era de su sangre, la dificultad de un matrimonio casto. Recordemos que San José, a diferencia de María no fue concebido sin pecado, era así como tú y como yo. Su virtud y fortaleza son grandiosas y es prueba viva de lo que un hombre que entrega su vida a Dios puede hacer por medio de su gracia. «Cuando la dificultad de matrimonio me alcance, San José ven en mi auxilio y ayúdame a ser fiel».



3. La fortaleza física al servicio de la familia

La imagen de una masculinidad violenta hace que la fortaleza física no sea valorada como una virtud. Muchos niños crecen sin tener cerca a un padre del cual puedan aprender y valorar lo que es la virilidad. San José pone al servicio de su familia esta fortaleza física natural en él, una fortaleza que tiene como misión el proteger, el ayudar, el servir. Una fortaleza que de ninguna manera sirve para el abuso de autoridad ni de ningún otro tipo.

Conocemos a un José siempre fuerte, nunca agresivo, firme pero no indiferente ni mucho menos insensible. Un hombre que demuestra seguridad y jamás arrogancia ni soberbia. Un padre que carga con todo el peso de su familia y es feliz haciéndolo. «Cuando la arrogancia aparezca, San José ayúdame a ser humilde».



4. El silencio, esa características que muchas veces encontramos tan irritante

El silencio de los varones es una característica bien conocida por las mujeres. Cuántas veces podemos incluso perder la paciencia por esos silencios prolongados de los esposos. San José también era un hombre silencioso, es más se dice de él; San José, santo del silencio. Tanto que aprender del silencio. San José en el silencio escuchaba la voz de Dios, no era un silencio indiferente ni estéril. No era un silencio que ignoraba o que buscaba pasar la página y evitar el confrontar o solucionar problemas. San José escuchaba, meditaba en su corazón para poder tomar las mejores decisiones para su familia y para él mismo. «Cuando el silencio sea indiferente, San José ayúdame a escuchar a Dios».



5. El valor del trabajo duro

En aquella época si el varón de la casa no trabajaba la familia no subsistía. San José obrero, carpintero de profesión, trabajó siempre por el sustento de su familia. La constancia de su trabajo, la seguridad de su familia. Imagínense el camino que se habrá tenido que abrir en Egipto, sin familia, sin apoyo de conocidos, extranjeros tal vez víctimas de prejuicio y discriminación, el trabajo de José era la única arma que tenían para subsistir.

De vuelta a Nazareth en su taller de carpintero siguió trabajando incansablemente, fue labor que heredó a su hijo para ayudar al sostén de su familia. Cuando el desánimo y la dificultad aparecen, San José es un gran ejemplo de tenacidad y trabajo arduo en todo momento por el bien de los que ama. «Cuando el trabajo canse, San José ayúdame a sobreponerme y seguir».



6. El valor del buen discernimiento

Las respuestas apresuradas y decisiones impulsivas sobre todo en época de crisis no son lo mejor. San José, incluso en una decisión tan dura como la de aceptar el embarazo de su prometida, decide repudiarla pero en secreto, meditando qué era lo que menos iba a perjudicarla, lo que menos escándalo iba a levantar. No lo hace apresuradamente, lo medita, lo «sueña», y en ese soñar escucha la voz de Dios a través de un ángel que sale al encuentro y lo aconseja.

El valor del un buen discernimiento tiene que ver con la prudencia, el silencio y la escucha a Dios. Este escuchar a Dios que se va afinando a medida que estrechamos nuestra relación con Él. «Cuando necesitemos del buen discernimiento, San José sal a nuestro auxilio».



7. Castidad y juventud

Al ser los primeros capítulos de Mateo y Lucas las únicas fuentes de la revelación sobre quién era San José, no es raro que los hombres hayan tejido distintas historias sobre este gran santo. De José sabemos poco, ha sido creencia frecuente pensar que era un viudo que tenía casi 90 años y se casó con una mujer muy joven. Esto parece estar muy lejos de la realidad, en aquella época los hombres se casaban muy jóvenes, San José al momento de desposar a María debió haber tenido unos 18 o 20 años. Sin embargo, la imagen del San José como hombre viejo caló dentro de la cultura popular y es por esto que muchos artistas lo han representado como un hombre mayor.

Puede deberse a la dificultad que representaba la relación virginal entre ambos. Dificultad que nace de la ruptura original. San José en este sentido, asistido por la inmensa gracia de Dios nos enseña que el fundamento de la unión conyugal es la comunión de amor, ejemplo para todo matrimonio. La unión de cuerpos debe responder a esa comunión de amor, sin embargo la misión de María y José no estaba en relación a ellos mismos sino al mismo Jesús y a la iglesia Universal. «Cuando el deseo desordenado me esclavice, San José ven en mi auxilio».



8. El trato familiar como ámbito de crecimiento espiritual y personal

Escuchamos que la familia es la iglesia doméstica, escuela de humanidad, imagen del amor de Dios. San José en este sentido nos enseña que la familia en un ámbito para crecer en santidad. La santidad de José sucedió dentro de la familia. Y así está llamada a ser la tuya y la mía, los esposos son guardianes mutuos de la santidad de la familia. Es ahí donde el amor crece, en entrega, donde nos olvidamos de nosotros mismos y nos entregamos por completo. Como nos decía el Papa Francisco: «por medio de ella se concreta la capacidad de darse, el compromiso recíproco y la apertura generosa a los demás, así como el servicio a la sociedad».

Es  muy probable que San José haya muerto antes de que Jesús entrara en la vida pública, ya que en las bodas de Caná no estuvo presente ni se habló más de él. De haber estado vivo seguramente hubiera estado presente al pie de la Cruz, tal vez lo estuvo en espíritu acompañando y consolando también el corazón doliente de su esposa. «Cuando nuestra familia se encuentre en problemas o esté rota, San José ayúdanos a repararla».

«En aquellos días, el Carpintero enseñaba a rezar a Dios. Y hablaba con Dios cara a cara. Y miraba con sus ojos los ojos de Dios. Y con Dios reía. Y Dios se dormía en sus brazos. Y Dios despertaba con su beso. Y Dios comía de su mano. Y oraba a Dios y le cantaba teniéndole en sus rodillas. Con sus manos tocaba a Dios y llevaba a Dios de la mano.  Jugaba con Dios y Dios era feliz con él. Y ni en la Gloria había más gloria que en la casa de José!»

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